24°
14 de Enero,  Jujuy, Argentina
PUBLICIDAD

Berenjenas, platos y sombras: cómo perdimos lo simple

Martes, 13 de enero de 2026 00:00

Mientras cortaba berenjenas -sabiendo que tenía mil cosas por hacer, que podía pedir comida, que podía ganar tiempo- sentí, sin embargo, quedarme ahí.

No por obligación. Por algo más difícil de explicar: "presencia".

Como en Ratatouille, cuando aparece esa certeza silenciosa de que la inspiración puede venir de cualquier lado. "No cualquiera puede convertirse en un gran artista, pero un gran artista puede venir de cualquier lugar".

Incluso de una cocina común. Incluso de una tarea que nadie considera importante. Me quedé.

Y al quedarme, algo se ordenó. La mente bajó el volumen. La respiración se hizo más lenta. El cuerpo dejó de correr.

Por un instante no había productividad, ni apuro, ni expectativa. Solo una acción simple... y una corriente que no pedía resultados.

Después vinieron los platos. Y ahí ocurrió algo más profundo todavía: la mente se aquietó sin esfuerzo. No estaba meditando, pero lo estaba. No estaba "trabajando en mí, pero la presencia me regalo conciencia". No estaba haciendo nada extraordinario, pero algo extraordinario me estaba pasando.

Estaba lavando platos.

Y sin embargo, en ese gesto mínimo apareció un espacio que casi no existe en la vida actual: un tiempo sin consumo, sin exhibición, sin rendimiento.

Un tiempo vacío. No vacío de sentido, sino vacío de ruido.

Fue entonces cuando apareció la pregunta incómoda: ¿en qué momento decidimos que estas experiencias eran pérdida de tiempo? ¿En qué momento lo simple dejó de ser ritual y pasó a ser estorbo?

Llamamos a estas tareas "menores". Las vivimos como ladronas de tiempo. Como una versión doméstica y silenciosa de la rueda de Sísifo: hacer, deshacer, volver a hacer. Nadie aplaude. Nadie lo sube a redes. No hay logro visible.

Pero mientras las manos repiten el gesto, algo esencial ocurre:una parte hace... y otra observa.

Y cuando eso pasa, el tiempo ya no es el mismo.

Porque hay algo que la cultura del rendimiento evita nombrar: la muerte. No como tragedia, sino como límite. Como frontera real. Como la única certeza que no se puede optimizar.

Frente a la muerte, todo se ordena de otro modo. No importa cuánto producimos. No importa cuántas cosas logramos. No importa cuánto "aprovechamos" el tiempo. Importa otra cosa.

Importan los sabores. El amor hecho comida. Los olores que nos devuelven a la infancia sin pedir permiso. Las escenas pequeñas que no cotizan en ningún mercado, pero que aparecen intactas cuando la vida se pone finita.

Tal vez por eso estas tareas simples -cocinar, lavar, ordenar- incomodan tanto al sistema: porque nos devuelven al cuerpo, al presente, a lo que no se puede acelerar.

En una cultura que vive como si fuera inmortal, detenerse a lavar un plato es un acto de resistencia.

Y sin embargo, esa resistencia no suele verse como tal.

El mito moderno

Vivimos persiguiendo lo extraordinario: la experiencia única, el viaje transformador, la charla brillante, el método nuevo. Y, sin embargo, nunca hubo tanta gente aburrida, cansada y vacía.

Tal vez no perdimos el sentido de la vida.Tal vez perdimos el sabor de lo simple.

Desde la psicología sabemos que los estados de mayor creatividad y claridad no aparecen bajo presión, sino en estados de atención difusa: caminar, ducharse, cocinar, ordenar (Kahneman, 2011).

La neurociencia muestra que en esos momentos se activa la red neuronal por defecto, clave para la introspección y la integración de sentido (Raichle et al., 2001).

Pero la cultura del rendimiento nos enseñó que, si no produce, no vale.

Y esa lógica no solo organiza el trabajo. Organiza la mente.

Somos el límite

Mientras secaba los platos pensé algo incómodo:somos el límite de nuestras mentes.

Y nuestras mentes no nacen libres. Nacen dentro de culturas.

Cada cultura define:

- qué es valioso

- qué es éxito

- qué es moral

- qué se puede pensar

- qué no se debe cuestionar

Todo lo que vivimos queda encuadrado ahí.

Y cuando alguien cruza ese límite -cuando piensa distinto, siente distinto, vive distinto- aparece la culpa, la transgresión, el castigo simbólico.

Entonces, para no soportar esa incomodidad, la mayoría vuelve al molde. No porque sea verdadero.Sino porque es conocido.

Como decía Michel Foucault, el poder más eficaz no es el que reprime, sino el que normaliza: el que hace que las personas se vigilen solas, piensen solas dentro del marco permitido (Foucault, 1975).

Ese marco es tan invisible como poderoso.

Y allí aparece otra vieja metáfora que hoy cobra una vigencia inquietante.

El mito de la caverna de Platón nunca fue tan actual. Antes, las sombras estaban en la pared. Hoy están en: pantallas, algoritmos, discursos repetidos y tendencias emocionales prefabricadas.

Vivimos mirando sombras de lo que "debería ser" la vida, el cuerpo, el amor, el éxito.

Y cuando alguien intenta salir de la caverna moderna -desconectarse, cuestionar, frenar- no recibe aplausos. Recibe incomodidad social.

La paradoja es que ahora la caverna es cómoda. Tiene Wi-Fi, IA, delivery y entretenimiento infinito.

Y aun así... algo falta. Esa falta no es un error del sistema. Es el precio de sostenerlo.

Desde la física, Albert Einstein ya había advertido que el tiempo no es absoluto. El tiempo se experimenta. No pasa igual cuando estamos apurados que cuando estamos presentes. No se vive igual en automático que en conciencia.

Tal vez ese "tiempo perdido" lavando platos no sea pérdida.

Tal vez sea uno de los pocos tiempos no colonizados por la lógica del control.Un tiempo donde todavía podemos volver.

Para leer despacio

- ¿Y si no estás cansado por hacer demasiado, sino por vivir sin habitar lo que hacés?

- ¿Cuánto de tu día es elección... y cuánto es repetición cultural?

- ¿Qué pasaría si lo simple dejara de ser castigo y volviera a ser ritual?

- ¿En qué momento delegamos la vida esperando "algo mejor" que nunca llega?

- ¿Y si el despertar no fuera épico, sino silencioso... como lavar un plato?

Quizás la salida de la caverna no sea una gran iluminación.

Quizás empiece cuando, entre berenjenas y platos, dejamos de correr.

Y por un instante -solo uno- volvemos a estar.

(*) Licenciada en Psicología; coach ontológico profesional; magister en Salud Pública con mención en Atención primaria de la salud; especialista en Salud Pública; facilitadora en procesos de comunicación, resolución de conflictos, expansión de la conciencia, liderazgo; coordinación de grupos y conciencia de redes; y facilitadora en entrenamientos a líderes en gestiones de oratoria y comunicación. [email protected], cel. 3884416256.

 

PUBLICIDAD
PUBLICIDAD