Mientras Macaria Luzco desplegaba su manto hecho de lana de llama teñida con flores naturales, dejaba ver en su sonrisa el orgullo de mostrar a todos su artesanal labor. Y es que la vida es constante esfuerzo y perseverancia para esta mujer que se inició en el camino del tejido y lo tomó herencia de sus padres, siendo una niña.
"Esto es algo que hice toda mi vida", dijo con alegría Macaria quien es originaria de la comunidad de Huancar en el departamento de Susques. Aplicada y con la mirada puesta en el detalle, la puneña detuvo su venta, para compartir detalles de su artesanía en prendas que muestran colores y regalan calidez para el invierno.
A sus doce años aprendió a hilar y a ayudar a sus mayores. "Me acuerdo que me enseñaron para que aprendiera porque antes desde chiquitos había que saber hacer para ir al trueque", comentó Luzco, en primera persona sobre lo que le tocó vivir durante su niñez en la feria de Volcán.
El poder de observación se desarrolló a temprana edad en esta mujer que ama tejer desde siempre. Las mantas, las colchas y los ponchos en lana de llama y de oveja fueron las primeras piezas que quiso tejer en un principio, al tiempo de practicar con pequeños ovillos en distintos colores ese don que no paraba de nacer entre sus manos.
Fue descubriendo un mundo de texturas, diseños y géneros que la abrazaban durante el frío puneño y vio cómo, luego de años, sus padres encontraron la forma de elaborar medias, guantes y chalecos.
Gracias al ingenio y la habilidad que lleva genuinamente, se prometió seguir trabajando con el mismo entusiasmo con el que comenzó.
"No dejaría de tejer en lo que me queda de vida porque esto es importante, es respetar nuestra cultura y que me identifico hasta ahora", expresó Luzco convencida que es un gran talento el que tiene la suerte de ofrecer mediante obras originales.
Es que llegar a una prenda final autóctona, es un logro que conlleva un proceso y se debe respetar. "Antes cuando tenía ganado, tenía la materia prima, ahora tengo que comprar el vellón y el cuero, tengo que preparar bien y dejar listo para el hilado, el ovillado, el doblado, el torcido, el ovillado de nuevo y recién va el tejido. Por eso, para hacer una manta lleva alrededor de quince días", comentó quien se capacitó también con las warmis de Susques.
Hubo tiempo de aprendizajes cuando se dedicó a trabajar en el telar rústico, donde el armar y desarmar le permite llegar al punto que tantas veces multiplicó en prendas de abrigo.
"Cuando me desempeñaba en la escuela, no tenía límite de horario. Yo entraba a trabajar el lunes a las siete de la mañana y me veían los viernes en mi casa. Ahí, aprovechaba para tejer en las noches las llamitas pequeñas que son adornos o para llaveros y los guantes", indicó esta tejedora de setenta y tres años que luego vendía sus creaciones en las ferias de artesanos de Buenos Aires.
Fue con su talento al sur, donde la gente apreció cada pieza hecha en el corazón de la Puna. "Mi mayor orgullo es este trabajo que es el tejido que me hace tan feliz", compartió Macaria que se jubiló como personal de servicio en la Escuela 365 "Eduardo Calsina" de la comunidad de Huancar y de la Escuela 48 "Dr. Manuel Padilla" de Villa Jardín de Reyes.
Tuvo la posibilidad de compartir con los niños de la Puna y de los Valles, dejando su preferencia por los pequeños de su tierra. "Los niños de aquí, parece que no saben saludar. No hay un 'buen día' que les salga. En cambio, con los niños del albergue compartí más, ellos me ayudaban a tejer y jugaban a 'La señalada' con las llamitas tejidas", recordó afectuosamente. "La artesanía es mi vida, tengo carnet vitalicio y participo de las ferias campesinas de las cuatro regiones", afirmó feliz la tejedora que no olvida su pago y, aunque tiene artrosis reumatoidea, no deja sus manos inactivas, mismas que siguen entrelazando -además- boinas, portavasos y canastas.