Cada febrero, el Carnaval se toma las calles y cerros de Jujuy. En medio del alboroto de las comparsas, el olor a albahaca y la música que suena en cada rincón de la provincia, hay una figura que se repite en disfraces, máscaras y representaciones: el diablo. Pero en la puna, las quebradas y los valles, ese personaje tiene otro nombre y otro significado.
Se llama Pujllay, palabra que en quechua significa "jugar". No nació como demonio ni como castigo. Antes de la llegada de los españoles, era una energía ligada al juego, al desorden necesario, a la risa y a la fiesta. En la cosmovisión andina, ese desorden no es caos: es parte del equilibrio que permite que la vida vuelva a empezar.
Con la conquista y la imposición del cristianismo, muchas creencias originarias fueron reinterpretadas. Todo aquello que no encajaba en la nueva lógica religiosa comenzó a asociarse con lo demoníaco. El Pujllay no desapareció: se transformó. Adoptó cuernos, gestos exagerados y una imagen que la colonia podía identificar como "diablo", pero su esencia siguió siendo la misma.
Hoy, cuando un jujeño se viste de diablo en el Carnaval, no está representando el mal ni la condena. Está encarnando una memoria que sobrevivió al mestizaje. El Pujllay es ambiguo, festivo, ancestral. Es gratitud por la cosecha, por la abundancia, por la generosidad de la tierra. Es, también, una forma de resistencia silenciosa.
Durante los días de Carnaval, quienes llevan su máscara no actúan: entran en un estado ritual donde el cuerpo se desarma y la voz se vuelve colectiva. Esa energía compartida tiene fecha de inicio y de final. Por eso el Carnaval es un tiempo permitido, necesario, donde lo cotidiano se suspende y lo contenido se libera.
Lejos de ser una figura impuesta, el Pujllay es hoy un emblema de la identidad jujeña. Su presencia en la fiesta no es casual ni meramente decorativa: es el hilo que une el pasado andino con el presente carnavalero. Comprenderlo no solo ayuda a celebrar con conciencia, sino también a sostener una creencia que la conquista no pudo borrar.