Escuchar la palabra Alejandría remite rápidamente al recuerdo del famoso faro que orientaba a los navegantes así como a la mítica -podría decírsele así- biblioteca, que orientó los pensamientos de tantos sabios, filósofos, creadores y científicos algunos miles de años atrás.
Puede suponerse, si no se cuenta con información suficiente, que la creación de las bibliotecas es algo que comenzó a ocurrir en la Edad Media. Sobre todo en monasterios que atesoraban aquellos libros -copiados a mano, y por lo tanto no muy numerosos- reservados para quienes habían aprendido a leer y escribir, que eran los menos. Pero no es así. Hace 2.300 años ya había bibliotecas. La más conocida de aquel entonces es la de Alejandría.
Alejandría es una ciudad situada en el norte de Egipto, en la zona más occidental del delta del Nilo, extendida sobre una loma que separa el lago Mariout del mar Mediterráneo. En la actualidad es la capital de la gobernación del mismo nombre, y el principal puerto del país. Además, se trata de la segunda ciudad más importante de Egipto tras El Cairo. Fue fundada por Alejandro Magno en el año 331 a. J. en una estratégica región portuaria, convirtiéndose en poco tiempo en el centro cultural del mundo antiguo; precisamente por haberse edificado allí la notable biblioteca.
No hay certeza de cuántas obras hubo allí resguardadas, pero se estima que la principal albergaba cuatrocientos noventa mil volúmenes literarios, académicos y religiosos. Otra biblioteca anexa, más pequeña, edificada poco después, llegó a sumar aproximadamente cuarenta y tres mil piezas. En términos actuales estamos refiriéndonos a algo así como 100 mil libros. Si. Una biblioteca que buscaba atesorar todo el conocimiento de entonces con semejante contenido. ¿Es que había tanto escrito 23 siglos atrás? Si. Lo había.
Para mayor sorpresa, algunos autores de aquel entonces describieron a la Biblioteca de Alejandría con columnas griegas, paseos, una dependencia colectiva para comer (algo así como un restaurant), una sala amplia de lectura, una dependencia que contenía estanterías y depósitos para los rollos de papiro; ambientes para reuniones, jardines y aulas. Lo más parecido a lo que en la actualidad entendemos como un campus universitario. ¿Será verdad, entonces, aquella frase que afirma que la historia se repite?
Interesante señalar que -según el historiador y filósofo griego de la escuela escéptica Hecateo de Abdera (siglo IV a. J.), quien probablemente visitó el lugar en su fase inicial- sobre las estanterías podía leerse una sugerente inscripción que decía "El lugar de la curación del alma". Nada tan cierto como que la lectura, en especial de temas filosóficos, condujera a la curación no ya del cuerpo físico, sino del alma misma; es decir, lograr un real estado de armonización, de bienestar personal, de claridad mental y trascendencia.
La gran mayoría de los textos eran obtenidos por compra directa. ¿Quiénes los utilizaban? Eran elementos que, en especial, consultaban quienes se alojaban en un espacio creado a tal efecto, al lado de la biblioteca: estudiosos, investigadores, poetas y filósofos, quienes, según el geógrafo griego Estrabón (nacido en el 63 a. J.), disponían de generosos salarios, comida y alojamiento gratuitos. Además de estar exentos del pago de impuestos. Tenían un comedor amplio y de techo abovedado alto en donde comían en grupo la mayoría de las veces. También existían numerosas aulas en las que los eruditos enseñaban a estudiantes; aunque esto no era tan frecuente. Ptolomeo II Filadelfo (308 a. J. 246 a. J.) tenía un especial interés en la Zoología, por lo que se ha especulado que en las cercanías de la biblioteca pudo haber existido un zoológico con animales exóticos.
El especialista en estudios clásicos Lionel Casson (1914/2009), dedujo que la cultura de entonces había llegado al convencimiento de que si los estudiosos quedaban librados de todas las dificultades propias de la vida cotidiana estaban en condiciones para dedicar el tiempo necesario a la investigación y otras actividades intelectuales. Interesante conclusión.
Casson, al igual que otros investigadores actuales, rechaza la aceptada y la difundida suposición de que la Biblioteca de Alejandría fue destruida en el año 48 a. J. y sostiene que la evidencia muestra que continuó existiendo hasta el año 270 durante el reinado del emperador romano Aureliano.
Otra cuestión a considerar es que las actividades y los fondos de la Biblioteca de Alejandría no estuvieron limitados a una escuela filosófica, un pensamiento o religión en particular sino que se mantenía la mayor amplitud posible. En tanto los eruditos que allí estudiaban gozaban de una considerable libertad académica.
Ciertamente que todas estas descripciones más que hacer pensar que nos estamos refiriendo a algo acontecido en tiempos tan remotos sugiere que estuviéramos hablando sobre temas del presente.
Con el paso de los siglos la biblioteca pasó a ser un recuerdo. Recuerdo vigoroso por lo tanto que le brindó a la cultura. Pero recuerdo en definitiva.
La idea de recuperar aquel espacio para el mismo fin -en tiempos actuales- fue propuesta por primera vez en 1974, siendo Nabil Lotfy Dowidar rector de la Universidad de Alejandría. En mayo de 1986, el gobierno egipcio pidió al Consejo Ejecutivo de la Unesco la realización de un estudio de viabilidad del proyecto, iniciando así la participación de este organismo intergubernamental y de la comunidad internacional en el proceso de llevar a cabo su construcción. En 1988 la Unesco y el Programa de las Naciones Unidas para el Desarrollo organizaron un concurso de arquitectura a nivel internacional para seleccionar el diseño que tendría la nueva biblioteca. El gobierno egipcio asignó cuatro hectáreas de terreno para su construcción y creó el Alto Comisionado Nacional para la Biblioteca de Alejandría. Hosni Mubarak -presidente de Egipto en ese momento- se interesó personalmente por el proyecto, lo que contribuyó de manera significativa en su avance.
Las obras se iniciaron en 1995 y se inauguró el 16 de octubre de 2002. La Bibliotheca Alexandrina es la más grande de Egipto y una referencia en el norte de África. Funciona como centro cultural y biblioteca moderna y, en la línea de los objetivos de la biblioteca de la antigüedad, además de la biblioteca principal, con capacidad para ocho millones de volúmenes, el complejo también alberga un centro de conferencias, seis bibliotecas especializadas, cuatro museos, galerías de arte para exposiciones permanentes y temporales, un planetario, un laboratorio de restauración de manuscritos y la Escuela Internacional de Ciencias de la Información, una institución cuyo objetivo es formar profesionales para las bibliotecas de Egipto y otros países de Oriente Medio.
En esta nueva etapa de la ya mítica biblioteca hubo una presencia de la Argentina. En efecto, se trató de la exhibición en una de sus salas de la muestra itinerante "Borges, imágenes y manuscritos", organizada por la Asociación Borgesiana, que preside Alejandro Vaccaro (actual presidente de la Sociedad Argentina de Escritores y secretario de cultura de la Fundación El Libro) que contó con el apoyo de la embajada argentina en aquel país. La inauguración tuvo lugar el 14 de junio de 2006, año en que se cumplían dos décadas del fallecimiento del autor de "El Aleph". A raíz de esa actividad, disertaron en la Biblioteca de Alejandría contemporánea los escritores Alejandro Vaccaro, Roberto Alifano y Alejandro Roemmers.
(*) Antonio Las Heras, autor del presente artículo, es doctor en Psicología Social, filósofo, historiador y escritor. "Las búsquedas espirituales de Ricardo Güiraldes y otros escritos sobre escritores y escrituras", es uno de sus libros. www.antoniolasheras.com.