26°
20 de Febrero,  Jujuy, Argentina
PUBLICIDAD

Atreverse a la aventura

Viernes, 20 de febrero de 2026 00:00

Hay momentos en la vida en los que algo dentro nuestro susurra. No grita, no empuja violentamente, no exige. Susurra.

Es una voz suave pero persistente que dice: "Hay algo más". No siempre sabemos qué es ese "algo", ni cómo se ve, ni cuánto costará. Solo sabemos que la vida, tal como está, comienza a sentirse pequeña, repetida o incompleta. Y entonces aparece la palabra que tantas veces nos asusta: aventura.

Atreverse a la aventura no siempre significa cruzar océanos, cambiar de país o dejar todo atrás. A veces la aventura es mucho más íntima y silenciosa. Es animarse a decir lo que nunca dijimos. Es poner un límite donde antes callábamos. Es iniciar un proyecto que nos ilusiona aunque otros no lo comprendan. Es permitirnos amar de nuevo después de una herida. Es elegirnos cuando durante años elegimos a todos menos a nosotras.

La aventura comienza mucho antes del primer paso. Comienza en el permiso. En esa decisión interna de escuchar el llamado y no anestesiarlo. Porque lo más fácil es distraernos, seguir en piloto automático, repetir lo conocido. Lo conocido da seguridad. La rutina, incluso cuando no nos hace felices, nos da una ilusión de control. Sabemos cómo se mueve ese terreno. No hay sorpresas. Pero tampoco hay expansión.

Atreverse implica aceptar la incomodidad. Reconocer que no tenemos todas las respuestas y que no sabremos exactamente cómo será el recorrido. Y eso confronta. Porque fuimos educados para planificar, para prever, para tener garantías. Nos enseñaron que lo seguro es mejor que lo incierto. Pero la vida verdadera, la que nos hace vibrar, rara vez se despliega en territorios totalmente predecibles.

La aventura tiene algo de salto al vacío. No porque sea irresponsable o imprudente, sino porque siempre hay una parte que no podemos controlar. Y en ese no controlar se revela una verdad profunda: confiar es más poderoso que dominar. Confiar en nuestras capacidades, en nuestra intuición, en la experiencia acumulada, incluso en los errores que ya atravesamos. Muchas veces creemos que necesitamos valentía para comenzar, pero la valentía no aparece antes del movimiento. Se construye caminando.

El primer paso suele darse con miedo. Y está bien. El miedo no es señal de que no debamos avanzar. Sino de que estamos saliendo de lo habitual. De que algo nuevo está en juego.

Atreverse a la aventura es también asumir la responsabilidad de nuestra propia vida. Dejar de esperar que las circunstancias cambien solas, que alguien venga a rescatarnos, que el momento perfecto llegue sin que hagamos nada. La aventura comienza cuando dejamos de postergar nuestros sueños "para más adelante" y entendemos que la vida está sucediendo ahora.

A veces la aventura es pequeña en apariencia, pero enorme en impacto. Puede ser inscribirse en un taller, empezar terapia, retomar estudios, viajar sola o quizás acompañada por primera vez, escribir ese libro que late en el pecho, cambiar de trabajo, mudarse, reconciliarse con alguien o con uno mismo. No se trata de la magnitud externa, sino del movimiento interno que genera. Hay algo profundamente transformador en elegir lo desconocido con conciencia. No desde la huida, no desde el impulso desordenado, sino desde una decisión madura.

Cuando la aventura nace de un deseo genuino y no de una carencia desesperada, se convierte en un acto de amor propio. Pero no nos engañemos: toda aventura implica pérdidas. Perdemos comodidad, certezas, miradas conocidas. Y la vida nos enseña que crecer es también despedirse. En ese tránsito aparecen voces internas y externas que cuestionan. "¿Y si sale mal?", "¿Y si te arrepentís?", "¿No estás muy grande para eso?", "¿No es demasiado tarde?". La aventura exige discernimiento. No todas las voces merecen el mismo peso. Hay miedos que protegen y miedos que limitan. Aprender a diferenciarlos es parte del camino. Atreverse no significa ignorar el miedo, sino dialogar con él. Escucharlo, comprender qué intenta cuidar y luego decidir desde un lugar más amplio.

La aventura nos pone frente a nuestra autenticidad. En lo conocido podemos adaptarnos, encajar, responder a expectativas ajenas. En lo nuevo, eso se vuelve más difícil. Necesitamos preguntarnos qué queremos de verdad, qué nos hace sentido, qué valores nos sostienen. La aventura, bien vivida, nos devuelve a nosotros. También nos enfrenta a nuestra capacidad de resiliencia. No todo sale perfecto. Hay tropiezos, errores, momentos de duda. Pero cada dificultad superada fortalece la confianza interna. Nos damos cuenta de que somos más capaces de lo que creíamos. Que podemos sostener incomodidades, aprender cosas nuevas, reinventarnos.

Es una forma de honrar la vida que nos fue dada. No sabemos cuánto tiempo tenemos. No sabemos cuántas oportunidades volverán. Postergar eternamente aquello que nos enciende es una forma sutil de negarnos. Y negarnos, con el tiempo, pasa factura en forma de frustración, apatía o tristeza.

Hay aventuras que no se ven desde afuera. Son procesos internos profundos. Decidir perdonar, sanar una herida antigua, cambiar una creencia limitante, dejar de auto sabotearnos. Esas aventuras requieren tanto coraje como cualquier viaje lejano. Porque implican atravesar territorios emocionales que a veces evitamos durante años. Cuando miramos hacia atrás, los momentos que más nos transformaron suelen estar ligados a decisiones valientes. No necesariamente cómodas, pero sí coherentes con lo que necesitábamos en ese momento.

La aventura deja huella. Nos amplía. Nos recuerda que estamos vivos. Y algo muy importante: no es solo para la juventud. No tiene edad. Siempre es posible comenzar algo nuevo. Siempre es posible redefinir el rumbo. Mientras haya deseo y conciencia, hay camino. Las excusas suelen venir de la mente; el impulso vital, del corazón.

Atreverse es confiar en que incluso si el resultado no es el esperado, el aprendizaje valdrá la pena. Porque cada experiencia suma sabiduría, profundidad y claridad. Tal vez hoy estés sintiendo ese susurro. Esa inquietud que no te deja del todo tranquilo. Tal vez hay algo que querés hacer y venís postergando. La aventura no siempre pide un salto enorme. A veces pide un gesto pequeño pero sincero. Una conversación pendiente. Una decisión postergada. Un paso que te acerque a tu verdad. No esperes a sentirte totalmente listo. Esa sensación rara vez llega. Lo que sí llega es el arrepentimiento por no haberlo intentado. Y ese pesa más que cualquier miedo inicial.

Es, en definitiva, atreverse a vivir con presencia y coherencia. Es elegir una vida que se sienta propia. Es dejar de ser espectador para convertirte en protagonista. Y cuando te animás, cuando das el paso, algo se acomoda por dentro. Tal vez el camino no sea recto. Tal vez haya desvíos inesperados. Pero hay una certeza que se instala: estás siendo fiel a vos misma. Y esa fidelidad es un hogar interno al que siempre podés volver. Porque la aventura no está solo en el destino. Está en el movimiento. En la decisión de no quedarte inmóvil cuando el alma pide expansión. Está en el coraje cotidiano de elegir lo que te hace crecer. Y al final, más que preguntarte si saldrá perfecto, tal vez la pregunta sea otra: ¿quiero vivir una vida segura o una vida plena? Si la respuesta es plenitud, entonces la aventura ya empezó.

Namasté. Mariposa Luna Mágica. (Correo electrónico: [email protected]).

 

Temas de la nota

PUBLICIDAD
PUBLICIDAD