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7 de Abril,  Jujuy, Argentina
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Promesas, gravedad cero y todos en la luna...de Valencia

Lunes, 06 de abril de 2026 23:55

Hubo un tiempo -no tan lejano como quisiéramos creer- en que a la Argentina le prometieron viajar a la estratósfera. No como metáfora, no como anhelo poético, sino como anuncio político, con fecha implícita y épica sobreactuada. Desde una imaginaria base en Córdoba despegarían naves hacia un destino tan lejano como improbable. En hora y media estarías en China, Corea o Japón, muchos aplaudieron. Porque la política, cuando se vuelve espectáculo, no necesita verosimilitud: le alcanza con seducir.

La Luna fue entonces más que un satélite. Fue un dispositivo retórico. Un símbolo perfecto de esa lógica que eleva el discurso hasta volverlo inalcanzable, mientras el suelo -ese lugar donde viven los problemas reales- se resquebraja sin pausa. Prometer lo extraordinario para no hacerse cargo de lo urgente. Hablar de órbitas cuando lo que falta es pan.

Han pasado décadas, pero algo de aquella escena persiste. No ya en la literalidad de los viajes espaciales, sino en la matriz que los hizo posibles. Hoy no se habla de cohetes, pero sí de megaproyectos, de inversiones millonarias, de cifras que marean. La política sigue orbitando en una dimensión propia, donde los números crecen en los papeles mientras la economía real se contrae en los bolsillos.

El gasto público, en este escenario, se convierte en una constelación difícil de descifrar. Millones que van y vienen, partidas que se expanden, estructuras que se sostienen con una inercia que parece ajena al dolor social. No se trata solo de cuánto se gasta, sino de la distancia entre ese gasto y su impacto concreto. Porque mientras se anuncian cifras astronómicas, la vida cotidiana se vuelve cada vez más terrenal: llegar a fin de mes, sostener un empleo, evitar que la esperanza se diluya.

Y en ese mapa desigual, Jujuy no es una excepción: es una síntesis. Aquí, donde la belleza del paisaje contrasta con la dureza de la realidad, las promesas también llegan, aunque con otro acento. Se anuncian obras, planes, desarrollos. Se habla de crecimiento, de futuro, de oportunidades. Pero en las calles, en los barrios, en las economías familiares, la sensación es otra: la de un presente que cuesta, que aprieta, que no termina de despegar.

Jujuy camina, entonces, en esa doble dimensión. Por un lado, el discurso que se eleva; por el otro, la vida que se arrastra. Y en el medio, una ciudadanía que escucha, que espera, que a veces cree y otras simplemente resiste. Porque cuando la política se vuelve repetición de promesas, el escepticismo deja de ser una postura y se convierte en mecanismo de defensa.

Hay algo profundamente irónico en todo esto. Mientras se multiplican los anuncios de millones, lo que escasea es lo esencial. Como si el problema no fuera la falta de recursos, sino la falta de prioridades. Como si la política hubiera aprendido a administrar cifras, pero no a resolver vidas. Y entonces, la brecha entre lo que se dice y lo que se vive se vuelve cada vez más amplia, más evidente, más difícil de justificar.

La vieja promesa de la Luna, vista desde hoy, no resulta ingenua: resulta reveladora. Nos habla de una forma de hacer política que prefiere lo grandilocuente a lo efectivo, lo espectacular a lo necesario. Una política que construye relatos hacia arriba mientras descuida lo que ocurre abajo. Y que, en ese gesto, termina desconectándose de aquello que debería representar.

Quizás el desafío sea otro. No el de abandonar los sueños, sino el de anclarlos en la realidad. No el de dejar de proyectar futuro, sino el de hacerlo con los pies en la tierra. Porque ningún país puede sostenerse sobre promesas eternas, ni ninguna provincia puede desarrollarse si el crecimiento es solo un enunciado.

La Luna sigue ahí, inmóvil, ajena a nuestras urgencias. No se acerca cuando la invocamos ni se aleja cuando la olvidamos. Es, en ese sentido, un recordatorio silencioso: los verdaderos viajes no son los que se anuncian, sino los que se concretan. Y la verdadera política no es la que promete llegar lejos, sino la que logra, al menos, que la vida aquí cerca sea un poco más digna.

Tal vez haya llegado el momento de dejar de mirar tanto hacia el cielo. No para renunciar a la esperanza, sino para recuperar la medida de lo posible. Porque antes de pensar en despegar, hay una tarea más urgente: aprender, de una vez, a sostener el suelo. Y hacerlo con responsabilidad, sin relatos vacíos ni destinos imposibles.

(*) Miguel Ángel Falcón Padilla, doctor en Filosofía.

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