La nueva edición del Foro Económico Mundial volvió a ser escenario de algo más que diagnósticos económicos: expuso verdades incómodas sobre quién manda en el mundo y cómo funciona -o deja de funcionar- la gobernanza global.
Las declaraciones de distintos líderes revelaron una verdad que siempre estuvo presente, pero que hoy resulta imposible de ocultar: el multilateralismo nunca fue neutral y el poder global siempre estuvo concentrado.
En ese marco, las palabras del presidente francés Emmanuel Macron en defensa del multilateralismo sonaron a un clásico "haz lo que yo digo, no lo que yo hago".
Si existe un actor que puede dar testimonio de lo que podría llamarse un multilateralismo a la europea, ese es sin dudas el Mercosur. Durante años, la Unión Europea no solo demoró el acuerdo birregional, sino que lo condicionó, lo fragmentó y finalmente lo boicoteó a días de su firma, cediendo a presiones internas de sectores agrícolas poco competitivos.
Hoy, esos mismos líderes se presentan como víctimas ante la posibilidad de que Estados Unidos eleve aranceles de acuerdo con su interés nacional. La contradicción es evidente: cuando Europa protege a los suyos, se llama soberanía; cuando lo hacen otros, se denuncia como una amenaza al orden global.
Algo similar ocurre con el discurso del presidente argentino Javier Milei, que también incurre en su propia versión del "haz lo que yo digo". Su crítica a la estatalidad y su defensa de la teoría económica liberal son claras en el plano conceptual, pero a nivel interno el silencio frente a los incumplimientos del sector privado es ensordecedor.
La teoría económica es consistente, pero la realidad argentina demuestra que el país sigue funcionando para unos pocos privilegiados. Basta mirar hacia las provincias para comprobarlo: obras de infraestructura que no se realizan, contratos que no se cumplen, abusos de empresas con posición dominante que operan bajo el paraguas del poder político y económico. Sin reglas que se hagan cumplir para todos, el mercado no genera libertad, sino desigualdad estructural.
En Davos también resonaron las declaraciones del primer ministro canadiense Mark Carney, quien dijo en voz alta algo que el mundo conoce desde siempre: el sistema internacional funciona mejor para los más poderosos. No es una novedad histórica. Lo llamativo es que esa verdad genere escándalo cuando se la explicita.
El orden liberal siempre se sostuvo sobre relaciones de fuerza, pero durante décadas se lo cubrió con un lenguaje de reglas, consensos y valores compartidos que hoy muestra signos de agotamiento.
En ese contexto aparece la figura de Donald Trump, menos como una anomalía y más como un síntoma del cambio de época. No es novedad que Estados Unidos, como mayor potencia mundial, defienda sus intereses estratégicos, económicos y geopolíticos, siempre lo hizo.
Lo que incomoda no es el fondo, sino la forma: Trump dice sin eufemismos lo que otros practican con discursos elegantes. La mesa de la política global está servida, desde hace tiempo, para Estados Unidos, China y Rusia. El resto de los actores gravita alrededor de esa realidad.
Por eso resulta llamativo que muchos líderes europeos y norteamericanos se declaren hoy sorprendidos o alarmados. ¿Dónde estaba esa preocupación cuando la ONU fue incapaz de actuar con eficacia durante años? ¿Dónde estuvo la defensa del multilateralismo cuando la inacción, los vetos cruzados y la parálisis del sistema dejaron conflictos abiertos, crisis humanitarias sin respuesta y guerras sin salida durante la administración Biden? La crítica selectiva pierde legitimidad cuando no hay autocrítica.
Hipocresía
Davos dejó expuesto en esta edición, una conclusión incómoda pero necesaria: el problema no es que el poder exista, sino la hipocresía de negarlo.
El multilateralismo, tal como funcionó hasta ahora, sirvió para ordenar intereses de los más fuertes, no para equilibrarlos. Trump no rompió ese sistema, lo expuso sin maquillaje. Y en un mundo donde las reglas se aplican de manera desigual, la indignación moral resulta menos creíble que el reconocimiento honesto de cómo funciona realmente el poder.
El foro no ofreció soluciones mágicas, pero sí dejó una certeza: el orden global atraviesa una transición profunda, fingir sorpresa ya no alcanza.
O se reformulan las reglas con coherencia y equidad, o el mundo seguirá avanzando hacia un escenario donde la fuerza deje de disimularse detrás de discursos que ya no convencen a nadie.
(*) Licenciado en Relaciones Internacionales.
.
.
.
.
.