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24 de Marzo,  Jujuy, Argentina
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24 de marzo: memoria sin gritos, conciencia sin banderas

Martes, 24 de marzo de 2026 00:00

Cada 24 de marzo, la Argentina se detiene. No siempre en silencio, no siempre en acuerdo, pero sí en una pausa necesaria. Una pausa que incomoda, y se admite la incomodidad.

Porque hablar de nuestro pasado reciente no es un ejercicio cómodo ni neutral. Hay heridas abiertas, relatos en tensión, interpretaciones que conviven sin reconciliarse. Pero hay un punto que debería sostenerse sin discusión: el valor de la vida, la dignidad humana y el límite que el Estado nunca debió cruzar.

El golpe de 1976 no fue solo una ruptura institucional. Fue la instalación de un sistema donde el miedo se volvió método. Donde la ilegalidad se organizó desde el poder. Donde miles de argentinos fueron arrancados de sus casas, de sus trabajos, de sus historias, para convertirse en ausencias.

Pero si queremos que la memoria tenga sentido -y no sea solo un ritual repetido- hay que evitar dos riesgos: simplificar y apropiarse.

Simplificar es reducir todo a una consigna. Es repetir sin pensar, es acomodar la historia a relatos cómodos donde todo parece claro, lineal, sin matices. Y la historia, como la vida, rara vez es así.

Apropiarse es algo más peligroso: es usar la memoria como herramienta de confrontación actual. Convertir el pasado en una bandera partidaria. Dividir desde el recuerdo. Cuando eso ocurre, la memoria deja de ser puente y se transforma en trinchera. Entonces debemos aprender a recordar y no es opcional.

Recordar es una responsabilidad colectiva. No solo para honrar a las víctimas -que son el centro moral irrenunciable-, sino también para entender qué nos pasó como sociedad. Porque lo ocurrido no fue completamente ajeno a su contexto: hubo miedo, hubo silencio, hubo sectores que miraron hacia otro lado. En ese sentido, la memoria también interpela. No señala únicamente hacia atrás, sino hacia adentro.

Esa tensión se resume entre recuerdo y conciencia, en la armonía musical de Calle 13"La Operación Cóndor invadiendo mi nido... perdono pero nunca olvido". No es una consigna de odio, sino una advertencia. Perdonar puede ser un acto íntimo, incluso necesario. Olvidar, en cambio, puede ser peligroso. Porque olvidar no borra lo que pasó. Solo debilita las defensas para que algo parecido vuelva a ocurrir.

Por eso el 24 de marzo debería ser, ante todo, un día de reflexión honesta. Sin competencia de dolores. Sin necesidad de imponer una única mirada. Sin gritos que tapen la escucha. Con la serenidad suficiente para sostener una idea básica: nunca más significa nunca más. Sin condiciones, sin relativizaciones, sin atajos.

Pero también con la madurez de entender que la democracia no se construye solo mirando el pasado, sino cuidando el presente. La violencia no siempre llega de forma explícita. A veces empieza en el lenguaje, en el desprecio cotidiano, en la deshumanización del que piensa distinto. A veces crece en pequeños gestos que parecen inofensivos, pero erosionan la convivencia.

La democracia es mucho más que votar. Es respetar. Es aceptar la diferencia. Es sostener reglas incluso cuando no nos favorecen. Es construir instituciones que estén por encima de los gobiernos de turno. El desafío, entonces, no es solo recordar una fecha, sino darle sentido.

Que el 24 de marzo no sea automático. Que no se reduzca a una repetición. Que sea una oportunidad para preguntarnos qué hacemos hoy con esa historia. Cómo educamos. Qué valores transmitimos. Qué límites estamos dispuestos a defender como sociedad.

Porque la memoria sin reflexión se vuelve consigna. Y la reflexión sin compromiso se vuelve discurso vacío. Tal vez no haya unanimidad -y no tiene por qué haberla-, pero sí puede haber un acuerdo básico. Un piso común desde donde construir: el rechazo absoluto a la violencia estatal, y el compromiso con una democracia que no tolere retrocesos. Ahí, quizás, la memoria deje de ser pasado y se convierta en presente.

Y entonces sí, el "nunca más" dejará de ser una frase repetida para convertirse en una decisión colectiva.

(*) Miguel Ángel Falcón Padilla, doctor en Ciencias Filosóficas.

 

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