¿Qué pasaría si la felicidad no dependiera de lo que mostramos?
¿Y si no estuviera en las fotos, en los logros ni en los resultados?
¿Y si no fuera algo que se consigue, sino algo que se habita?
Las fiestas pasaron.
Y con ellas, muchas realidades.
Realidades vividas.
Realidades mostradas.
Realidades comparadas.
Vivimos tiempos donde las redes sociales se han convertido en un nuevo parámetro de medición: de éxito, de plenitud, de felicidad. Muchos compararon su propia vida con una imagen ajena, con un recorte editado de instantes luminosos. Y aunque es verdad que a veces queremos compartir momentos de alegría, también es cierto que hay plenitudes que no se pueden capturar en una foto.
Entonces la pregunta se vuelve inevitable:
¿qué es realmente la felicidad?
Durante años nos enseñaron que la felicidad era una consecuencia: del esfuerzo, del logro, del resultado. Que estaba afuera. Que había que alcanzarla.
Ese paradigma responde a la física clásica newtoniana, basada en la lógica de causa-efecto:
si hago más, obtengo más;
si me esfuerzo más, valgo más;
si bajo de peso, quizás sea más atractiva;
si gano más dinero, quizás me sienta más segura.
Este modelo -tan profundamente instalado- nos empujó a vivir como el burro persiguiendo la zanahoria: siempre en movimiento, siempre detrás, siempre creyendo que la plenitud está un poco más allá. Y sin darnos cuenta, nos empobreció internamente, porque nos entrenó para vivir desde la carencia.
Pero...
¿y si hubiera algo más allá de ese paradigma?
¿Y si la riqueza no tuviera que ver con acumular, sino con agradecer?
¿Y si la abundancia no fuera tener más, sino saborear mejor?
La palabra sabiduría comparte raíz con sabor. Sabiduría es saber saborear la experiencia tal como es, sin agregarle el peso del juicio.
Quiero compartir una escena personal.
Volviendo del cumpleaños de mi hija, pasé por un puente donde tiempo atrás me había refugiado durante una de esas tormentas intensas que en Jujuy pueden desatarse en segundos: lluvia feroz, granizo, miedo. Recuerdo el corazón latiendo fuerte, el cuerpo tenso, yo junto a otra mamá, su bebé y varias niñas, intentando protegernos.
Ayer, ese mismo puente me recibió en un día pleno de sol.
Al atravesarlo, algo se ordenó dentro mío. Pude ver que muchas de las situaciones que en mi vida se habían vivido como tormentas no fueron tormentas en sí mismas, sino experiencias atravesadas por el juicio:
¿Cómo no me di cuenta?
¿Por qué estoy sola?
¿Y si no puedo proteger?
¿Y si por mi culpa pasa algo?
En ese instante de sol sobre mi rostro comprendí algo esencial:
todas esas experiencias difíciles, esos momentos donde me sentí sola frente a la intemperie, solo vinieron a mostrarme que nunca estuve sola.
Que siempre hubo algo más grande sosteniendo.
Y que cuando el juicio se disuelve, lo que queda es el regalo de la experiencia.
Desde la psicología sabemos que no sufrimos por lo que nos sucede, sino por la interpretación que hacemos de lo que nos sucede (Beck, 1979). Desde la neurobiología, hoy entendemos que el cerebro no distingue entre una amenaza real y una amenaza interpretada: responde al significado que le damos a la experiencia (Damasio, 2010).
Aquí aparece otro paradigma: el de la física cuántica, que nos invita a comprender que no somos observadores pasivos de la realidad, sino participantes activos. Como señala Joe Dispenza, el estado interno -emocional y mental- genera una señal electromagnética que influye en las experiencias que atraemos (Dispenza, 2014). No creamos desde lo que queremos, sino desde lo que somos.
La felicidad, entonces, no depende del afuera.
Es un estado interno de coherencia.
Un estado de magnetismo.
Cuando vibramos desde la gratitud, la presencia y el sentido, atraemos nuevas frecuencias. Y esas nuevas frecuencias traen nuevas experiencias. Pero para que lo nuevo emerja, lo viejo necesita salir. Muchas crisis, pérdidas o momentos de caos no son castigos, sino movimientos de la vida para liberar lo que estaba estancado.
Durante mucho tiempo, frente a mis propias tormentas, construí fortalezas. Armaduras. Como los caballeros medievales: duras, pesadas, protectoras... pero oxidadas. Una parte mía creció y se volvió fuerte; otra, más emocional e infantil, quedó congelada. Y fue recién a través de situaciones complejas que aquello guardado pudo salir a la luz.
La sabiduría ancestral lo dice con claridad: antes del amanecer, la noche es más oscura y más fría. En la cosmovisión andina, la crisis no es ruptura, es pasaje. No es falla, es reordenamiento.
Por eso, si hoy tu identidad se tambalea, si algo se cae, si una certeza se rompe, tal vez no sea una señal de que algo está mal, sino exactamente lo contrario:
una señal de que la vida está haciendo su trabajo.
Por eso te invito a que tu vida no sea una comparación.
A que no te midas por lo que aparenta la normalidad.
A que sigas el camino que tu propia alma va marcando.
Y que en ese entretejido sutil entre destino y libertad puedas crear tu verdadera realidad.
Somos un territorio lleno de potencial.
Solo habita la sincronía adecuada para expandirse y manifestarse.
Que este 2026 no te traiga más cosas.
Que te traiga magia.
De la que no se puede fotografiar, pero sí habitar.
(*) Licenciada en Psicología; coach ontológico profesional; magíster en Salud Pública con mención en Atención primaria de la salud; especialista en Salud Pública; facilitadora en procesos de comunicación, resolución de conflictos, expansión de la conciencia, liderazgo; coordinación de grupos y conciencia de redes; y facilitadora en entrenamientos a líderes en gestiones de oratoria y comunicación. [email protected], cel. 3884416256.