Con solo 20 años, Wara Calpanchay se consagró como Premio Revelación del Festival Nacional del Folclore de Cosquín 2026, luego de haber ganado previamente el Pre Cosquín en el rubro Solista Vocal. Su paso por el escenario mayor no solo fue celebrado por su calidad interpretativa, sino también por la fuerza de un mensaje artístico profundamente ligado a la identidad cultural, los pueblos originarios y la voz de las mujeres. Desde Jujuy al país, su nombre comenzó a resonar como uno de los más sólidos del nuevo folklore argentino.
El reconocimiento llegó tras un camino de trabajo intenso y, en gran parte, autogestivo. En su reciente visita al ciclo online “El Matutino”, de El Tribuno de Jujuy, Wara repasó ese recorrido con la serenidad de quien entiende que nada ocurre por azar. “Fue muy difícil llegar en todo aspecto. Había que pagar pasajes, organizar todo, pensar cada detalle”, recordó. Lejos de romantizar el esfuerzo, explicó que su formación en cine le permitió abordar la experiencia como un proyecto integral. “Pensaba esto como una película: qué quiero mostrar, qué historia quiero contar arriba del escenario”.
Criada en Susques, en la Puna jujeña, Wara construyó desde pequeña un perfil artístico múltiple. Es cantora, violinista formada en la Orquesta Infanto Juvenil, actriz —protagonista del film “Ánimu”, de Miguel Kohan— e investigadora cultural. Esa combinación se refleja tanto en su discurso como en su manera de habitar el escenario. “La música puede resumir debates larguísimos en una canción de tres minutos y llevar conciencia al corazón”, afirmó durante la entrevista.
Su consagración en Cosquín fue el resultado de una propuesta cuidadosamente pensada. El repertorio elegido estuvo atravesado por la memoria, el amor por la tierra y la infancia. Una de las obras centrales fue “Mi pueblo azul”, una zamba que habla de la añoranza al lugar de origen. “Creo que todos extrañamos esa casita, ese pago de donde venimos”, expresó. Otra interpretación clave fue “La mazamorra”, un poema musicalizado que conecta su historia personal con la cultura ancestral andina. “Todavía recuerdo ese sabor dulce de la mazamorra con leche de cabra en el campo, en una señalada. Esa memoria también es política y cultural”, sostuvo.
Más allá de lo musical, su presencia escénica llamó la atención por la energía y la expresividad corporal. Desde el público, muchos destacaron su despliegue, casi físico, sobre las tablas. Ella lo explicó con honestidad: “Los nervios no me dan antes. Me dan después, cuando termino de cantar y el cuerpo pasa factura. Pero mientras estoy ahí, trato de disfrutar, de jugar, con el respeto que merece ese espacio tan espiritual”.
La estética también formó parte del mensaje. Los vestuarios, íntegramente realizados en Jujuy, dialogaron con los colores, las texturas y los símbolos del territorio. “Todo fue pensado con conceptos: el azul como Argentina, el amarillo como el Inti, las telas que remiten a las Yungas y a la Puna”, detalló en El Matutino. Las mantas de la hilandería Warmi y los diseños de la creadora Dai Miranda completaron una puesta que reforzó la coherencia entre identidad y escena.
Uno de los momentos más emotivos de la entrevista fue cuando Wara habló del vínculo con el público. Para ella, el premio más importante no es el trofeo, sino el afecto. “Mi corazón explota más de amor y respeto por la gente que se acerca, que te habla en la calle”, dijo. Y agregó una imagen que resume el alcance de su arte: “Me mandan videos de niñas cantando y bailando frente al televisor. Eso es una responsabilidad hermosa”.
La artista también reflexionó sobre el lugar de las mujeres en la música y en la cultura. Reconoció avances, pero advirtió que aún existen barreras estructurales. “Hay proyectos bellísimos que no tienen dónde mostrarse. No es una cuestión de talento, sino de oportunidades”, señaló. En ese sentido, valoró la creación de redes de mujeres músicas como espacios de contención, aprendizaje y fortalecimiento colectivo.
Lejos de encasillarse, Wara proyecta una búsqueda artística abierta. “Me gusta el folklore, pero también el candombe, lo urbano. No están tan lejos como creemos”, afirmó, dejando en claro que su camino apunta a la fusión sin perder raíz.
Con apenas dos décadas de vida, Wara Calpanchay logró algo poco frecuente: unir profundidad, coherencia y sensibilidad en una misma propuesta. Su voz no solo canta; narra, interpela y convoca. Desde Susques al escenario mayor de Cosquín, su recorrido confirma que el folklore argentino tiene presente y futuro en artistas que, como ella, entienden el arte como identidad, memoria y compromiso.