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Metamorfosis kafkiana de la hombría en el norte

Lunes, 09 de febrero de 2026 22:55

POR MIGUEL ÁNGEL FALCÓN PADILLA (*)

En el norte la hombría nunca fue una pregunta: fue una certeza.

Nadie se sentaba a definir qué era ser hombre. Se lo aprendía por observación, como se aprende el clima o las distancias. El modelo estaba ahí: en el padre que hablaba poco, en el abuelo que no sonreía en las fotos, en el trabajador que volvía con las manos curtidas y el cansancio convertido en orgullo. La masculinidad era, ante todo, resistencia. Una forma de dureza necesaria para atravesar la vida sin quebrarse en público.

Ser hombre era sostener. Sostener la economía, la palabra, la autoridad, el silencio. Había algo casi mineral en esa identidad: firme, compacto, sin fisuras visibles. La emoción, cuando aparecía, debía administrarse en privado. El llanto era tolerado solo en la infancia o frente a la muerte. Después, la hombría exigía sequía.

Pero toda certeza cultural, incluso las más arraigadas, tarde o temprano empieza a agrietarse. No porque alguien la destruya, sino porque deja de explicar la experiencia real de quienes la habitan.

Hoy, en el norte, la hombría atraviesa una intemperie filosófica. Muchos varones ya no saben exactamente qué significa "ser hombre", y esa incertidumbre -lejos de ser una debilidad- es, tal vez, el síntoma más honesto de una transformación profunda.

Porque el modelo heredado funcionaba, sí, pero a un costo alto: mutilaba el mundo emocional. Enseñaba a proveer, pero no a acompañar. A decidir, pero no a escuchar. A proteger, pero no a mostrarse vulnerable.

La hombría estaba diseñada para el afuera, no para el adentro. El problema es que el mundo cambió y el interior de los hombres empezó a reclamar lenguaje. Las nuevas generaciones crecieron viendo padres presentes pero emocionalmente distantes, hombres respetados pero solitarios, figuras fuertes incapaces de decir "te quiero" sin sentirse expuestos.

Entonces apareció la pregunta que antes no existía: ¿Y si ser hombre no fuera endurecerse sino integrarse? La crisis actual de la masculinidad -tan mencionada y tan poco comprendida- no es la caída del varón, sino la caída de un único modo posible de serlo. Lo que se resquebraja no es la hombría, sino su versión más rígida.

Sin embargo, el tránsito no es cómodo. Muchos varones del norte caminan hoy sobre un territorio ambiguo: si conservan la dureza aprendida, son señalados como emocionalmente ausentes; si ensayan sensibilidad, sienten que traicionan el mandato que los formó. Quedan, así, suspendidos entre dos paradigmas que todavía no terminan de reconciliarse.

La hombría, que antes era un refugio identitario, se vuelve una pregunta abierta.

Y toda pregunta identitaria genera vértigo.

Se nota en escenas cotidianas: hombres que quieren abrazar más pero no saben cómo empezar; padres que prometen no repetir los gritos que recibieron; amigos que ensayan conversaciones afectivas y enseguida las disimulan con humor. Hay torpeza, sí, pero también intención.

Porque algo empieza a comprenderse: la fortaleza no necesariamente habita en la dureza.

Durante décadas se confundió hombría con impermeabilidad. Como si sentir debilitara, como si la ternura erosionara la autoridad, como si pedir ayuda restara dignidad. Hoy esa ecuación empieza a discutirse, no en tratados académicos, sino en cocinas, veredas, salas de espera.

Filosóficamente, el varón norteño enfrenta una revisión de su propia ontología: dejar de definirse solo por lo que sostiene para empezar a pensarse también desde lo que siente.

No es menor.

Implica desmontar siglos de pedagogía emocional restrictiva. Implica aceptar que el silencio no siempre es templanza, que la distancia no siempre es respeto, que la autosuficiencia extrema puede ser, en el fondo, una forma de soledad aprendida.

La hombría tradicional ofrecía certezas claras: trabajo, autoridad, provisión. La nueva masculinidad ofrece algo más inestable pero también más humano: presencia emocional, corresponsabilidad, palabra.

No reemplaza la fortaleza: la redefine.

Quizás el cambio más profundo no esté en los discursos públicos sino en los gestos mínimos: un hombre que pide perdón a su hijo, otro que reconoce miedo, otro que decide no endurecerse frente al dolor ajeno. Actos pequeños que, en una cultura formada en la contención afectiva, tienen densidad histórica.

El norte -tierra de tradiciones firmes- no está perdiendo su hombría: está ampliándola.

La está sacando de la armadura para volverla habitable. Menos heroica hacia afuera, pero más honesta hacia adentro. Menos basada en la invulnerabilidad, más cercana a la integridad.

Tal vez el desafío no sea dejar de ser hombres, sino animarse a serlo sin mutilaciones emocionales.

Porque sostener seguirá siendo parte de la identidad masculina. Pero ya no alcanzará con sostener el mundo: habrá que aprender, también, a sostenerse a uno mismo.

Y en esa transición -silenciosa, lenta, profundamente norteña- la hombría deja de ser una certeza heredada para convertirse, por primera vez, en una construcción consciente. (*) Miguel Ángel Falcón Padilla es doctor en Ciencias Filosóficas.

 

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