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La Santísima Trinidad

Lunes, 13 de abril de 2026 23:07

Gobernar en Instagram, administrar en Facebook y responder en X: la Santísima Trinidad de la política contemporánea, donde el milagro no es multiplicar el pan sino los posteos. Ya no se gobierna un territorio: se gestiona una narrativa. La realidad, con sus caprichos materiales -baches, salarios, hospitales-, ha sido elegantemente degradada a un problema de comunicación. Si algo falla, no se corrige: se reformula. Si duele, se edita. Si estalla, se sube con música épica.

En la Argentina -y en esta Jujuy que sabe de promesas como de veranos largos- hemos perfeccionado un arte sutil: hacer de lo pendiente una estética. El funcionario ya no camina barrios: produce contenido en locación. Sonríe con precisión quirúrgica, señala obras eternamente "en ejecución" y habla en ese tiempo verbal tan nuestro: el gerundio de la esperanza. Estamos haciendo, estamos avanzando, estamos gestionando. Nunca terminamos, pero siempre estamos.

Instagram es el altar. Allí la política se vuelve fotogénica, liviana, casi espiritual. Todo fluye en una felicidad obligatoria donde la pobreza aparece apenas lo justo, como para no desentonar con el algoritmo. Un niño sonríe, una vereda reluce, una pared recién pintada combate simbólicamente décadas de abandono. La miseria, bien encuadrada, deja de ser tragedia y se convierte en sensibilidad institucional. La épica cabe en un cuadrado perfecto.

Facebook, en cambio, es la oficina donde el Estado se escribe a sí mismo con tono solemne y párrafos largos que nadie termina. Es el Boletín Oficial del desencanto, la escribanía digital donde se certifica que todo está "bajo control" mientras los comentarios arden como una asamblea permanente. Administrar en Facebook es ordenar papeles en medio de un vendaval: un gesto administrativo que roza lo poético, pero no detiene el viento.

Y luego está X, ese territorio donde la política abandona cualquier pretensión de grandeza para abrazar su versión más ansiosa. Allí no se gobierna: se contesta. No se dialoga: se dispara. El funcionario deviene gladiador de caracteres breves, experto en ironías rápidas, campeón mundial de la respuesta que no resuelve nada pero consigue aplausos digitales. Cada tuit es una victoria simbólica en una guerra que no mejora la vida de nadie, pero entretiene.

Lo notable -y aquí conviene detenerse con cierta admiración antropológica- es la coherencia del sistema. Todo está diseñado para que la apariencia de movimiento sustituya al movimiento real. Las redes ofrecen la ilusión perfecta: permiten mostrar sin hacer, reaccionar sin pensar, emocionar sin transformar. La política, liberada del peso incómodo de la realidad, se vuelve performática. Se actúa gestión con la convicción de quien ya no distingue entre escena y vida.

En Jujuy, donde el paisaje enseña que lo profundo no se apura, esta velocidad impostada tiene algo de farsa. La Puna no se deja filtrar, la Quebrada no entra en stories, y el ingenio popular -ese radar infalible- detecta rápido cuándo le están vendiendo humo en alta definición. Porque hay una sabiduría silenciosa que no cotiza en likes: la de quien sabe que el problema no es cómo se muestra la realidad, sino cómo se la cambia.

Y sin embargo, la liturgia continúa. Se publica, se comenta, se responde. Se inauguran carteles de obras que inauguran otras promesas. Se celebran comienzos como si fueran finales. Se administra el presente como quien administra un perfil: cuidando la estética, evitando el conflicto, bloqueando lo incómodo. Gobernar, en este nuevo catecismo, es sostener el relato el tiempo suficiente como para que parezca verdad.

Pero la realidad -esa vieja opositora sin partido- insiste. Se cuela por las grietas del discurso, aparece sin aviso, desordena el guion. No entiende de community managers ni de métricas de alcance. Es brutalmente analógica: o hay trabajo o no hay, o la escuela funciona o se cae, o el hospital responde o espera. No hay filtro que convierta la urgencia en tendencia amable. Entonces, en algún punto -quizás en el silencio después del scroll- surge una pregunta incómoda, casi filosófica: ¿cuándo fue que confundimos gobernar con mostrarse? ¿En qué momento la política decidió que la verdad era negociable pero la imagen no? Tal vez la respuesta sea menos sofisticada de lo que creemos. Tal vez simplemente descubrimos que es más fácil editar que transformar.

Y así seguimos: deslizando el dedo, acumulando relatos, consumiendo promesas en formato vertical. Con la extraña sensación de que todo se mueve en la pantalla mientras, afuera, demasiado poco cambia. Como si el país -este país nuestro, irónico hasta en su esperanza- hubiera decidido ensayar una versión digital de sí mismo, más ordenada, más luminosa... y bastante menos real.

Una versión que, por ahora, tiene excelente conexión. Lástima que la otra no.

(*) Miguel Ángel Falcón Padilla es doctor en Filosofía.

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