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Perú: la república americana que no logra gobernarse

Lunes, 23 de febrero de 2026 00:00

Perú no es un país cualquiera en la historia de América Latina, allí se gestó el primer gran Estado sudamericano, desde el Tahuantinsuyo hasta el Virreinato del Perú, con Lima como capital imperial de la región. Pero hace tiempo que viene dando qué hablar por la inestabilidad política. La semana pasada José María Balcázar fue elegido por el Congreso de Perú como un nuevo presidente interino del país, sucesor de José Jerí, al que apartó del cargo el martes 17 de febrero, mediante una moción de censura por los escándalos que salpicaron su presidencia también interina.

Balcázar será el octavo presidente de Perú en los últimos diez años, lo que da idea de la inestabilidad en la que lleva años instalada la política peruana, entre renuncias, vacancias y gobiernos interinos.

El Congreso se convirtió en el verdadero ring de la democracia, donde el poder legislativo decide la suerte del Ejecutivo en un sistema fragmentado, con partidos débiles y coaliciones inestables. A pocos meses de nuevas elecciones, la crisis política es permanente. Esa fragilidad tiene raíces profundas como explica el politólogo peruano Alberto Vergara: en Perú se instaló durante años una defensa del statu quo que terminó erosionando la legitimidad democrática. Las voces reformistas que advertían problemas en la representación política o en la productividad económica eran silenciadas por élites que, deslumbradas por el crecimiento del PIB (cerró el 2025 con un crecimiento de 3,44%), creían que el país podía seguir en "piloto automático". Se celebraba que, sin importar quién ganara las elecciones, la economía continuaría funcionando.

Pero esa estabilidad aparente incubó malestar social, descomposición del sistema político y una democracia incapaz de renovarse. No se trataba necesariamente de una conspiración de élites malvadas, sino de grupos cómodos en un statu quo mediocre, temerosos de abrir reformas que pudieran generar conflictos difíciles de administrar. Un sistema que todos sabían deficiente, pero que era más tolerable para unos que para otros.

A mi entender, además de la fragmentación partidaria y la crisis de representación, el problema peruano revela algo más profundo: en la práctica, el sistema político está siendo empujado hacia una lógica parlamentaria sin haber reformado formalmente la Constitución presidencialista. El mecanismo de "vacancia" presidencial, el uso recurrente de censuras ministeriales y la capacidad del congreso de remover gobiernos con facilidad, generan un ejecutivo débil, dependiente del humor legislativo, como si Perú fuera un régimen parlamentario sin responsabilidad colectiva de gobierno, ni partidos sólidos que sostengan mayorías estables. Esa tensión entre un presidencialismo formal y un parlamentarismo de facto produce la inestabilidad permanente que vemos hoy: presidentes que caen sin crisis económica, congresos sin coaliciones duraderas y un sistema que no termina de definirse; el resultado es una democracia en transición institucional que aún no encuentra equilibrio.

Pero el problema peruano no es solo institucional, es también geopolítico.El país se convirtió en uno de los escenarios donde el águila y el panda -Estados Unidos y China- disputan poder en América Latina. La competencia se da en minería, energía, telecomunicaciones y, sobre todo, en infraestructura estratégica. El ejemplo más visible es el megaproyecto del puerto de Chancay, financiado por capital chino a través de COSCO Shipping, que busca transformar a Perú en un hub logístico del Pacífico para exportar minerales y alimentos hacia Asia. En paralelo, Estados Unidos impulsa inversiones y acuerdos en el histórico puerto del Callao, buscando mantener presencia en el principal nodo comercial peruano. La lógica es clara: quien controla los puertos controla las cadenas de valor.

China es hoy el principal socio comercial de Perú, las exportaciones alcanzaron cifras récord, superando los US$ 25.900 millones de dólares, en los primeros diez meses del año pasado; comprador clave del cobre, hierro y otros minerales estratégicos. Pero Estados Unidos sigue siendo determinante en inversiones financieras, tecnología y seguridad. La disputa no es ideológica: es por recursos, logística y rutas comerciales.

Y allí aparece Brasil, miembro de los BRICS, que mantiene una alianza estratégica con China, principal cliente de su agronegocioy el mayor proveedor de soja para China, enviando alrededor de 87 millones de toneladas, consolidando a China como el principal destino de la soja brasileña. El Nuevo Banco de Desarrollo del bloque financia infraestructura en países emergentes. Para los Estados brasileños, de Mato Grosso y Mato Grosso do Sul, un corredor bioceánico hacia puertos peruanos como Chancay significaría reducir costos logísticos y llegar más rápido al mercado chino. Ya es sabido que los agronegocios brasileños buscan una alternativa al corredor bioceánico capricornio a través del Perú con financiamiento chino.

Perú también produce cerca del 10 % del cobre mundial, mineral clave para la transición energética y la industria tecnológica; el control de esa producción y su logística se volvió estratégico en la competencia global.

En medio de esa disputa, la economía peruana muestra una paradoja, con un PIB cercano a 250.000 millones de dólares, inflación relativamente controlada y exportaciones mineras sólidas, el país mantiene fundamentos macroeconómicos estables. El Banco Central Peruano conserva credibilidad y el sector privado sigue invirtiendo. Perú aprendió a separar la paja del trigo: la crisis política no siempre arrastra a la economía.

Por otro lado, en el mundo laboral, más del 70 % del empleo es informal según el Instituto Nacional de Estadística e Informática de Perú y la OIT. La pandemia dejó una de las tasas de mortalidad más altas del mundo y la corrupción golpeó a varios expresidentes en el caso Odebrecht, aunque el sistema judicial, con todas sus limitaciones, mostró cierta independencia al investigar a las élites.

Perú es el espejo de América Latina: economía relativamente estable, política inestable, instituciones frágiles y desigualdad persistente. Y ahora, además, escenario de la disputa global entre China y Estados Unidos.

La pregunta inevitable es si el país podrá construir gobernabilidad mientras se convierte en nodo estratégico de la nueva guerra económica global. Y si América Latina sabrá aprovechar esa competencia para desarrollarse sin perder soberanía.

Perú fue el corazón del primer Estado sudamericano, hoy es un escenario más en el campo de prueba de la nueva geopolítica del siglo XXI. Y su destino, como el de América Latina, dependerá de si sus líderes entienden que sin estabilidad política no hay soberanía económica, y sin integración regional no hay futuro en un mundo dominado por gigantes.

(*) El licenciado en Relaciones Internacionales Alejandro G. Safarov es director de la carrera de Relaciones Internacionales de la Ucse Jujuy, miembro del Departamento de América Latina y el Caribe del IRI- Universidad Nacional de La Plata e integrante del Consejo Federal de Estudios Internacionales (Cofei).

 

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