Algunos historiadores sostienen que América fue descubierta mucho antes de la llegada de Cristóbal Colón. En 1492, el navegante genovés desembarcó en una isla del hoy archipiélago de las Bahamas.
Los expedicionarios descubrieron que los nativos utilizaban oro como adorno en distintas partes del cuerpo, lo que despertó de inmediato su interés por el metal. Para los pueblos originarios, el oro no tenía un valor económico, por lo que no dudaron en informarles que lo obtenían de las playas.
Sin embargo, con el paso del tiempo, los conquistadores agotaron las reservas superficiales en playas y ríos.
El objetivo primario de Colón era obtener ganancias. En realidad, las razones que motivaron la llegada a América fueron principalmente el afán de lucro, el deseo de evangelizar, la búsqueda de aventuras, el ascenso social, los intereses científicos y los fines políticos y fiscales, ya que América se consideraba una fuente de ingresos.
La minería se convirtió en el eje central de la conquista y con el avance de la colonización surgieron otras actividades productivas.
El padre Bartolomé de las Casas (1559) relata que Cristóbal Colón, en su segundo viaje, llegó a La Española con herramientas y personal para extraer oro de las minas. En 1494, en un memorial dirigido a los reyes, solicitó lavadores de oro y mineros procedentes de Almadén, célebre por sus minas de mercurio.
La conquista de nuevos territorios estuvo orientada, sobre todo, al descubrimiento de yacimientos minerales, algunos hallados mediante exploración y otros gracias a la información de los pueblos originarios, que ya explotaban ciertos depósitos antes de la llegada de los españoles. Las primeras minas se ubicaron en Cuba, Puerto Rico y posteriormente en el resto del continente.
En 1521, Hernán Cortés envió al rey Carlos I el tesoro que Moctezuma le había obsequiado, tras la caída de la capital azteca de Tenochtitlán. En 1533, Francisco Pizarro, al entrar en Cuzco, exigió a Atahualpa un rescate en oro que luego remitió a España. Estos hechos acrecentaron el entusiasmo de la Corona por la explotación americana.
Durante el siglo XVI se inició la incorporación de los indígenas al trabajo minero y a las actividades mercantiles asociadas. Los Reyes Católicos ordenaron que los nativos fueran tratados como súbditos y vasallos del reino, y que se los instruyera en la fe cristiana.
Sin embargo, en la práctica, estas disposiciones no se cumplieron: la escasez de autoridades y las grandes distancias entre los centros mineros dificultaban la supervisión. Para suplir la mano de obra indígena, se introdujeron esclavos africanos, aunque, según algunos relatos, no resistían adecuadamente las condiciones climáticas, por lo que los aborígenes fueron reincorporados a las minas.
La conquista y la colonización no se limitaron a la acción militar: también participaron activamente la Iglesia y el clero. Se decía que las guerras se libraban "por el Rey y por Dios". La evangelización estaba bajo control de la Corona española, que administraba la Iglesia Católica en América: cobraba los diezmos, autorizaba el ingreso de órdenes religiosas, disponía la construcción de templos y seminarios, y regulaba los actos vinculados al cristianismo. Este derecho fue reconocido por el papa Alejandro VI en 1501 y ratificado por Julio II en 1508. El propósito era propagar el catolicismo en los territorios conquistados y someter a los pueblos originarios, considerados infieles.
La llegada de la Biblia a América generó confusión y contradicciones. Fue motivo de encuentros y desencuentros entre españoles, aborígenes y culturas. En algunos casos, la Biblia sirvió para liberar a los pueblos originarios; en otros, se utilizó para justificar la "pacificación" y la esclavitud, necesarias -según los conquistadores- para garantizar la estabilidad y la mano de obra que demandaban los centros mineros.
Está claro que la conquista y la colonización modificaron profundamente las costumbres y las culturas americanas. Los pueblos originarios tenían sus propias religiones y dioses; la religión católica llegó a imponerles la figura de un Dios único y a orientarlos según las enseñanzas bíblicas y las costumbres españolas. Aun así, no fue posible transformar por completo la cosmovisión y la espiritualidad de los aborígenes.