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29 de Agosto,  Jujuy, Argentina
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La soledad que acompaña y no lastima

Jueves, 28 de agosto de 2025 23:01

Hay una soledad que no hiere, que no pesa, que no se siente como ausencia sino como un espacio íntimo y necesario. Una soledad que llega con el tiempo, con los años, con las experiencias, con los aprendizajes y con las pérdidas. Es esa soledad que no pide permiso, que no golpea la puerta de manera brusca, sino que se instala suavemente y comienza a habitar en nuestra vida como un estado de calma, de encuentro con uno mismo, de compañía serena.

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Hay una soledad que no hiere, que no pesa, que no se siente como ausencia sino como un espacio íntimo y necesario. Una soledad que llega con el tiempo, con los años, con las experiencias, con los aprendizajes y con las pérdidas. Es esa soledad que no pide permiso, que no golpea la puerta de manera brusca, sino que se instala suavemente y comienza a habitar en nuestra vida como un estado de calma, de encuentro con uno mismo, de compañía serena.

He aprendido que hay muchas formas de estar solo, y no todas duelen. Algunas, incluso, son una bendición. Cuando era más joven, la soledad tenía un matiz oscuro, era sinónimo de vacío. Se confundía con abandono, con rechazo, con carencia de afecto. Se asociaba a la tristeza, al desamparo, a esa sensación de no pertenecer, de no tener lugar en el mundo. En ese entonces, lo que más temía era quedarme sola, porque sentía que sin la mirada, la compañía o la palabra de los demás, yo no existía. Y cómo duele cuando una cree que el propio valor depende de la aprobación externa.

Pero la vida, con sus giros y sus pausas, con sus crisis y sus regalos, me fue enseñando que la soledad tiene más de un rostro, y que si aprendemos a reconocerla, también podemos abrazarla. Hoy sé que la soledad no siempre es abandono, que muchas veces es elección. Es un espacio donde el alma respira, donde las emociones se acomodan, donde los pensamientos se ordenan y donde el corazón encuentra su propio ritmo. Llega cuando ya no huimos de nosotros mismos, cuando podemos estar en silencio sin sentir que falta algo, cuando comprendemos que no necesitamos llenar cada instante de ruido, de actividades o de personas para sentirnos vivos.

Es una soledad fértil, que da lugar a la creatividad, a la reflexión, a la conexión más profunda con lo que somos y con lo que queremos. En ese silencio poblado de calma, descubrimos que no estamos solos del todo. Acompañan los recuerdos, las voces de quienes han dejado huellas, las enseñanzas de los caminos recorridos. Los libros que marcaron la vida, las canciones que alguna vez hicieron vibrar el alma, los rostros de quienes nos amaron y aún nos aman aunque estén lejos. La acompañan los sueños que todavía están por cumplirse y los logros que ya se alcanzaron.

Es curioso, pero en esa soledad se siente que la vida entera conversa con nosotros, que todo lo vivido se acomoda alrededor como si fuera un coro silencioso que sostiene. También se reconoce porque en ella no hay miedo. Ya no es la sensación de estar a la intemperie, sino la certeza de tener un refugio interno. Es poder elegir el propio tiempo, marcar el propio ritmo, sin tener que dar explicaciones. Es tener la libertad de caminar por la casa sin apuro, de mirar por la ventana y perderse en los pensamientos, de encender un sahumerio y dejar que el aroma acompañe la tarde. Son pequeños gestos que se vuelven rituales, y en esos rituales descubrimos que la soledad puede ser profundamente amorosa.

Claro que hay momentos en los que la nostalgia aparece, en los que el deseo de compartir es inevitable. Somos seres humanos, hechos de vínculos y de afectos. Pero incluso entonces, esa soledad aprendida y elegida no se transforma en tormento. Porque quien sabe estar consigo mismo, también sabe estar con los demás sin depender de ellos para sentirse pleno. Ya no se busca en la compañía ajena un salvavidas, sino un complemento, un intercambio genuino.

La soledad sana no excluye, sino que abre espacio para que las relaciones sean más libres y auténticas. Recuerdo que hubo un tiempo en el que no podía disfrutar de un café sola en una confitería. Me parecía una imagen triste, como si la soledad se exhibiera demasiado.

Hoy, en cambio, lo vivo como un regalo. Sentarme, mirar a la gente pasar, escuchar las conversaciones ajenas como murmullo de fondo, es un placer que me conecta conmigo misma. En esos momentos no me siento abandonada, me siento acompañada por mi propia presencia, y eso es suficiente. Con los años entendí que no se trata de estar siempre con alguien ni siempre sola, sino de saber moverse entre ambos estados sin que uno lastime y sin que el otro sea una prisión.

La soledad que acompaña es aquella que se integra a la vida, que se acepta como parte del proceso de maduración, que se convierte en un lugar seguro al que siempre se puede volver. Y cuando la vida nos regala encuentros, esos momentos se viven con mayor gratitud, porque se sabe que no se trata de llenar un vacío, sino de compartir desde la abundancia. También invita a la contemplación. Mirar un atardecer en silencio, sentir el aire fresco en la piel, escuchar el canto de un pájaro sin apuro.

La vida tiene otra textura cuando no estamos corriendo detrás de lo externo para sentirnos plenos. La soledad se vuelve entonces un estado de conciencia, un modo de estar presentes, un recordatorio de que el mundo sigue su curso y que podemos ser parte de él desde la calma. Sé que no todos logran abrazar esta forma de soledad.

A veces duele demasiado la ausencia de alguien querido, a veces la vida golpea con pérdidas que dejan un hueco difícil de llenar. Pero incluso en esos momentos, si se aprende a transitar el dolor con paciencia y con ternura, llega un instante en que la soledad empieza a suavizarse, a convertirse en compañía silenciosa, en maestra discreta. Entonces descubrimos que estar con uno mismo no es un castigo, sino una oportunidad.

Hoy agradezco esta soledad que me acompaña. Me permite escribir, pensar, recordar, soñar. Me permite mirarme sin máscaras, reconocer mis luces y mis sombras sin juicio. Me permite reconciliarme con la niña que fui, con la mujer que soy y con la que todavía quiero seguir siendo. En esta soledad no hay abandono, hay encuentro. No hay vacío, hay espacio. No hay silencio opresivo, hay música interior. Y quizás, después de todo, la soledad que acompaña y no lastima sea una de las formas más puras de amor propio. Porque es la certeza de que podemos estar completos aun cuando no haya nadie más alrededor, de que somos suficientes para habitar nuestro propio mundo. Y desde ese lugar, la vida se vuelve más ligera, los vínculos más verdaderos y el corazón más libre. Namasté. Mariposa Luna Mágica.

 

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