Poder, guerra y la soberanía del alma en tiempos de incertidumbre. Preguntas que incomodan (y ojalá despierten). ¿Cómo mantenemos nuestra soberanía personal cuando el mapa exterior se mueve tan violentamente? ¿Somos realmente protagonistas... o simples espectadores de una partida que otros juegan? ¿Quién pone las reglas? ¿Y desde dónde las aceptamos?
Sentirse un "simple espectador" ante fuerzas tan gigantescas no es solo una percepción: es una experiencia psicológica profunda. Una forma contemporánea de impotencia existencial. En términos sociológicos, esta vivencia se vincula con lo que Zygmunt Bauman denominó modernidad líquida: un mundo donde las estructuras pierden estabilidad y los individuos quedan expuestos a una incertidumbre constante (Bauman, 2000). Y es precisamente desde esta sensación de intemperie donde emerge la necesidad de comprender qué está ocurriendo.
El mundo no está en un "nuevo orden". Está en una crisis de organización del poder. Y eso refleja algo más profundo: crisis de confianza, crisis de cooperación y crisis de regulación emocional colectiva. Desde la teoría de sistemas, toda crisis de organización revela una falla en la regulación de sus partes (Luhmann, 1995). Traducido a lo humano: "No es solo un nuevo orden mundial... es una humanidad que todavía no sabe organizar el poder sin conflicto". Este pasaje del orden al desorden no es excepcional en la historia. Como señala Henry Kissinger, los sistemas internacionales atraviesan ciclos de estabilidad y ruptura donde las reglas dejan de ser compartidas antes de que emerja un nuevo equilibrio (Kissinger, 2014). Y aquí es donde el análisis geopolítico comienza a dialogar con lo psicológico.
El tablero global... y el tablero interno. Hoy vemos discursos como: "Esta es nuestra zona de influencia y no permitiremos competidores aquí". Desde la geopolítica, esto se expresa en doctrinas, bloques y disputas. Desde la psicología sistémica... esto es otra cosa. Es el mismo movimiento que ocurre en una familia cuando alguien dice: "Acá mando yo", "Esto es mío", "Vos no entrás". La lógica de la Doctrina Monroe puede leerse como una frontera rígida que delimita territorio y poder (Gilderhus, 2006). Desde la perspectiva sistémica de Bert Hellinger, los sistemas tienden a buscar orden, pero cuando este orden se rigidiza, aparece la exclusión y el conflicto (Hellinger, 1998). Y este es el puente: lo que ocurre entre naciones no es ajeno a lo que ocurre entre personas.
Como es arriba... es abajo. Como es adentro... es afuera. Este principio, presente en la tradición hermética (Kybalion), encuentra resonancia en la psicología profunda. Carl Gustav Jung planteó que aquello que no se reconoce en uno mismo se proyecta en el otro, dando origen a conflictos externos (Jung, 1959). Los conflictos globales replican conflictos humanos básicos: territorio, poder, pertenencia, miedo, control, supervivencia. Desde esta mirada, la guerra deja de ser solo un fenómeno externo y se convierte en una expresión amplificada de la psique humana.
¿Dónde está tu petróleo? Este puente nos lleva a una pregunta íntima y política a la vez: ¿Dónde está tu petróleo? tu energía, tu tiempo, tu atención, tu valor. ¿Es tuyo? ¿Está en disputa? ¿Lo administrás o lo entregás? En términos de economía política, los recursos definen el poder (Harvey, 2003). En términos psicológicos, la energía psíquica -como señalaba Jung- es aquello que orienta nuestra vida. Y aquí aparece una equivalencia inquietante: así como los países negocian o pierden sus recursos. . . las personas también negocian o pierden su soberanía interna. La guerra también se juega en la percepción. Pero ningún poder se sostiene solo con recursos materiales. Necesita relato. En tiempos de incertidumbre, no solo se disputan territorios. Se disputan narrativas. ¿Qué vemos? ¿Qué nos muestran? ¿Qué elegimos mirar? Noam Chomsky ha desarrollado ampliamente cómo los medios pueden moldear la percepción pública y orientar el consenso (Chomsky & Herman, 1988). Cuando el miedo aumenta, muchas personas: se paralizan, se polarizan o se disocian mirando pantallas. Desde la Gestalt, esto puede entenderse como deflexión, un mecanismo que evita el contacto pleno con la realidad (Perls, Hefferline & Goodman, 1951). Y así, el conflicto externo encuentra un terreno fértil en la desconexión interna.
Impacto psicológico social: el sistema en alerta. Este fenómeno no es solo individual, es sistémico. A nivel colectivo, se activa lo que podríamos denominar un estado de alerta arcaico.
Estado de alerta. El sistema nervioso entra en modo supervivencia. Stephen Porges explica que, bajo amenaza, el organismo prioriza la defensa sobre la conexión (Porges, 2011).
Pérdida de referencias. Cuando se rompe la percepción de orden, emerge el desamparo. La World Health Organization señala que en contextos de crisis aumenta significativamente el malestar psicológico y la ansiedad colectiva (WHO, 2022).
Polarización. Los conflictos fuerzan la división. "nosotros vs ellos". Desde Jung, esto puede leerse como una proyección de la sombra colectiva. Y desde lo social, como advierte Byung-Chul Han, la sociedad contemporánea tiende a fragmentarse cuando pierde espacios de diálogo real (Han, 2017).
La economía como espejo psíquico. Esta tensión no queda en lo abstracto. Impacta directamente en la vida cotidiana. Conflictos energéticos - suba del petróleo; aumento del transporte - inflación; impacto directo en la vida diaria. Incluso en regiones alejadas del conflicto, como Jujuy. Pero también ocurre algo más profundo: En contextos de incertidumbre, las personas buscan refugio. Históricamente, esto se traduce en la búsqueda de activos estables como el oro (IMF, 2023). Psicológicamente: buscamos seguridad cuando el mundo interno tambalea. Una humanidad adolescente... o una adultez regresiva. Hasta aquí, el recorrido nos permite ver que el problema no es solo geopolítico. Es evolutivo. Podríamos pensar este momento como el pasaje de una ilusión de integración global a una fragmentación por miedo.
Pero más profundamente: no es una adultez madura es una adultez regresiva. Donde el poder crece... pero la conciencia vincular no acompaña.
Una mirada desde la transformación. Y sin embargo, toda crisis es también transición. Si pensamos en términos cíclicos: estamos en una fase de invierno. Una etapa donde: lo viejo se desarma, lo nuevo aún no emerge, la incertidumbre domina. Desde la psicología del desarrollo, las crisis son momentos de reorganización (Erikson, 1968). Y desde la espiritualidad, momentos de expansión potencial. Entonces... ¿qué hacemos? Aquí el artículo vuelve a su origen: la pregunta por la soberanía personal. En un mundo en crisis, tu posicionamiento no es menor.
Soberanía. ¿Quién pone las reglas en tu vida? Límites. ¿Tu territorio interno está cuidado o invadido? Regulación. ¿Respondés desde el miedo o desde la conciencia? Vínculo. ¿Construís desde la cooperación o desde la defensa? Cierre. "Cuando el mundo se vuelve incierto, buscamos mapas. Pero a veces el problema no es no tener mapa... sino no saber habitar el territorio". Tal vez la pregunta no sea solo quién domina el mundo. Tal vez la pregunta sea: ¿qué fuerzas dominan nuestra vida y desde dónde elegimos responder?
(*) Psicóloga, Magíster en Salud Pública y Coach Ontológica (Aacop-ficop 3903). Integro psicología, coaching, neurociencias, espiritualidad y arte para acompañar procesos de transformación en personas y organizaciones. Mi enfoque trabaja relaciones conscientes, bienestar emocional y liderazgo humano, con herramientas aplicables a la vida cotidiana y al mundo profesional.