El ataque conjunto de Estados Unidos e Israel contra Irán vuelve a poner al mundo al borde de un conflicto mayor que muchos creían inevitable. No es una crisis aislada: en 2025 ya habían bombardeado instalaciones nucleares iraníes en Fordow, Natanz e Isfahán para frenar el programa atómico de Teherán, con represalias posteriores contra Israel y bases estadounidenses en la región. Esta nueva ofensiva confirma que la espiral de escalada lleva años y que cada golpe acerca más la posibilidad de una guerra abierta.
La pregunta central es jurídica y política a la vez: ¿El ataque a Irán es legal o ilegal? La Carta de las Naciones Unidas prohíbe el uso de la fuerza salvo en dos casos: autorización del Consejo de Seguridad o legítima defensa ante un ataque armado. Israel y Estados Unidos sostienen que actuaron de manera preventiva frente al peligro nuclear iraní. Rusia afirma que se trata de una agresión ilegal; el debate jurídico no es menor porque define precedentes: si el concepto de "ataque preventivo" se acepta sin límites, el sistema internacional entra en una etapa de guerras preventivas permanentes.
Conviene recordar además que las negociaciones nucleares entre Washington y Teherán estaban en curso cuando se produjeron los ataques, lo que alimenta sospechas sobre el oportunismo estratégico de la operación. En esos días, la agenda internacional estaba concentrada en la tensión entre Pakistán y Afganistán -que aún continúa-, lo que llevó a algunos analistas a preguntarse si aprovechar otra crisis mediática reducía el costo político de atacar. No hay pruebas de conspiraciones coordinadas, pero la historia demuestra que las guerras suelen iniciarse cuando la atención del mundo está en otra parte.
Detrás de la ofensiva hay objetivos claros: Estados Unidos busca frenar el programa nuclear iraní, debilitar su red regional de milicias y afectar indirectamente a China, que importa entre el 10% y el 15% de su petróleo desde Irán, más de un millón de barriles diarios en distintos momentos.Pero también, evitar que un actor hostil controle reservas claves en el Golfo; ya que Irán posee una de las mayores reservas de petróleo y gas del mundo, y un eventual gobierno más pragmático o alineado con Occidente facilitaría la reintegración de su producción al mercado global bajo reglas más previsibles para Washington y sus aliados. No se trata necesariamente de "apropiarse" del petróleo, sino de influir en quién lo produce, a quién se vende y bajo qué condiciones, algo central en la competencia global por la energía. Israel quiere neutralizar a su principal enemigo estratégico y evitar que Irán alcance capacidad nuclear, en una lógica de supervivencia geopolítica que sectores internos asocian a la idea de garantizar su seguridad regional absoluta.
Para Rusia, el conflicto entre Estados Unidos, Israel e Irán es un escenario ambiguo con riesgos y oportunidades. Moscú mantiene una alianza estratégica con Teherán en materia energética, militar y geopolítica -especialmente en Siria y en la guerra de Ucrania, donde Irán le suministró drones-, por lo que una derrota iraní debilitaría un socio clave frente a Occidente. Sin embargo, una escalada que dispare el precio del petróleo también beneficia a Rusia, que depende fuertemente de las exportaciones energéticas: cada aumento de 10 dólares en el barril implica miles de millones de ingresos adicionales para el Kremlin. A la vez, si Irán bloquea el Estrecho de Ormuz o reduce su producción, parte de la demanda global podría desplazarse hacia el petróleo ruso. Pero Moscú teme un conflicto demasiado grande que fortalezca la presencia militar estadounidense en Medio Oriente o que obligue a China a involucrarse más activamente, alterando el equilibrio dentro del eje euroasiático. En síntesis, Rusia gana con una crisis limitada que encarezca la energía y desgaste a Occidente, pero pierde si Irán colapsa o si la guerra escala a un nivel que la obligue a tomar partido directo.
Del mismo modo, los países europeos nucleados en la Otan enfrentan un dilema histórico si el conflicto escala, ¿Apoyarán una operación para derribar al régimen iraní o buscarán una salida diplomática? Las sociedades europeas, golpeadas por inflación energética y cansancio de conflictos, presionarán por la paz, pero los gobiernos deberán decidir entre la alianza estratégica con Washington o la estabilidad interna. El recuerdo de la guerra de Irak todavía pesa.
Irán, sin embargo, no puede derrotar a Occidente en una guerra convencional, pero sí prolongar el conflicto y provocar daño económico global.En cada escalada las primeras víctimas son civiles; informes iniciales hablan de muertos y heridos en Irán, Israel y bases estadounidenses. Si el conflicto crece, el punto crítico será el Estrecho de Ormuz, por donde pasa cerca del 20% del petróleo mundial. Un barril por encima de los 100 dólares implicaría más inflación, alimentos más caros y presión económica -por ejemplo, en América Latina-, un shock petrolero podría sumar hasta tres puntos al costo de vida.
Para Argentina, este conflicto, tiene efectos inmediatos y estratégicos. En el corto plazo, una suba del petróleo encarece combustibles, transporte y alimentos, presionando la inflación y el déficit energético. Pero también abre oportunidades: Argentina es exportadora neta de energía potencial gracias a Vaca Muerta y a proyectos de GNL, por lo que precios altos pueden mejorar la balanza comercial. En el plano geopolítico, Buenos Aires deberá equilibrar relaciones con Estados Unidos, China y el mundo árabe sin perder mercados para su agroindustria ni inversiones en minería.
En materia de seguridad, la crisis también impacta directamente en Argentina. Cada escalada en Medio Oriente obliga a reforzar la protección de embajadas, comunidades judías, instituciones culturales y eventos internacionales, porque el riesgo de atentados o acciones indirectas contra intereses aliados de Estados Unidos e Israel aumenta, como mostró la experiencia histórica en Buenos Aires en los años noventa. Además, el conflicto puede fortalecer redes ilícitas de financiamiento o lavado vinculadas a organizaciones extremistas en zonas de frontera sensibles de Sudamérica, lo que obliga a intensificar la cooperación regional en inteligencia. Para el norte argentino -especialmente Jujuy y Salta-, esto significa reforzar controles en rutas, logística y pasos internacionales como Jama, La Quiaca, Aguas Blancas y Salvador Mazza, claves del vínculo con Bolivia y Chile, pero muy fáciles de vulnerar por redes terroristas. En síntesis, la crisis no sólo es lejana: exige a la Argentina combinar diplomacia equilibrada, defensa preventiva y desarrollo institucional para proteger a su población y su posición estratégica.
Y mientras tanto el pueblo iraní, bajo ataque externo, asfixiado económicamente, muchas veces desconectado de Internet y sin libertades plenas, vuelve a quedar atrapado entre potencias. Una gran pregunta sigue abierta: ¿Estados Unidos continuará la ofensiva para intentar derribar al régimen o volverá a negociar? Porque cuando el Golfo arde, la guerra deja de ser lejana y se convierte en inflación, pobreza y miedo en cada país del planeta. Y eso demuestra que, aunque todavía no haya guerra declarada, el mundo ya está pagando su precio.
(*) El licenciado en Relaciones Internacionales Alejandro G. Safarov es director de la carrera de Relaciones Internacionales de la Ucse Jujuy, miembro del Departamento de América Latina y el Caribe del IRI- Universidad Nacional de La Plata e integrante del Consejo Federal de Estudios Internacionales (Cofei).