CORRESPONSAL. En el paraje Piedra Quemada, a unos 90 kilómetros de Abra Pampa y muy cerca de la laguna Guayatayoc, la Puna volvió a ser escenario de un acontecimiento que trasciende lo religioso para convertirse en un verdadero acto de comunidad.
El último sábado se llevó a cabo el 27º Encuentro Cultural de Villancicos de Zonas Rurales, que reunió a 14 grupos provenientes de las comunidades de Tusaquillas, Alfarcito, Santa Ana de la Puna, Agua Chica, Santuario de Tres Pozos, Quebraleña, Aguas Blancas, Cochagaste, Cerro Negro, Susques, Sausalito, Casabindo, Rinconadillas y Barrancas. La convocatoria alcanzó a unas 700 personas, entre niños y adultos, quienes se congregaron en este paraje para compartir tradición, cultura y fe.
La jornada comenzó temprano, a las 8 de la mañana, con la recepción de los pesebres a cargo de la comunidad anfitriona, que este año fue Tusaquillas. Posteriormente, a las 10, se celebró la misa en un altar ya tradicional, donde se entronizó al Señor del Milagro y a la imagen del Niño Jesús bajo la sombra generosa de un churqui. Este árbol, símbolo de resistencia y cobijo, protege tanto la figura sagrada como a los peregrinos que llegan hasta allí.
Tras la misa, los pesebres desplegaron su arte y devoción en coreografías que conmovieron a los presentes. El pesebre de Tusaquillas ofreció una puesta en escena que evocó las tareas cotidianas del campo, como el hilado en pusca y el amasado del pan, transformadas en danza y convertidas en un agradecimiento vivo al Niñito Jesús. Cada grupo, con vestimentas coloridas y accesorios, se fusionó con la música de los sikuris, que añadieron un sonido ancestral al inmenso paisaje de la Puna.
Más allá de lo artístico, este encuentro se distingue por su espíritu de solidaridad y compañerismo. Cada pesebre lleva comida para ofrecer, y al mediodía los peregrinos pueden acercarse a cualquier mesa, hacer la fila y servirse lo que deseen, siempre con su plato y cubiertos. No existe comercio ni venta: todo lo que se lleva es para compartir, un acuerdo que se respeta desde hace años y que refuerza el sentido comunitario de la celebración.
En diálogo con nuestro medio, una de las creadoras de este encuentro, Catalina Callata, recordó que la propuesta nació con el objetivo de unir a las comunidades rurales en torno a la fe y la cultura. Además, subrayó que la prohibición de vender es parte de la esencia del evento: "Aquí todo se da, todo se comparte, nada se negocia".
En este mismo sentido, Catalina destacó también el valor espiritual de la jornada: "Aquí nos cargamos de fuerza para continuar", expresó, aludiendo a la paz interior y al ánimo que se renueva en cada encuentro. La celebración se vive como un espacio de fe y gratitud, donde se agradecen los favores recibidos y se pide por la familia, el trabajo y la salud.
La organización del evento sigue un círculo imaginario que abarca Tusaquillas, Sausalito, Alfarcito, Rinconadillas, Tres Pozos, Aguas Blancas, Cerro Negro, Susques, Barrancas, Santa Ana, Casabindo y Cochagaste, para volver nuevamente a Tusaquillas. "Venimos a fortalecernos interiormente, a compartir con los pueblos y llevarnos la armonía que nos brinda el Niñito Jesús", destacó Griselda Alejo, subrayando el espíritu de unión que caracteriza a esta celebración.
El tradicional Encuentro Cultural de Villancicos Rurales tiene sus raíces en la iniciativa de cuatro jóvenes integrantes del grupo juvenil "Noche de Luna": Salvador Callata, Eugenio Lamas, Catalina Callata y Griselda Alejo. Ellos dieron vida a esta celebración en 1996, cuando organizaron la primera edición en el paraje Esquina Grande junto a las comunidades de Santa Ana de la Puna y Casabindo. En el 2000 la festividad fue bautizada oficialmente como "Encuentro Cultural de Villancicos" y, desde 2003, se estableció como fecha fija el primer sábado después de Reyes. Así, lo que comenzó como el sueño de un grupo de jóvenes se consolidó en una tradición que, a lo largo de 27 años, continúa convocando a generaciones enteras en torno a la fe y la cultura.