POR MIGUEL ÁNGEL FALCÓN PADILLA (*)
La búsqueda laboral se ha convertido, para muchos, en un espejo incómodo de nuestra época. Ya no refleja únicamente capacidades, trayectorias o formación, sino una jerarquía silenciosa de valores donde la imagen -y en particular la belleza asociada a la juventud- parece cotizar más alto que la experiencia y el conocimiento acumulado.
No se trata de una impresión aislada ni de una queja individual. En distintos ámbitos del mundo del trabajo se percibe una preferencia creciente por lo visible antes que por lo sólido, por lo inmediato antes que por lo profundo. La estética, la presencia, la edad aparente comienzan a operar como filtros implícitos, raramente explicitados, pero eficaces. El curriculum puede ser extenso, la formación rigurosa, la experiencia comprobable; aun así, la respuesta no llega.
Esta lógica no es casual. La sobrevaloración de la belleza juvenil responde a una cultura que asocia valor con novedad, energía con eficacia y frescura con rendimiento. Lo joven se presenta como sinónimo de adaptación y flexibilidad; la experiencia, en cambio, suele leerse como rigidez, como pasado, como costo. El saber profundo pierde terreno frente a la apariencia de dinamismo.
En este contexto, buscar trabajo deja de ser solo competir por un puesto y se transforma en una experiencia de desajuste simbólico. Quien ha acumulado años de formación y práctica descubre, a veces con desconcierto, que aquello que debería ser un capital se convierte en un obstáculo. La pregunta deja de ser "qué sabe hacer" para transformarse en "cómo se ve".
La primacía de la imagen no afecta solo a quienes quedan excluidos. Empobrece también al mundo laboral en su conjunto. Cuando el conocimiento se subordina a la apariencia, se debilitan los procesos, se banalizan los saberes y se pierde memoria institucional. Una sociedad que descarta la experiencia se expone a repetir errores, a improvisar donde debería reflexionar.
Esta tendencia se inscribe, además, en una cultura de exposición permanente. Las redes sociales han reforzado la idea de que existir es mostrarse, y que mostrarse bien es una forma de mérito. El conocimiento, en cambio, exige tiempo, esfuerzo, silencio. No siempre es fotogénico. No siempre se puede reducir a una imagen atractiva.
La búsqueda laboral, atravesada por estas lógicas, se vuelve así una experiencia de desgaste profundo. No alcanza con saber, con haber hecho, con poder enseñar o aportar. Se exige, explícita o implícitamente, encajar en un ideal estético y etario que deja poco lugar a la diversidad de trayectorias y al valor de la experiencia.
Revalorizar el saber y el recorrido no es un gesto nostálgico, sino una necesidad social. El conocimiento no envejece: se profundiza. Allí donde se lo desplaza en nombre de la apariencia, el futuro se vuelve frágil, aun cuando se lo maquille de juventud.
Y la pregunta queda abierta, incómoda pero necesaria: ¿qué tipo de sociedad estamos construyendo cuando preferimos una imagen atractiva antes que un conocimiento capaz de sostener el mañana?
(*) Doctor en Ciencias Filosóficas. Máster en Relaciones Internacionales y Licenciado en Historia y Filosofía.