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¿El que espera desespera?

Jueves, 19 de marzo de 2026 20:31

Hay una frase muy conocida que dice: "El que espera desespera". La escuchamos desde chicos, la repetimos muchas veces sin pensar demasiado y, en ciertos momentos de la vida, parece describir exactamente lo que sentimos. Esperar puede volverse incómodo, inquietante, incluso angustiante. Cuando algo que deseamos tarda en llegar, el corazón se impacienta, la mente comienza a imaginar escenarios y el tiempo parece avanzar con una lentitud exasperante.

Sin embargo, con el paso de los años y de las experiencias, uno empieza a preguntarse si esta frase es siempre verdadera. ¿Es inevitable que la espera nos desespere? ¿O tal vez la espera puede ser también un tiempo fértil, un espacio donde algo importante se está gestando?

Vivimos en una época que valora la rapidez. Todo parece estar diseñado para que ocurra de inmediato. Queremos respuestas rápidas, soluciones rápidas, resultados rápidos. Si enviamos un mensaje esperamos que nos contesten enseguida. Si iniciamos un proyecto deseamos que prospere pronto. Si sembramos una idea, soñamos con ver sus frutos casi de inmediato. Pero la vida, afortunadamente, no siempre se mueve con esa velocidad. Tiene sus propios ritmos. Ritmos que muchas veces no coinciden con nuestras urgencias.

Una semilla necesita tiempo para germinar bajo la tierra antes de asomarse al mundo. Un árbol tarda años en crecer fuerte y frondoso. Una relación profunda se construye lentamente, con encuentros, desencuentros, conversaciones y silencios compartidos. Incluso nosotros mismos, como personas, vamos creciendo paso a paso, atravesando etapas que no pueden saltarse. Cuando olvidamos esto, la espera se vuelve pesada. Porque en lugar de habitar ese tiempo, luchamos contra él.

Esperamos. . . pero queremos que la espera termine. Esperamos. . . pero nos llenamos de ansiedad. Esperamos. . . pero sentimos que el tiempo se nos escapa. Entonces sí, aparece la desesperación. Que nace cuando creemos que todo debería suceder ya mismo. Cuando confundimos deseo con urgencia. Cuando creemos que si algo tarda demasiado es porque no llegará. Sin embargo, la vida tiene una forma muy particular de enseñarnos paciencia. Muchas veces, aquello que hoy parece una demora es en realidad una preparación.

Tal vez estamos esperando un cambio laboral, una oportunidad, una relación, un proyecto que soñamos. Miramos el reloj de nuestras expectativas y sentimos que ya debería haber ocurrido. Pero quizás, mientras tanto, estamos creciendo, aprendiendo, fortaleciendo recursos internos que todavía no vemos con claridad. Porque hay cosas que sólo pueden sostenerse cuando estamos preparados para recibirlas. La espera, entonces, no siempre es un tiempo vacío. A veces es un tiempo de maduración. Un tiempo donde algo se está acomodando por dentro o por fuera de nosotros. Un tiempo donde la vida sigue trabajando silenciosamente.

Pienso que uno de los grandes aprendizajes de la vida es descubrir que no todo depende de nuestra voluntad inmediata. Podemos hacer, esforzarnos, intentar, sembrar. . . pero también hay momentos donde lo único que nos queda es confiar en los procesos. Y confiar no siempre es fácil. Implica aceptar que no controlamos todo y reconocer que hay fuerzas más grandes que nosotros moviendo las piezas del tablero. También soltar la idea de que todo debe suceder según nuestros tiempos. La espera se vuelve desesperante cuando queremos dominar aquello que no está en nuestras manos. Pero cuando logramos soltar un poco ese control, algo empieza a cambiar. La espera puede convertirse en un espacio de calma. No porque dejemos de desear lo que queremos, sino porque dejamos de pelear con el tiempo.

Esperar no significa quedarse de brazos cruzados. Tampoco significa resignarse. Esperar, muchas veces, significa seguir caminando mientras aquello que anhelamos encuentra su momento. Significa continuar viviendo, aprendiendo, disfrutando de lo que sí está presente hoy. Confiar en que el camino no se detuvo, aunque no veamos todavía el resultado final.

He visto muchas veces cómo las personas sufren profundamente durante los tiempos de espera. Esperan una respuesta médica, una oportunidad laboral, un amor que llegue o una reconciliación que sane una historia. En esos momentos la mente puede llenarse de pensamientos inquietantes. Imaginamos lo peor, nos adelantamos a los resultados, construimos escenarios que tal vez nunca ocurrirán.

La ansiedad se alimenta justamente de eso: de vivir el futuro antes de que llegue. Por eso, una de las prácticas más amorosas que podemos aprender es volver al presente. Volver a este momento. A este día. A esta respiración. Porque mientras esperamos, la vida sigue sucediendo. Siguen existiendo los abrazos, las conversaciones, los paisajes, las pequeñas alegrías cotidianas. Siguen existiendo las oportunidades de aprender algo nuevo, de ayudar a alguien, de descubrir aspectos de nosotros mismos que aún no conocíamos.

Cuando nos anclamos al presente, la espera deja de ser una especie de pausa angustiante y se transforma en parte del camino. Tal vez la clave no sea dejar de esperar, sino aprender a esperar de otra manera. Esperar con serenidad. Esperar con confianza. Esperar con apertura. A veces también ocurre algo curioso: cuando dejamos de desesperarnos, aquello que parecía tardar demasiado comienza a acomodarse. No porque tengamos poderes mágicos, sino porque nuestra mirada cambia. Nuestra energía cambia. Nuestra manera de relacionarnos con la vida se vuelve más tranquila, más disponible.

La desesperación, en cambio, suele nublar nuestra capacidad de ver oportunidades. Nos encierra en un estado de tensión permanente. La calma, en cambio, abre espacio. Hay una sabiduría silenciosa en los procesos naturales. Ninguna estación del año se apura para llegar. El invierno no se desespera por convertirse en primavera. El río no lucha contra cada curva de su recorrido. Todo sigue su curso. Y nosotros, que también somos naturaleza, tal vez podríamos aprender un poco de esa paciencia.

Esto no significa que nunca vayamos a sentir inquietud. Somos humanos, y desear es parte de nuestra esencia. Todos hemos experimentado alguna vez esa sensación de querer que algo suceda pronto. Pero quizás podamos recordarnos que la desesperación no ayuda a que el tiempo avance más rápido. Al contrario, muchas veces lo vuelve más pesado. En cambio, cuando aceptamos que hay etapas que requieren espera, algo se afloja dentro nuestro. La respiración se vuelve más profunda, el cuerpo se relaja y la mente deja de girar en círculos. Entonces la espera ya no es un enemigo. Es simplemente una parte más del viaje.

Tal vez, con el tiempo, podamos transformar aquella frase tan conocida. En lugar de decir "El que espera desespera", podríamos preguntarnos: ¿Cómo quiero esperar? ¿Desde la ansiedad o desde la confianza? ¿Desde el miedo o desde la serenidad? Porque esperar también es una elección interior. Podemos vivir ese tiempo como una sala de tormenta o como un espacio de crecimiento. Y muchas veces, cuando finalmente aquello que esperábamos llega, miramos hacia atrás y comprendemos que todo tenía su ritmo. Que cada paso, cada demora, cada aparente pausa formaban parte de un proceso más grande. Un proceso que tal vez necesitaba exactamente ese tiempo. Entonces descubrimos algo importante: no era el tiempo el que estaba equivocado. Éramos nosotros quienes queríamos apurarlo. Quizás la espera no siempre desespera. Quizás la espera, cuando aprendemos a habitarla, también puede enseñarnos paciencia, confianza y una forma más amable de caminar la vida. Porque mientras esperamos. . . también estamos viviendo. Namasté. Mariposa Luna Mágica. ([email protected]).

 

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