Cada vez más se escucha que la deforestación es la madre de muchos de nuestros males, sobre todo en el norte argentino, el denominado "Norte Grande" que incluye a las diez provincias norteñas. Es así como ambientalistas han impuesto, con insistencia, mediante imágenes desgarradoras, pronósticos agoreros sobre nuestro futuro próximo.
También se dice que "ninguna agricultura puede ser considerada sostenible si se realiza a costa de la deforestación" o que "Deforestar no es sinónimo de desarrollo". Ello se dice en respuesta al reclamo de productores y políticos del norte argentino que manifiestan, muchas veces exageradamente, que la aplicación de la "Ley de Bosques Nativos" genera inmovilidad productiva y que obligó, a través de una Ley de Presupuestos Mínimos, a las provincias dueñas constitucionales de los bosques en sus respectivas jurisdicciones, a realizar un ordenamiento territorial que zonifique los bosques en distintas categorías de conservación (Rojo: protección absoluta; Amarillo: manejo sustentable del bosque; y Verde: posibilidad de transformación en agroecosistemas), lo que representa sin duda una limitación al uso, a favor de un bien común: los bosques nativos, donde el 70% de sus superficie ocurre justamente en el Norte Grande.
La realidad histórica es que el crecimiento productivo, el desarrollo de infraestructura, la instalación y crecimiento de ciudades, ha necesitado de la transformación de los sistemas naturales, y en particular en el caso del norte argentino, cuyos sistemas naturales son sobre todo bosques, de la deforestación. Prácticamente nada de lo que ocurre en gran parte de las provincias norteñas se hubiera logrado sin ganarle espacio a los bosques nativos (lo mismo podemos decir de EEUU, Europa o del sudeste asiático). Ni las ciudades, ni los cultivos agrícolas, ni las extensiones de ganadería intensiva, ni las plantaciones forestales, ni las rutas se hubieran establecido sin transformar bosques. Incluso, actividades tradicionales de menor intensidad y escasa innovación tecnológica, como la "ganadería de monte", se realizan a expensas de importantes procesos de degradación y pérdida de biodiversidad, sobre extensiones muy importantes de bosques, particularmente en la región chaqueña.
Por lo tanto, denigrar el concepto "desmontar" es también denigrar el proceso histórico de colonización y crecimiento económico de una parte importante de nuestro país. Mientras tanto el concepto de "Deforestación Cero" va ganando cada vez más adeptos, sin que ello por sí mismo sea la solución a los problemas de conservación de los bosques en el país. En la mayoría de los casos simplemente es "mirar para otro lado".
Es importante destacar que las provincias que actualmente lideran los procesos de deforestación (Santiago del Estero, Salta, Chaco y Formosa) son también las provincias con niveles de Necesidades Básicas Insatisfechas (NBI) más altos, lo cual pareciera ser la prueba acabada de la frase "desmontar NO es desarrollar". Sin embargo, también es cierto, en una mirada completamente opuesta, que las provincias que se encuentran mejor económicamente son las que presentan una gran parte de sus territorios transformados (Buenos Aires, Córdoba, Santa Fe). Eso sí, lo hicieron hace mucho tiempo y hoy pensamos que los agroecosistemas pampeanos (derivados de la transformación de extensas e importantes superficies de pastizales naturales) estuvieron ahí desde siempre.
También es verdad (vaya paradoja) que estas provincias más desarrolladas económica y socialmente, son las que menos han invertido en protección efectiva de la biodiversidad a través de áreas protegidas (menos del 1% de su territorio en promedio). Por el contrario, las provincias estigmatizadas como destructoras de la naturaleza protegen por lejos, un mayor porcentaje de su superficie (más del 20% de su territorio en promedio) y adicionalmente aún conservan estas últimas, gran parte de su territorio cubierto de sistemas naturales. Sin embargo también, hay que poner en relieve que en estos procesos de habilitar áreas boscosas para la producción agropecuaria, casi el 50% en algunas provincias, ocurre de manera irregular y en muchos casos directamente ilegal, es decir sin autorización ni estudio de impacto ambiental alguno, hecho sin duda repudiable y que debe ser corregido y sancionado adecuadamente.
En definitiva la "solución" pasa por una comprensión más holística de lo que significa producir en un país como Argentina, y en reconocer que una efectiva protección de la naturaleza pasa por una mejor producción que utilice los recursos naturales y que a su vez se haga cargo (como lo hacen muchísimos productores) de la conservación de la naturaleza. No es una cosa u otra, sino ambas en conjunto, la producción necesita de la naturaleza, y también la naturaleza necesita de la producción.