"Yo creía que quien tenía autismo me necesitaba... hasta que entendí que la que necesitaba era yo". Lo dijo casi en un susurro, como si en esa frase se le desarmara una certeza antigua. Durante años había organizado su vida en función de ayudar, contener, adaptar, explicar. Había aprendido técnicas, palabras, estrategias. Y sin embargo, un día algo cambió. No fue el otro quien cambió. Fue su mirada. Se dio cuenta de algo incómodo y profundamente humano: eso que no entendía del otro... también hablaba de ella.
Eso que le resultaba extraño, ajeno, incluso irritante, era en parte un territorio propio no habitado. Entonces apareció la pregunta: ¿Qué necesita ese otro... y a qué me invita a mí su existencia?
Más allá de la etiqueta: cuando el problema no es el individuo En el marco del 2 de abril, en el Día Mundial de Concienciación sobre el Autismo, el debate comenzó a girar -por fin- hacia un punto crucial: ¿Y si dejamos de mirar el "déficit" y empezamos a mirar el entorno?
Durante décadas, el autismo fue nombrado como trastorno. Algo que "falla", que "no encaja", que "debe corregirse".
Hoy, nuevas corrientes hablan de neurodiversidad: una forma distinta de percibir, procesar y habitar el mundo.
Desde esta perspectiva, el problema no está en la persona... sino en un sistema que solo reconoce una manera válida de ser.
El psicólogo Lev Vygotsky ya lo anticipaba: el desarrollo humano no puede entenderse separado del contexto.
No es el individuo el que "no puede". Es el entorno el que muchas veces no está diseñado para alojarlo. Y cuando el entorno no aloja, no solo excluye: también exige adaptación constante, desgaste silencioso y una forma de violencia que no siempre se nombra.
Ahí es donde aparece una de las trampas más profundas de nuestra cultura: la obsesión por el "hacer". Así la vida se transforma en una línea recta, donde la vida se reduce a cultura que mide el valor en términos de productividad. Cuánto hacés. Cuánto rendís. Cuánto encajás.
La escuela, el trabajo, incluso los vínculos... todo parece responder a una lógica de eficiencia.
Pero la vida -si la miramos con honestidad- no es una línea recta. Es más bien un bosque. Un bosque donde cada especie crece a su ritmo, con su forma, su tiempo, su singularidad. El problema no es que haya árboles distintos. El problema es querer que todos crezcan iguales. Y sin embargo, aunque esto suene evidente... en la práctica seguimos forzando, corrigiendo y midiendo desde una única vara. Entonces la pregunta deja de ser botánica... y se vuelve profundamente humana: ¿Por qué nos cuesta tanto aceptar lo diferente? Desde una mirada psicológica profunda, lo diferente incomoda porque rompe nuestros esquemas de control; nos enfrenta a lo imprevisible; nos saca del piloto automático. Y, sobre todo... nos muestra partes de nosotros que no reconocemos.
En términos junguianos, podríamos decir que activa la sombra. Aquello que no integramos en nosotros, lo vemos exagerado en el otro. Y entonces aparece el juicio: "Es raro", "No encaja", "Tiene un problema". ¿Y si el problema no es el otro... sino nuestra incapacidad de ampliar la mirada? Porque cada vez que no podemos ver, comprender o alojar lo distinto, no solo limitamos al otro... también empobrecemos el sistema del que formamos parte. Y lo que no se incluye, no desaparece. Se desplaza. Se repite. Se intensifica.
Ahí es donde cobra sentido mirar desde la dimensión sistémica: lo que excluimos, vuelve. Lo que no tiene lugar... aparece como síntoma.
Cuando una sociedad no incluye la diferencia, esa diferencia no desaparece. Se manifiesta en diagnósticos, en etiquetas, en exclusión, en sufrimiento.
La biodecodificación lo diría de otro modo: el síntoma no es un error, es un mensaje. Un mensaje que señala: "Aquí hay algo que no está siendo visto, ni integrado". Entonces la pregunta cambia radicalmente: ¿Qué nos está mostrando el autismo como fenómeno social? Tal vez nos está diciendo que vivimos demasiado en la mente y poco en el cuerpo. Valoramos la rapidez y olvidamos la presencia. Priorizamos la adaptación y olvidamos la autenticidad.
Aceptar lo diferente no es solo un acto de tolerancia. Es un acto de transformación.
Porque cuando dejo de mirar desde la exigencia y empiezo a mirar con el corazón, algo se reordena: ya no observo al otro como ajeno... empiezo a reconocerme en él, incluso en aquello que no tenía registrado como parte de mí.
Entonces la diferencia deja de ser distancia... y se vuelve espejo.
Y desde ese lugar, emergen preguntas que no buscan clasificar, sino expandir: ¿Dónde soy yo neurodivergente? ¿En qué momentos me salgo de la norma, pienso distinto, siento distinto, percibo el mundo desde otro lugar? ¿Dónde aparece en mí eso que el otro me muestra?¿Hay aspectos de esa diferencia que hoy rechazo... y que, sin embargo, podrían ampliar mi manera de vivir, de sentir, de comprender?
Porque convivir con aquello que no registro como propio... también me confronta con mi identidad. Me invita -sin rodeos- a preguntarme ¿Quién soy yo realmente? ¿Cuánto de lo que soy responde a una esencia... y cuánto a una adaptación?¿Qué partes de mí quedaron afuera... para poder encajar?
El otro, entonces, deja de ser "el problema"... y se convierte en puerta de conciencia. Entonces podemos ver que el cambio más profundo que estamos llamados a hacer no es técnico. Es ético.
Pasar de "¿Cómo lo corrijo? "a "¿Cómo lo reconozco?".
Pasar de "¿Cómo lo adapto?" a "¿Cómo amplio mi reducido mundo para que tenga lugar?".
La dignidad no está en parecerse a la norma. La dignidad está en poder ser. Tal vez la pregunta no sea: ¿Qué le pasa a esa persona?
Tal vez la verdadera pregunta sea: ¿Qué me pasa a mí frente a esa persona? ¿Y qué me está invitando a ver, sentir o transformar?
Porque a veces... eso que llamamos "diferente" no viene a ser corregido. Viene a despertarnos.
(En memoria de mi sobrino Pedro Alex Mendieta Arraya, quien ya descansa en paz. En honor a mi sobrino Nahuel Gustavo Miranda, quienes me guiaron mirar con el corazón. En gratitud a mis hermanas Judith y Ana Belén por enseñarme tanto).
(*) Psicóloga, Magíster en Salud Pública y Coach Ontológica (Aacop-Ficop 3.903). Integro psicología, coaching, neurociencias, espiritualidad y arte para acompañar procesos de transformación en personas y organizaciones. Mi enfoque trabaja relaciones conscientes, bienestar emocional y liderazgo humano, con herramientas aplicables a la vida cotidiana y al mundo profesional.