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La pandemia de la virtualidad

Sabado, 07 de marzo de 2026 00:00

La pandemia de hace unos años (ya bastantes) nos puso a prueba. Pensábamos que por estar encerrados no íbamos a poder seguir. Pronto la solución surgió y la tecnología nos permitió hacer todo remotamente y de manera virtual. Clases, trabajos, reuniones de amigos, cumpleaños, festivales, recitales, obras de teatro, foros, jornadas, consultas médicas, terapia...

Sí, todo a través de las pantallas. Nos sentimos rescilientes, evolucionados, inteligentes, camaleones. Fue increíble y emocionante, desafiante y enriquecedor.

Pero resulta que ese contexto que nos llevó a esa "maravilla" ya pasó, hace mucho. Y ahora, nos cuesta tanto volver a las formas presenciales, a los contactos cara a cara, a los trabajos con el cuerpo, a las charlas mirándonos a los ojos, a los laburos in situ, y tratando de buscar la razón de esta negligencia, nos topamos simplemente con la comodidad. ¿Para qué ir hasta allá si puedo enviar y charlar, pasar y resolver desde el teléfono, con una videollamada, un Wathsapp, un meet?

Y eso de lo que los mayores renegamos cuando vemos a nuestros hijos y nietos chupados por las pantallas de las tablets y celulares, y que viven sus noviazgos, juegos y amistades por "Insta", se nos está pegando a nosotros también.

Hoy es mayor el porcentaje de adultos y adultos mayores, que en una confitería están mirando el teléfono y no a quien está en la mesa con ellos. En los almuerzos familiares, es muy raro que alguien haya decidido que los celulares se dejan fuera de la mesa. En los encuentros de amigos –hagan la prueba- ya sean mateadas o cenas, siempre hay unos cuantos que están mirando el teléfono (ícon lo que cuesta coincidir!).

Ya ni siquiera se "googlea" –ja, ja- cosa que antes nos parecía terrible porque abandonábamos los libros, ahora es todo el Chat GPT.

Es un insentido común seguir perdiendo cada vez más el contacto, cuando el virus que nos hizo "evolucionar" en su momento, ya no es una amenaza. Hoy podemos salir y encontrarnos, abrazarnos, besarnos y conversar de frente sin barbijo. ¿Por qué nos seguimos empeñando en automatizarnos?

Será que no estamos razonando los pros y las contras de un hábito que en definitiva está teniendo cada vez más mala fama. Somos conscientes y no lo combatimos.

Países antes, colegios en Buenos Aires ahora, algunos colegios en Jujuy donde es sólo una decisión de los profes, y así muchos ámbitos están prohibiendo el uso de dispositivos para estudiar y dar clases. Parece que alguien se está ocupando de investigar, y los resultados son alarmantes.

Antes nos asustaba la idea de los robots tomando nuestros lugares, y hoy nosotros mismos nos estamos transformando en robots voluntaria y conscientemente.

Tomemos el toro por las astas, reduzcamos lo más posibles las horas de pantalla, y volvamos a tener sentido común en nuestras relaciones. Provoquemos los encuentros presenciales y evitemos "solucionar" absolutamente todo con el celular (o por lo menos lo más que se pueda).

Recordemos que "lo viejo funciona".

 

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