¿Hay más casos de autismo?
En los últimos años, el diagnóstico de autismo parece estar más presente en las aulas. Sin embargo, no se puede afirmar con certeza que haya más casos. Lo que hay es más información y mayor acceso a protocolos de evaluación temprana.
En ese sentido, la sensación de aumento muchas veces responde a un sistema que ahora detecta lo que antes quedaba invisibilizado. Pero el verdadero desafío no es el número. El desafío es preguntarnos si el sistema educativo está preparado para escuchar y acompañar las nuevas realidades de las infancias actuales.
La escuela como primer terreno social, ¿qué significa?
La escuela es mucho más que un espacio de contenidos. Es el primer gran territorio social fuera del hogar. Es donde se aprende a compartir un lápiz, a esperar turno, a perder en un juego, a ser elegido para un equipo, a ser invitado a un cumpleaños.
Un niño puede aprender matemática en muchos espacios. Pero el sentido de pertenencia se construye en comunidad. Allí es donde la inclusión se vuelve un concepto profundamente humano. Inclusión no es solo estar sentado en el aula. Durante años se habló de integración. Hoy el paradigma es la inclusión. Pero la diferencia no es solo semántica.
Integrar era permitir que el niño estuviera. Incluir es garantizar que participe, que aprenda, que se vincule, que tenga bienestar. Muchas veces el sistema se conforma con que el estudiante tenga acompañante terapéutico o apoyo externo. Sin embargo, eso no garantiza calidad de experiencia escolar. Un niño puede estar sentado en su banco y aún así sentirse solo. Puede estar dentro del aula y no sentirse parte. La inclusión real implica revisar prácticas, miradas y actitudes adultas. La infancia no tiene la barrera de la discapacidad. Los niños juegan. Los niños preguntan. Los niños incluyen con naturalidad. Muchas veces la barrera está en los adultos.
La mirada adulta, ¿déficit o potencia?
La centralidad está en ver desde qué lugar se posiciona el adulto frente al diagnóstico. Si yo miro a un estudiante desde la falta, voy a ver todo lo que no puede. Si lo miro desde la potencia, voy a descubrir habilidades, intereses, capacidades. Este cambio de enfoque no requiere necesariamente una especialización técnica en discapacidad.
No hace falta ser experto en autismo para entender el sufrimiento del otro. Hace falta sensibilidad. La escuela, dice, necesita fortalecer no solo la capacitación, sino la salud emocional de sus docentes. Un docente que se siente seguro, acompañado y respetado puede desplegar creatividad. Un docente que trabaja desde el miedo o la soledad difícilmente pueda innovar.
¿Cuál es el miedo más grande que tienen los padres?
En el consultorio, la palabra que más se escucha es aceptación. Antes, el primer día de clases preocupaba la mochila. Hoy muchos padres llegan diciendo "solo quiero que lo traten bien". La angustia no está únicamente en el rendimiento académico, está en el temor a la burla, al aislamiento, a la invisibilización. Muchos padres no preguntan primero si su hijo va a aprender a leer. Preguntan si va a tener un amigo y esa pregunta, en apariencia, es simple, pero nos revela la profundidad del desafío.
El recurso humano, ¿la herramienta más poderosa?
Cuando se consulta por herramientas concretas en el aula la respuesta es clara. La primera herramienta es el recurso humano, es el docente. Antes que cualquier estrategia específica, lo fundamental es que el docente pueda decir, quiero aprender, quiero entender y necesito acompañamiento. El trabajo articulado entre escuela, familia y equipos de salud es clave. Hoy muchas veces está todo fragmentado. Cuando realmente hacemos equipo, los resultados cambian.
¿Qué viene después del diagnóstico?
El diagnóstico no puede ser el punto final. Lo que viene después es el proceso real: construir objetivos, fortalecer autonomía, trabajar habilidades sociales, emocionales y comunicativas. En el abordaje terapéutico, trabajo intensamente con las familias, entrenándolas para que se conviertan en protagonistas activas .
Una familia formada y empoderada cambia la realidad cotidiana del niño. No se trata de que el niño vaya a terapia y nada más. Se trata de que todo el entorno se transforme en un espacio de crecimiento.
¿No todo es autismo?
En un contexto de sobreinformación, también se advierten sobre diagnósticos apresurados. No todo comportamiento diferente es autismo. A los niños les pasan cosas. A los adolescentes les duele la vida. Vivimos en una sociedad atravesada por pantallas, desconexión y exigencias.
La inclusión no empieza en una ley ni protocolo. Comienza en un gesto cotidiano, en mirar a un estudiante aunque no devuelva la mirada, en nombrarlo, en ofrecerle un espacio real de participación. Incluir no es solo abrir la puerta del aula. Es abrir el corazón de la comunidad. Quizás ese sea el verdadero desafío de la escuela hoy: no contar diagnósticos, sino sostener infancias. Porque detrás de cada informe clínico hay un niño esperando algo muy simple y profundamente humano: ser aceptado.