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Energética: la próxima crisis

Domingo, 15 de febrero de 2026 22:35

La energía volvió al centro de la historia mundial, ya no se trata solo de cambio climático o de precios del petróleo, sino del corazón mismo del desarrollo económico en tiempos de inteligencia artificial, electrificación masiva y revolución digital. La Agencia Internacional de Energía proyecta que la demanda global de electricidad crecerá alrededor del 4 % anual hasta 2027, impulsada por la industria, los vehículos eléctricos, el aire acondicionado en países emergentes y, sobre todo, por los centros de datos que sostienen la inteligencia artificial. Solo estos centros podrían duplicar su consumo hacia 2030, acercándose a los 900 o 1000 Tera vatios-hora anuales, equivalente al consumo eléctrico de un país industrial grande. El mensaje es claro: la Quinta Revolución Industrial es, antes que nada, una revolución energética.

En este nuevo escenario no existe una fuente perfecta; la energía solar y la eólica son cada vez más competitivas en costos, pero son intermitentes y necesitan redes robustas, almacenamiento y respaldo. La hidroeléctrica es limpia y estable donde existe, pero depende del clima y de grandes obras. El gas natural es flexible y relativamente barato, pero sigue siendo fósil y vulnerable a conflictos geopolíticos. La energía nuclear genera electricidad continua con emisiones muy bajas, pero exige inversiones iniciales altas y enfrenta resistencias sociales. La eficiencia energética, en cambio, es la fuente invisible más rentable: la energía que no se consume equivale a una central nueva sin contaminación ni deuda. Los países que hoy aparecen como más eficientes no eligieron una sola tecnología, sino combinaciones inteligentes: Canadá, Brasil o Francia, con energía hidro eléctrica y nuclear, lograron sistemas eléctricos de baja emisión; Uruguay planificó una matriz renovable con estabilidad; Nueva Zelanda combinó hidro y geotermia; Kenia apostó a lo mismo; no hay ideología en estos casos, hay ingeniería, inversión y planificación.

Por eso América Latina tiene una oportunidad histórica porque posee una de las mayores reservas energéticas del planeta. Repasemos: Hidroelectricidad en Brasil y Paraguay; cobre en Chile y Perú: litio en el triángulo formado por Argentina, Bolivia y Chile; petróleo en Brasil y Guyana; gas en Argentina y potencial solar extraordinario en la Puna y el desierto de Atacama. Sin embargo, la región invierte menos de lo necesario en redes eléctricas, transporte energético e integración. El Banco Interamericano de Desarrollo estima que América Latina necesita invertir entre el 3 % y el 5 % del PIB anual en infraestructura para cerrar la brecha. A esto se suma la corrupción, que el Banco Mundial calcula en torno al 2 % del PIB mundial perdido cada año. El resultado es absurdo: países ricos en energía que importan electricidad cara o combustibles por falta de planificación.

Argentina es un ejemplo paradigmático, tiene gas en Vaca Muerta, viento patagónico de clase mundial, radiación solar récord en el NOA, capacidad nuclear instalada y recursos mineros estratégicos. Sin embargo, convive con limitaciones de transporte eléctrico, subsidios distorsivos, falta de transparencia, ciclos macroeconómicos inestables y reglas cambiantes que frenan inversiones. La generación eléctrica del país sigue lejos del potencial disponible y, en invierno, todavía se importan combustibles (principalmente Gas Natural Licuado (GNL) y gasoil, para cubrir los picos de demanda energética residencial e industrial). El problema no es la falta de recursos, sino la falta de un sistema energético integrado que conecte producción, industria y consumo.

El caso de Jujuy resume el desafío argentino, porque la provincia fue pionera con el parque solar Cauchari, uno de los complejos fotovoltaicos más grandes en altura del mundo, con unos 300 MW de potencia instalada y producción anual cercana a 600-700 GWh. Jujuy tiene además radiación solar excepcional, litio para almacenamiento energético y posición estratégica dentro del Corredor Bioceánico de Capricornio. Pero enfrenta el problema central de toda transición energética: generación sin redes suficientes y energía intermitente sin almacenamiento. Sin ampliación de líneas de alta tensión, sin baterías y sin integración con la industria minera y digital, el liderazgo inicial puede diluirse. El norte argentino podría convertirse en un polo energético para minería, logística y centros de datos regionales, pero necesita planificación de largo plazo, inversión sostenida y coordinación federal real.

Los centros de datos ya consumen alrededor del 1 %-2 % de la electricidad mundial y su demanda crece aceleradamente. Estados Unidos, China y Europa occidental compiten por atraer estas inversiones porque saben que quien controle la energía controlará la economía digital. Por eso reabren debates sobre energía nuclear, gas de transición, redes inteligentes y almacenamiento masivo. La energía deja de ser un tema técnico y vuelve a ser el principal indicador de poder nacional.

Para América Latina la hoja de ruta es clara: redes eléctricas regionales, combinación de renovables con fuentes firmes como hidro y nuclear, uso del gas como transición, industrialización de minerales estratégicos, creación de polos energéticos para centros de datos y educación técnica para sostener el cambio, sobre todo educación. Sin instituciones estables y transparencia, ninguna transición será posible. Sin infraestructura, la región seguirá exportando recursos sin valor agregado.

Más allá de la inteligencia artificial o de la competencia entre Estados Unidos y China, lo verdaderamente decisivo es la energía en sí misma. Basta imaginar una ciudad entera sin electricidad durante horas o días, como ocurre en países como Cuba o Venezuela, donde millones de personas han sufrido apagones prolongados que paralizan hospitales, transporte, comunicaciones y producción. En Cuba, por ejemplo, se han registrado cortes de hasta 10 o incluso 20 horas diarias en distintas regiones por falta de combustible y fallas en las centrales eléctricas, con impacto directo en la economía y la vida social. En Venezuela, apagones nacionales han dejado sin luz a gran parte del país durante más de ocho horas en repetidas ocasiones, afectando agua, salud y actividad industrial.

¿Quién se imagina vivir así? Sin ascensores, sin internet, sin hospitales operativos, sin producción industrial, sin escuelas funcionando? La energía no es un lujo tecnológico: es la base de la dignidad humana. Es el frío o el calor en una casa, la luz para estudiar, el empleo en una fábrica, el alimento que no se pierde en una heladera. Cuando la energía falta, la pobreza se multiplica, la migración aumenta y la democracia se debilita. Por eso, antes de hablar de inteligencia artificial o de minería del litio, debemos entender una verdad simple: el desarrollo de los pueblos empieza en el enchufe.

Hay una verdad incómoda que casi nadie escribe: si Argentina y América Latina no se enfocan en energía ahora, no solo perderán competitividad, sino que quedarán fuera de la economía del siglo XXI. Los centros de datos, la inteligencia artificial, la minería avanzada y la industria digital elegirán países con electricidad abundante y barata. Las fábricas se irán donde haya energía firme. Los jóvenes migrarán donde haya empleo tecnológico. Y las regiones que hoy no inviertan en redes, almacenamiento y generación terminarán pagando tarifas cada vez más altas, dependiendo de importaciones y viendo cómo sus recursos naturales se exportan sin valor agregado. La pobreza energética no es quedarse sin luz un día: es quedarse sin desarrollo durante décadas. Porque en el mundo que viene, quien no tenga energía no tendrá industria, ni empleo, ni soberanía. La pregunta para Argentina -y para Jujuy- es simple: ¿Vamos a seguir exportando recursos, o vamos a encender el futuro?

(*) El licenciado en Relaciones Internacionales Alejandro G. Safarov es director de la carrera de Relaciones Internacionales de la Ucse Jujuy, miembro del Departamento de América Latina y el Caribe del IRI- Universidad Nacional de La Plata e integrante del Consejo Federal de Estudios Internacionales (Cofei).

 

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