¿Te pasó alguna vez de despertarte un lunes y sentir que el silencio de la casa te aturde? Quizás por años el despertador fue el director de tu orquesta: las corridas, el hospital, la oficina, la escuela, las obligaciones familiares, el "tengo que". Y de pronto, un día llega la jubilación. Ese papel que dice que ya "cumpliste", pero que no te explica qué hacer con el vacío que se siente en el pecho cuando el teléfono deja de sonar y el contacto diario con tantas personas se desvanece.
Hace unos días, una persona que me lee me abría su corazón con una angustia que muchos compartimos: la sensación de que, junto con el trabajo, se nos va la identidad. Y como si fuera poco, la vida -en esa vuelta de espiral- nos pone frente a frente con la partida de seres queridos, recordándonos la finitud de nuestra existencia.
La trampa de estar siempre en movimiento. Desde que somos pequeños, nos enseñan que valemos por lo que producimos. "íQué persona tan hacendosa!", "íQué gran trabajador!", nos dicen. Así, terminamos creyendo que somos nuestro cargo o nuestra profesión. Pero, ¿qué pasa cuando ese rol desaparece?
El gran psicólogo Sigmund Freud decía que la salud es la capacidad de amar y de trabajar. El problema es que a veces nos olvidamos de la primera por exceso de la segunda. Cuando la etapa laboral termina, nos quedamos frente al espejo sin el "disfraz" del cargo. Lacan, otro maestro del alma, explicaba que siempre buscamos que alguien nos mire para sentir que existimos. Si ya no están los colegas para reflejarnos, parece que nos vamos borrando.
Pero dejame decirte algo: la vida no es una línea recta que se corta, es una estación que se transforma.
El miedo al vacío: ¿Y si en realidad es libertad?
Me acuerdo que de adolescente anoté una frase en mi cuaderno que hoy me hace más sentido que nunca: "Si tu seguridad se basa en algo que te pueda ser quitado, continuamente estarás pisando en falso".
Si nuestra seguridad es el sueldo, el puesto o el reconocimiento externo, siempre vamos a vivir con miedo, porque todo eso es prestado. La verdadera seguridad es interna. Científicamente, aunque nos veamos sólidos, somos más "vacío" que materia. Entonces, ¿por qué le tenemos tanto temor a ese espacio nuevo que se abre?
En la Alquimia Cíclica, a este momento lo llamamos la fase del Reposo o de la Soberanía. No es que "ya no sirves", es que ahora eres dueña o dueño de tu tiempo. Es el momento de dejar de ser "productivo" para pasar a ser creativo. Como decía Fritz Perls, el paso más grande es dejar de buscar el apoyo afuera y empezar a confiar en que tus propios pies te sostienen.
Un caso para mirarnos. Recuerdo a alguien que vino a verme porque sentía que "se le estaba terminando la vida". Al jubilarse, descubrió que no sabía quién era si no tenía un problema que resolver para otros. Empezamos a trabajar en su "ser", en sus ganas de disfrutar del paisaje, en caminar por nuestros cerros sin mirar el reloj. Entendió que la finitud no es un precipicio, es un recordatorio de que cada minuto que queda es oro puro para habitarlo, no solo para ocuparlo.
Para pensar con el corazón:
Hoy te quiero dejar unas preguntas, de esas que no se contestan con la cabeza, sino con el sentir:
¿En qué se apoya hoy tu seguridad? ¿En lo que tienes o en lo que eres?
¿Quién eres cuando te quitas el uniforme, el título y las obligaciones?
¿Qué pasaría si ese "vacío" que te asusta fuera en realidad el espacio que necesitabas para encontrarte contigo?
A veces, perderse es la única forma de encontrarse. La vida nos va quitando lo que sobra para que, al final, quede lo esencial: nuestra alma, nuestra paz y esa capacidad de asombro que la rutina nos había robado.
¿Te animas a descubrir quién eres en este nuevo silencio? Te leo, con el corazón dispuesto a encontrarnos en estas letras.
(*) Licenciada en Psicología. Magister en Salud Pública. Coach Ontológico Profesional. Bienestar Emocional y Vínculos Conscientes.
Nota del editor: los interesados podrán dejar sus comentarios, hacer preguntas y proponer temas en la página web del diario www.eltribunodejujuy.com.