MIGUEL ÁNGEL FALCÓN PADILLA
Jujuy amanece después del carnaval con una mezcla extraña de silencio y resaca. Las calles todavía huelen a alcohol viejo, a espuma seca, a promesas de alegría que duraron lo que dura una madrugada. Quedan botellas vacías, restos de papel picado, cuerpos cansados y una pregunta incómoda flotando en el aire: ¿qué fue exactamente lo que celebramos?
Alguna vez el carnaval fue rito. No espectáculo, no evento, no producto. Fue desorden simbólico, permiso colectivo, ruptura del tiempo ordinario. La tierra en la cara no era marketing, era pertenencia. La copla no era show, era palabra compartida. La fiesta no necesitaba escenarios ni grillas: se sostenía en el vínculo. Hoy, en cambio, el carnaval parece haberse inflado tanto que perdió densidad. Creció en volumen y se achicó en sentido.
La postal jujeña del carnaval actual es conocida: escenarios sobredimensionados, parlantes que no dialogan con el cerro sino que lo tapan, selfies urgentes, marcas omnipresentes y una coreografía de consumo que se repite cada año. Todo está diseñado para mostrarse, para venderse, para circular rápido. La identidad ya no se vive: se exhibe.
El alcohol, protagonista indiscutido, ocupa el centro de la escena. No como celebración sino como anestesia. Se bebe para olvidar, para aguantar, para no pensar demasiado. La embriaguez dejó de ser transgresión ritual y se convirtió en rutina. Bajo el disfraz de la alegría aparecen los desbordes: violencias normalizadas, cuerpos que se pierden, accidentes que se minimizan, excesos que se justifican con una frase cómoda: "es carnaval".
Pero no todo desborde libera. Hay desbordes que vacían. Y este carnaval, más que subversivo, parece funcional. Una catarsis programada, permitida, vigilada. Un paréntesis donde todo está habilitado para que, pasado el ruido, nada cambie. Se grita fuerte unos días para volver mansos al silencio. Se exagera la alegría para soportar mejor la precariedad del resto del año.
En esta fiesta sobredimensionada, lo jujeño corre el riesgo de convertirse en escenografía. Se invoca la Pachamama, pero se la pisa. Se habla de tradición, pero se la simplifica. Se repite la palabra cultura mientras se la vacía de contenido. La identidad se vuelve una marca amable, apta para turistas, despojada de conflicto, de profundidad, de historia.
Jujuy parece mirarse en un espejo ajeno. Imita formatos, copia estéticas, exagera gestos que no siempre le pertenecen. En ese intento por agradar, por atraer, por vender, va perdiendo algo esencial: la intimidad de su propia fiesta. El carnaval ya no interpela: entretiene. Ya no incomoda: distrae. Ya no une: consume.
El verdadero desperdicio no está en el gasto económico ni en la logística excesiva. Está en el plano simbólico. En haber transformado un ritual colectivo en un producto de consumo rápido. En confundir alegría con ruido. En creer que más volumen es más identidad.
Tal vez haya que animarse a una pregunta menos cómoda: ¿qué queda del carnaval cuando se apagan los parlantes? ¿Qué identidad sobrevive cuando se desmonta el escenario? ¿Qué celebramos cuando la fiesta necesita sponsors para existir?
No se trata de negar la alegría ni de añorar un pasado idealizado. Se trata de recuperar el sentido. Porque una fiesta sin sentido no libera: adormece. Y cuando la identidad se convierte en postal, lo que se pierde no es la fiesta, sino el alma que la sostenía.
(*) Miguel Ángel Falcon Padilla, doctor en Ciencias Filosóficas.