"Estados Unidos no tiene amistades permanentes, sino intereses permanentes", afirmaba John Quincy Adams -sexto presidente de los Estados Unidos, de 1825 a 1829-, ya en el siglo XIX. Esa frase, heredera del realismo geopolítico más descarnado, parece hoy más vigente que nunca, especialmente al observar el renovado interés de Washington por Groenlandia, una isla ubicada entre el Atlántico y el Ártico que, hasta hace pocos años, estaba fuera del radar de los grandes titulares internacionales. Sin embargo, la geopolítica -como la historia- tiene sus propios ciclos, y Groenlandia ha regresado al centro del tablero mundial por razones que combinan cambio climático, recursos minerales estratégicos, disputas entre potencias y rutas polares de navegación.
El episodio más recordado fue en 2019, cuando Donald Trump propuso públicamente comprar Groenlandia a Dinamarca, despertando reacciones entre el estupor y la burla. Pero lo que fue leído como una excentricidad del expresidente, en realidad, respondía a un cálculo estratégico a largo plazo, compartido -aunque en formas más diplomáticas- por sectores permanentes del poder norteamericano. Desde entonces, el interés no se detuvo: Estados Unidos abrió un consulado en Nuuk, incrementó sus contactos con el gobierno autónomo groenlandés y elevó su presencia diplomática, científica y militar en la zona.
¿Por qué Groenlandia importa tanto ahora? La respuesta combina factores ambientales, geoeconómicos y geoestratégicos. El deshielo acelerado del Ártico producto del cambio climático ha revelado una riqueza mineral incalculable: tierras raras, uranio, litio, cobalto, petróleo, gas. Se trata de recursos claves para la transición energética y el dominio tecnológico del siglo XXI, precisamente cuando Estados Unidos compite abiertamente con China y Rusia por el control de las nuevas cadenas de valor. Además, Groenlandia se proyecta como punto de apoyo para las futuras rutas comerciales polares, que acortarían significativamente los trayectos entre Europa y Asia, lo que refuerza su valor logístico y estratégico.
Desde el punto de vista militar, el Pentágono ya tiene presencia en Groenlandia a través de la base aérea de Thule, instalada desde la Guerra Fría como puesto de escucha y escudo antimisiles. Pero en el nuevo escenario de rivalidad sistémica, ese enclave cobra un renovado interés como nodo clave para operaciones en el Ártico, una zona que Rusia considera prioritaria y donde ha incrementado su presencia con rompehielos, submarinos nucleares y ejercicios navales. Para Washington, el control sobre Groenlandia no es solo una cuestión económica, sino una pieza de seguridad nacional frente al avance euroasiático en los extremos del mundo.
La pregunta es: ¿Estamos ante una anexión sutil o una nueva forma de colonización estratégica? Dinamarca, que formalmente ejerce la soberanía sobre la isla, ha rechazado cualquier intento de venta, pero es consciente de que el equilibrio de poder se está desplazando. Groenlandia, por su parte, goza de autonomía política y mantiene una relación ambivalente: valora la posibilidad de diversificar su economía con inversiones extranjeras, pero teme perder el control de sus decisiones ante el peso geopolítico de Estados Unidos. Mientras tanto, China también ha intentado entrar con proyectos mineros e infraestructura portuaria, lo que provocó una contraofensiva diplomática de la casa blanca para frenar su avance.
Groenlandia se convierte así en un espejo del nuevo orden internacional Modo IA: un mundo donde las grandes potencias compiten por el control de recursos escasos, rutas logísticas alternativas y zonas tradicionalmente periféricas que, de pronto, se tornan estratégicas. La aparente calma del Ártico encubre una guerra silenciosa por el futuro, donde se juega la capacidad de controlar la transición energética, los minerales críticos y el reposicionamiento militar global.
La Unión Europea ha expresado con firmeza su posición frente al renovado interés estadounidense en Groenlandia, subrayando su respaldo a la soberanía de Dinamarca y de los groenlandeses, al tiempo que advierte que cualquier intento de alterar ese statu quo sin respeto al derecho internacional sería inaceptable y podría poner en riesgo la estabilidad de alianzas como la Otan. En declaraciones conjuntas, líderes europeos -incluidos Francia, Alemania, Italia, España, Polonia y el Reino Unido- insistieron en que "Groenlandia pertenece a su pueblo y corresponde a Dinamarca decidir sobre su futuro", rechazando unilateralismos y reafirmando la inviolabilidad de fronteras y la integridad territorial de sus aliados. Como demostración tangible de ese compromiso y del interés estratégico europeo en el Ártico, varios Estados en la última semana, han confirmado el envío de contingentes militares reducidos o personal para operaciones de reconocimiento y ejercicios conjuntos en Groenlandia bajo el paraguas de la Otan, en la denominada Operación Arctic Endurance, coordinada con Dinamarca para reforzar la seguridad regional. Estas acciones no solo responden a preocupaciones de defensa colectiva, sino que buscan contrarrestar cualquier intento de apropiación o presión desmedida, al mismo tiempo que envían un mensaje de solidaridad transatlántica y de defensa del derecho internacional frente a posibles intromisiones externas. Qué curioso que la "injerencia" viene del lado del socio más importante de la Otan.
Pero el fondo de la cuestión, y lo que realmente está ocurriendo con Groenlandia no es solo una disputa o el simple interés por territorio o minerales, sino una carrera por el control estratégico del Ártico en un mundo donde las fronteras del poder se desplazan hacia los extremos del planeta. Los principales socios de la Otan, han comprendido que no pueden permitir que los negocios chinos se arraiguen en la isla ni que el poder militar ruso toque las puertas del norte global, ya sea en Canadá, Alaska o las rutas marítimas que se abren con el deshielo polar. La militarización gradual, los ejercicios conjuntos y la presión diplomática coordinada reflejan un consenso occidental para intervenir preventivamente en Groenlandia antes de que lo hagan otros actores. Así, la isla se transforma en un punto nodal donde confluyen la defensa colectiva, la rivalidad sistémica y la competencia por los recursos críticos del siglo XXI. El Ártico, alguna vez aislado y ajeno, se ha convertido en el nuevo Mediterráneo de la geopolítica contemporánea y la excepcionalidad oculta de la doctrina Monroe.
En este contexto, la frase de John Quincy Adams resuena como advertencia: detrás de cada movimiento norteamericano hay un cálculo frío de intereses, incluso en los rincones más lejanos del planeta. Groenlandia, alguna vez olvidada, se convirtió en un símbolo del poder sin límites del interés nacional norteamericano con extensión a los socios europeos, pero también en una prueba de hasta dónde puede llegar el realismo cuando los recursos escasean, el hielo se derrite y las potencias vuelven a mirar los mapas del mundo con ambición imperial.