Para Paola Perea la vida es un milagro que abraza con fe y amor de Dios. Nació el octavo día del mes de julio del año 1974, con las caderas abiertas y los talones juntos.
Por este motivo, sus padres consultaron a médicos y, luego de estudios especializados, fue diagnosticada con mielomeningocele.
"A los tres meses de nacida, los doctores me daban un año de vida. Me hicieron una operación porque tenía grasa en la médula y, de ahí a lo largo de los años, tuve múltiples cirugías en las piernas y en los pies", recordó Paola Perea, una mujer que recién a la edad de cinco años, logró caminar sola.
El tiempo fue pasando y, por recomendación médica, le sugirieron a su madre inscribirla en una escuela para niños especiales, pero no fue así. Tuvo sus primeras clases con una maestra particular y, luego, fue inscripta en la Escuela 12 "Bernardo Monteagudo".
"Tengo contacto con mis compañeros de la escuela, con una hermosa amistad que nos une. Fui a la secundaria, fui al Nacional 1, hice hasta tercer año que fue cuando comencé con nuevas dificultades en la salud", recordó.
Y es que debido a los controles de su tratamiento, los médicos habían pronosticado que si ella llegaba a pasar la pubertad, se repetiría la operación que le habían realizado a los tres meses para ayudar al desarrollo de las funciones de su cuerpo. Y así fue.
"A los catorce años, yo era más alta que mi hermano el mayor y le llevaba una cabeza. Mi mamá me cuenta que yo me iba quedando y mi hermano iba creciendo, ella me estuvo vigilando porque hasta los doce años, usaba aparatos largos, aparatos cortos, botas ortopédicas y también me hicieron injertos en las piernas", explicó en detalle.
No obstante, siguió adelante con la contención familiar que nunca le faltó, aunque transitó momentos de dificultad como insertarse en la sociedad, al estudiar en el nivel medio ya que comenzó a sentirse inhibida.
"Mi mamá venía conmigo a todos los controles, me trataron hasta los catorce años en el Instituto de Rehabilitación del Lisiado que existía en Buenos Aires. Viajábamos permanentemente y pude tratarme, mi mamá me llevaba a hacer kinesiología y fisioterapia", destacó.
Y si bien le efectuaron la operación a los catorce años para extraerle grasa de la médula en el hospital Garrahan, no fue necesario colocarle la válvula en la cabeza, ya que generalmente teniendo el diagnóstico de mielomeningocele, deberían ser utilizadas.
"Hace diez años me detectaron hidrocefalia y me querían poner una válvula en la cabeza, pero no lo hicieron. Hoy tengo cincuenta y un años, en ese entonces tenía cuarenta y me siento una bendecida, porque hoy sigo viva", indicó Perea quien a sus veintitrés años fue mamá.
"Mi niña tiene 27 años y tengo seis nietos. Estuve y estoy en controles tanto traumatológicos como neurológicos y ginecológicos que son los que nunca me dijeron que los descuidara. Siempre me salen bien porque me hago permanentemente análisis", contó. Si bien le faltó cuarto y quinto año, ser mamá soltera la y siempre tuvo contención familiar.
"Soy feliz con mi hija y con mis nietos, más todavía", dijo Perea, quien rememoró que los nueve meses de gestación, los pasó temerosa porque le habían dicho que su enfermedad era hereditaria. "Mi temor era que mi hija tuviera problemas de cadera o que tenga lo mismo que yo, pero gracias a Dios, no", reveló quien, finalmente, reflexionó sobre la importancia de vivir cada momento intensamente.
Un milagro que refuerza la fe
Vivir significa un gran triunfo para Paola Perea. “Vivo promesada a la virgen de Urkupiña de Bolivia. Por medio de un hermano de mi mamá, cuando me estaban por repetir la operación de los catorce años fui bendecida por ella. Soy devota porque en el post operatorio cuando me supuraba la herida; una de las noches mi mamá lloraba mucho y se durmió.
Ella me contó que sintió que alguien le acariciaba la cabeza y que le decía que todo iba a estar bien. Había soñado con una virgen iluminada por rayos. Los médicos volvieron a los dos días y se dieron cuenta de que mi herida más seca no podía estar”, expresó con la emoción propia de haberlo vivido en primera persona.
Luego, se enteró que mientras la operaban, los fieles a la imagen hicieron cadenas de oración por su vida y desde que aconteció la experiencia con su mamá, se hizo más creyente. “Si tengo dolores o preocupaciones, yo le hablo a mi virgencita y lo dejo en manos de Dios, trato de buscar lo positivo”, finalizó.