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Irán: del esplendor imperial al ocaso de los ayatolás

Lunes, 12 de enero de 2026 00:00

Irán no es un país cualquiera en la historia del mundo. Heredero de una de las civilizaciones más antiguas y sofisticadas de la humanidad, cuna de imperios, pensamiento, ciencia y arte, Persia fue durante siglos sinónimo de grandeza cultural y proyección histórica, sino recordemos a Ciro el Grande Ciro el Grande, el precursor reconocido de los derechos humanos, siendo su famoso Cilindro (539 aC), el primer documento que proclamó la libertad de esclavos, libertad religiosa e igualdad racial, conceptos que inspiraron la Declaración Universal de Derechos Humanos. Sin embargo, desde hace más de cuatro décadas, ese legado convive con un régimen teocrático que convirtió a la religión en instrumento de poder y a la represión en método de control social. La paradoja es evidente: una nación con tradición imperial y un gran legado terminó atrapada en el oscurantismo político de un sistema que limita libertades básicas, persigue disidencias y sofoca el pluralismo.

La situación económica iraní refleja con crudeza ese encierro. Las sanciones occidentales impuestas por el programa nuclear y la política regional del régimen, afectaron severamente la capacidad de crecimiento del país, especialmente las reimpuestas por Estados Unidos, ya que limitan severamente las exportaciones y su acceso al sistema bancario global, lo que impacta directamente en los ingresos del gobierno y en la capacidad de importar bienes esenciales. Inflación elevada (la tasa de inflación anual ha estado por encima del 30% durante años, superando el 48% en octubre de 2025); la devaluación de la moneda, el desempleo juvenil y la pérdida de poder adquisitivo forman parte del día a día de millones de iraníes. Pero reducir la crisis a un problema externo sería incompleto: la mala gestión interna, la corrupción estructural y el control estatal sobre sectores claves de la economía agravaron un deterioro que golpea sobre todo a las clases medias y populares.

A ese desgaste económico se suma un clima político asfixiante. En Irán, las libertades individuales siguen siendo una concesión, no un derecho. La censura, la vigilancia, la persecución a opositores, periodistas y activistas, y el control sobre la vida cotidiana especialmente de las mujeres (la muerte de Mahsa Amini en 2022 por llevar un "hiyab inadecuado" es un ejemplo trágico de estas políticas). Todo ello forma parte de un sistema que subordina al individuo a una interpretación rígida del poder religioso. La policía moral, las restricciones a la vestimenta, las limitaciones a la expresión y la criminalización de la protesta revelan que el régimen sigue concibiendo el orden como obediencia, no como convivencia democrática.

Sin embargo, algo está cambiando, porque en los últimos días las calles volvieron a hablar. Al menos 490 personas han muerto reprimidas recientemente durante las protestas antigubernamentales, según varias organizaciones de derechos humanos. Las manifestaciones juveniles, protagonizadas en gran medida por mujeres, estudiantes y sectores urbanos, expresan un cansancio profundo frente a un sistema que no ofrece futuro, oportunidades ni libertad. No se trata solo de reclamos económicos, sino de una demanda existencial: vivir sin miedo, elegir sin imposiciones, pensar sin castigos. Cada protesta es una grieta en un edificio autoritario que parecía inamovible.

Las redes sociales juegan un rol clave en este proceso. Los jóvenes iraníes ya no viven aislados del mundo. Observan cómo se vive en otras sociedades, cómo funcionan los derechos, la cultura, las relaciones sociales y las libertades individuales. La comparación es inevitable, y la frustración también. En la era digital, el encierro ideológico es mucho más difícil de sostener. La información circula, las imágenes viajan y las expectativas crecen. El régimen puede controlar medios tradicionales, pero no puede borrar el deseo de otra forma de vida.

Por eso, el debate de fondo ya no es solo político, sino civilizatorio. Irán enfrenta la disyuntiva entre seguir atado a una teocracia que gobierna desde el dogma o avanzar hacia un Estado laico, donde la religión vuelva a ser una elección personal y no una imposición institucional. La laicidad no significa negar la fe, sino proteger la libertad de creer -o no creer- sin coerción. En el mundo actual, donde la diversidad, los derechos y la autonomía individual son valores centrales, mantener un sistema que legisla la vida privada resulta cada vez más insostenible.

La historia demuestra que ningún régimen puede reprimir indefinidamente a una sociedad que cambió por dentro. Irán conserva su memoria imperial, su riqueza cultural y una juventud conectada con el mundo. El problema no es su pueblo, sino un sistema que le impide desplegar todo su potencial. Las libertades no deberían estar en discusión en el siglo XXI. Y cuando un país empieza a marchar para recordarlo, es porque el futuro ya empezó a golpear la puerta.

(*) El licenciado en Relaciones Internacionales Alejandro G Safarov es director de la carrera de Relaciones Internacionales de la Ucse Jujuy, miembro del Departamento de América Latina y el Caribe del IRI- Universidad Nacional de La Plata e integrante del Consejo Federal de Estudios Internacionales (Cofei).

 

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