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El atraso laboral en tiempos de inteligencia artificial

Domingo, 08 de febrero de 2026 23:49

El mundo del trabajo atraviesa una transformación tan profunda como la que produjo la Primera Revolución Industrial a fines del siglo XVIII. Hoy en tiempos de Quinta Revolución Industrial, las nuevas tecnologías y prácticas innovadoras: inteligencia artificial, economía de datos, trabajo por proyectos, automatización y flexibilización de trayectorias laborales ya no son tendencias son el nuevo estándar. Sin embargo, gran parte de las regulaciones laborales siguen ancladas en un modelo pensado para fábricas, horarios rígidos y empleo estable de por vida. El problema no es solo conceptual: sostener leyes laborales antiguas en una economía que ya cambió tiene costos de oportunidad enormes, especialmente para países como Argentina.

Los sistemas laborales más modernos del mundo no eligieron entre derechos o competitividad. Eligieron rediseñar ambos y el caso más citado es el modelo de flexiseguridad de Dinamarca, donde las empresas pueden contratar y despedir con reglas claras y baja litigiosidad, mientras los trabajadores cuentan con seguros de desempleo robustos -que pueden cubrir entre el 70 % y el 90 % del salario previo- y con políticas activas de empleo financiadas en torno al 2 % del PBI. El principio es simple y disruptivo: no se protege el puesto, se protege la empleabilidad. El resultado es baja informalidad, alta productividad y una economía dinámica que absorbe el cambio tecnológico sin destruir cohesión social.

Este enfoque es coherente con el marco que hoy promueve la Organización Internacional del Trabajo (OIT). Lejos de defender rigideces del pasado, la OIT impulsa el concepto de trabajo decente actualizado al siglo XXI: protección social universal no atada exclusivamente al empleo formal tradicional, aprendizaje permanente, regulación del trabajo en plataformas digitales y transiciones justas frente a la automatización. El mensaje es claro: la rigidez extrema genera informalidad; la flexibilidad sin red genera precarización. El desafío es diseñar sistemas adaptativos.

Incluso el discurso empresario global cambió: la Organización Internacional de Empleadores reconoce hoy que la precarización no mejora la competitividad. Por el contrario, reduce productividad, innovación y compromiso laboral. El consenso emergente ya no es "menos derechos", sino mejores derechos, portables y compatibles con la nueva economía.

En paralelo, el debate sobre el tiempo de trabajo también expone el anacronismo del sistema actual. La jornada de cinco días y horarios rígidos responde a la lógica fabril del siglo XIX, no a economías basadas en conocimiento y objetivos. Experiencias recientes en Islandia y en ensayos empresariales en Europa demostraron que semanas laborales de cuatro días, sin reducción salarial, pueden mantener o incluso aumentar la productividad, reducir el estrés y mejorar el bienestar, con efectos positivos sobre el consumo, el turismo y la economía del ocio. Trabajar mejor -no necesariamente más horas- fortalece la economía cuando el trabajo se mide por resultados y no por presencialidad.

Frente a este escenario global, Argentina aparece desfasada. Su legislación laboral fue diseñada para un país industrial del siglo XX, con empleo estable, grandes empresas y sindicatos fuertes como columna vertebral, la legislación laboral base en Argentina es la Ley de Contrato de Trabajo (LCT) Nº 20.744, sancionada y promulgada en 1974. Ese mundo ya no representa a la mayoría de la fuerza laboral. El resultado es una economía partida en dos: un mercado "en blanco", caro, rígido y litigioso; y un mercado "en negro", extendido, flexible de hecho, pero sin derechos ni protección: entre cuatro y cinco de cada diez trabajadores no están registrados, no realizan aportes previsionales, no cuentan con cobertura plena de salud ni con protección efectiva ante despidos, accidentes o períodos de desempleo. Según datos del Indec, la informalidad laboral ronda el 42 % en los últimos relevamientos, mientras que estimaciones de la OIT elevan esa cifra a más del 50 % del empleo total. En paralelo, el sistema registra alrededor de 12,8 millones de trabajadores formales, de los cuales poco más de 6 millones son asalariados privados registrados. Sobre ese segmento se concentra, además, la mayor carga regulatoria, impositiva y judicial del sistema laboral. El resto -millones- queda fuera del sistema de protección.

Este desajuste tiene costos de oportunidad concretos. Primero, menos empleo formal: las pymes evitan contratar por miedo al costo de salida y a la litigiosidad. Segundo, menos inversión e innovación: las empresas sobreviven, pero no escalan ni incorporan tecnología. Tercero, menor adopción de IA y economía de datos, porque la informalidad y la rigidez impiden organizar trabajo por proyectos, resultados y capacitación continua. Cuarto, menor recaudación y protección social más débil, porque una base contributiva chica no puede sostener derechos amplios. En síntesis, se protege intensamente a una minoría formal mientras se excluye a una mayoría que trabaja igual, pero sin derechos.

El verdadero debate que debería darse a partir de hoy en el Congreso Nacional no es si hay que "flexibilizar" o "defender derechos". Esa es una discusión del pasado, la pregunta estratégica es si Argentina quiere seguir sosteniendo un marco laboral que expulsa a la mitad de su fuerza de trabajo del sistema, justo cuando la economía global premia a los países con capital humano actualizado, reglas claras, baja informalidad y alta adaptabilidad tecnológica. En la economía de la inteligencia artificial, el atraso regulatorio no es neutral: es regresivo.

En este contexto, la propuesta de reforma laboral enviada al Congreso por el Poder Ejecutivo argentino puede leerse como un reconocimiento implícito de que el sistema vigente está agotado, pero también como una respuesta incompleta frente a los desafíos de la nueva economía. El proyecto avanza en algunos puntos coherentes con la modernización global -mayor flexibilidad en la organización del trabajo, reducción de la litigiosidad, mecanismos alternativos a la indemnización tradicional y reconocimiento de nuevas formas de empleo vinculadas a plataformas-, alineándose parcialmente con lo que ya hacen economías que buscan adaptarse a la era de la inteligencia artificial y el trabajo por objetivos. Sin embargo, a priori, carece de un pilar central que los modelos más avanzados consideran indispensable: una red de protección social robusta, portable y desvinculada del empleo formal clásico. Sin seguros de empleo efectivos, políticas activas de capacitación masiva y un esquema claro de derechos acumulables a lo largo de trayectorias laborales discontinuas, la reforma corre el riesgo de flexibilizar sin proteger, profundizando la brecha entre el mercado formal y el informal. En otras palabras, la iniciativa avanza en desmontar rigideces del siglo XX, pero aún no construye plenamente la arquitectura laboral del siglo XXI. Y en una economía impulsada por IA, datos y productividad del conocimiento, modernizar a medias también tiene un costo. Un obstáculo adicional para cualquier modernización del mundo del trabajo es la presencia de actores sindicales y políticos que adoptan una lógica abiertamente antisistema, cuya estrategia no pasa por mejorar el diseño institucional sino por bloquear cualquier cambio, aun cuando el statu quo reproduce informalidad, exclusión y precariedad. Esa postura termina produciendo un efecto paradójico: en nombre de proteger al trabajador, se consolida un sistema que deja afuera a millones, especialmente jóvenes, trabajadores independientes y pymes.

El futuro del trabajo ya llegó. La única incógnita es si la ley llegará a tiempo para acompañarlo o seguirá llegando tarde, pagando el costo en empleo, productividad y bienestar social.

 

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