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El espacio entre sembrar y cosechar en la vida

Jueves, 05 de febrero de 2026 22:48

Hay un tiempo en la vida del que poco se habla y que, sin embargo, ocupa gran parte de nuestra existencia. No es el tiempo de la siembra, donde la ilusión empuja y el entusiasmo nos hace sentir vivas. Tampoco es el tiempo de la cosecha, ese momento esperado en el que los frutos se hacen visibles y podemos decir "valió la pena". Es el espacio que queda en el medio. Ese tramo silencioso, a veces incómodo, muchas veces incierto, donde parece que nada sucede... pero donde, en realidad, todo está ocurriendo. Vivimos en una cultura que celebra los comienzos y aplaude los resultados.

Nos encanta contar cuándo decidimos algo importante y mostrar cuando finalmente lo logramos. Pero entre una cosa y la otra hay un recorrido que no siempre es luminoso ni fotogénico. Un tiempo donde sembramos con fe y seguimos caminando sin garantías. Un tiempo donde no hay aplausos, ni señales claras, ni certezas. Solo pasos, espera y una confianza que se pone a prueba.

Sembrar implica un acto de valentía. Es animarse a iniciar algo nuevo: una relación, un proyecto, un cambio interno, una forma distinta de mirarnos y habitar la vida. Cuando sembramos, ponemos energía, intención, deseo.

Lo hacemos con la esperanza de que eso crezca, de que algún día dé frutos. Y muchas veces sembramos sin saber exactamente cómo será la cosecha. Solo sentimos que es por ahí, que eso tiene sentido para nosotras. Pero una vez que la semilla está en la tierra, comienza otro tiempo. Un tiempo menos visible, menos controlable.

La semilla no brota al día siguiente solo porque tengamos ganas. Necesita oscuridad, silencio, humedad, paciencia. Necesita tiempo. Y ese tiempo no siempre coincide con nuestros ritmos internos ni con las exigencias externas que nos rodean.

El espacio entre sembrar y cosechar suele ser el más desafiante porque nos enfrenta a la incertidumbre. Aparecen las dudas: ¿habré elegido bien?, ¿esto dará resultado?, ¿y si me equivoqué?, ¿y si nunca llega lo que espero? En ese espacio, la mente se llena de preguntas y el corazón, a veces, de miedo. Porque no hay pruebas todavía. No hay frutos que confirmen que el esfuerzo valió la pena. Es ahí donde muchas personas abandonan. No porque no deseen cosechar, sino porque el tiempo intermedio duele. Porque esperar cansa. Porque sostener la fe sin evidencias visibles requiere una fortaleza emocional que no siempre nos enseñaron a cultivar.

Vivimos acostumbradas a la inmediatez, a los resultados rápidos, a las respuestas urgentes. Y la vida, muchas veces, tiene otros tiempos. Ese espacio intermedio es un verdadero territorio de aprendizaje. Nos enseña a confiar, a sostener, a perseverar. Nos invita a revisar desde dónde sembramos: si lo hicimos por deseo genuino o por mandato, por amor o por miedo, por elección o por urgencia.

A veces, mientras esperamos, nos damos cuenta de que lo sembrado necesita ajustes, más cuidado, más presencia o incluso una nueva mirada. También es un tiempo donde aparecen emociones contradictorias. Podemos sentir entusiasmo un día y desaliento al siguiente. Esperanza y cansancio. Fe y ganas de soltar todo. Y está bien. No hay nada de malo en eso. El proceso humano no es lineal. Crecer, transformarse, gestar algo nuevo implica atravesar estados diversos, incluso aquellos que no nos gustan demasiado. El problema no es sentirnos cansadas o dudar. El problema es creer que esas emociones son señales de fracaso. No lo son. Son parte del camino.

El espacio entre sembrar y cosechar no es un error del sistema, es el sistema mismo. Es ahí donde se fortalecen las raíces. Donde se construye el sostén interno que luego permitirá recibir los frutos sin perderlos, sin sabotearlos, sin sentir que no los merecemos. Muchas veces deseamos cosechar rápido sin haber crecido lo suficiente para sostener lo que llega. Y la vida, sabia como es, nos regala tiempo. Tiempo para madurar, para ordenar prioridades, para revisar creencias, para fortalecer la autoestima. Tiempo para convertirnos en la persona capaz de habitar aquello que estamos esperando.

En ese espacio intermedio también aprendemos a soltar el control. A entender que no todo depende de nosotras, aunque mucho sí. Podemos regar, cuidar, estar atentas. Pero no podemos forzar el crecimiento. Hay procesos que no se aceleran por más voluntad que pongamos. Y aceptar eso no es resignarse, es alinearse con el ritmo profundo de la vida. Cuando atravesamos este tiempo con presencia, algo cambia en nuestra forma de estar. Dejamos de vivir solo pendientes del resultado y empezamos a habitar el proceso. Aprendemos a valorar los pequeños avances, los gestos cotidianos, las señales sutiles que nos indican que algo se está moviendo, aunque todavía no sea visible. El espacio entre sembrar y cosechar también nos confronta con la comparación.

Miramos alrededor y vemos a otras personas cosechando lo que nosotras todavía estamos esperando. Y eso duele. Duele porque activa la sensación de atraso, de insuficiencia, de "algo está mal conmigo". Pero cada proceso es único. Cada semilla tiene su tiempo. Compararnos solo nos aleja de nuestra propia verdad y nos roba energía vital. A veces la cosecha no llega como la imaginamos. Y eso también forma parte del aprendizaje. No toda semilla da el fruto esperado, pero ninguna es en vano.

Siempre hay algo que se integra, que se transforma, que nos deja una enseñanza valiosa. Incluso aquello que no prospera nos muestra algo sobre nosotros, sobre nuestros deseos, sobre nuestros límites y posibilidades. Cuando finalmente llega la cosecha, si es que llega, no somos los mismos que sembraron. Y eso es lo más importante. El verdadero fruto no siempre es externo. Muchas veces es interno: más confianza, más claridad, más amor propio, más coherencia.

Y desde ese lugar, lo que llega afuera se vive de otra manera. Por eso, honrar el espacio entre sembrar y cosechar es un acto de respeto hacia nuestra propia vida. Es reconocer que estamos en camino, que estamos haciendo lo que podemos, que no todo se define hoy. Es aprender a descansar en el proceso sin dejar de comprometernos con él. Quizás hoy estés en ese espacio. Tal vez sembraste algo importante y sentís que el tiempo pasa y no hay señales claras. Si es así, respirá. No estás perdida o perdido. Estás gestando. Aunque no lo veas, algo está creciendo. Confiá en tu paso, en tu intuición, en tu capacidad de sostener. La tierra sabe lo que hace. Y vos también. Porque entre sembrar y cosechar, la vida nos moldea. Y ese, aunque no siempre lo parezca, es uno de los regalos más grandes del camino. Namaste. Mariposa Luna Mágica.

(Correo electrónico: gotasygotitasjujuy@gmail.com).

 

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