Hay fenómenos sociales que irrumpen de manera silenciosa, casi marginal, hasta que un día se vuelven imposibles de ignorar. No por su masividad, sino por su capacidad de interpelar los cimientos mismos de una comunidad. El emergente de los llamados thereans -jóvenes que adoptan estéticas, gestualidades e identidades asociadas a lo animal- se presenta hoy en Jujuy como un síntoma antes que como una simple moda.
Reducir el fenómeno a una excentricidad adolescente sería un error de diagnóstico. También lo sería romantizarlo como expresión cultural emancipadora. Entre ambos extremos se abre un territorio más incómodo: el de las fallas estructurales de socialización que nuestra sociedad viene incubando desde hace décadas.
Jujuy, históricamente anclada en tradiciones fuertes, identidades comunitarias densas y vínculos intergeneracionales sólidos, asiste ahora a una mutación simbólica inquietante. En plazas, escuelas y espacios digitales locales comienzan a visibilizarse jóvenes que ensayan formas de auto-representación desligadas no sólo de lo humano, sino también de lo histórico y lo territorial.
La pregunta, entonces, no es por qué existen los thereans, sino por qué emergen aquí y ahora.
Toda cultura sub urbana nace como respuesta a una tensión. El punk fue rabia política; el hip hop, denuncia racial; las tribus urbanas de los noventa, búsqueda de pertenencia frente al vacío neoliberal. ¿Cuál es la tensión que produce a los thereans jujeños? La respuesta resulta menos estética que sistémica. Asistimos a generaciones socializadas en instituciones debilitadas: familias fragmentadas, escuelas burocratizadas, comunidades atravesadas por la precariedad económica y la hiperconectividad digital. Allí donde antes había relatos de pertenencia -la Puna, la Quebrada, la historia migrante, la cultura andina- hoy se instala un imaginario global estandarizado que reemplaza raíces por algoritmos.
El joven que se autopercibe animal no está escapando de la humanidad por capricho lúdico: está ensayando una fuga simbólica de un mundo que percibe hostil, competitivo y emocionalmente inhóspito. Lo animal aparece como refugio de pureza frente a lo social vivido como violencia.
Pero aquí emerge el segundo nivel de análisis: la copia de moda. Porque si bien el malestar es local, las formas de expresarlo son importadas. La estética therean no nace en los cerros jujeños ni en sus barrios populares; proviene de circuitos digitales globales, de plataformas donde la identidad se performa para ser vista, validada y consumida. Se trata, en ese sentido, de una rebeldía prefabricada: incluso la disidencia viene en formato de tendencia.
Esta hibridez -malestar real + forma importada- produce un fenómeno particularmente ambiguo: jóvenes que creen desafiar al sistema mientras reproducen lógicas de mercado identitario diseñadas fuera de su contexto.
Ahora bien, el tercer interrogante es el más incómodo: ¿fracaso del sistema?
Si entendemos al sistema como el entramado de instituciones encargadas de producir sujetos críticos, arraigados y capaces de simbolizar su dolor en lenguaje político o cultural, la respuesta tiende a ser afirmativa.
Cuando una generación no encuentra palabras para nombrar su angustia, la traduce en corporalidad. Cuando no halla espacios de pertenencia, los simula. Cuando no recibe reconocimiento, lo performa. El fenómeno therean en Jujuy no habla tanto de animales como de humanidad herida.
No es casual que emerja en un tiempo donde el mérito se vuelve inalcanzable, el futuro incierto y la conversación pública superficial. Tampoco lo es que prolifere en territorios donde la juventud percibe que las promesas de movilidad social se han congelado.
La pregunta de fondo, entonces, no es qué hacen los jóvenes, sino qué hicimos los adultos.
¿Qué sistema educativo les ofrecemos? ¿Qué horizonte laboral les proyectamos? ¿Qué relato identitario les transmitimos más allá del folclore turístico?
Sin embargo, sería intelectualmente deshonesto clausurar el análisis en clave victimista. Toda subcultura también implica agencia, decisión y responsabilidad simbólica. La estetización de la fuga -cuando se vuelve identidad total- puede derivar en encapsulamientos que dificulten aún más la inserción social y el diálogo intergeneracional.
Entre la patologización moral y la romantización acrítica, urge una tercera vía: comprender el fenómeno como síntoma complejo.
Ni simple moda, ni revolución cultural, ni mera desviación.
Los thereans son, en clave sociológica, espejos incómodos. Reflejan una juventud que ya no encuentra representación en los lenguajes clásicos de la política, la cultura ni la familia. Jóvenes que, ante la intemperie simbólica, ensayan identidades alternativas para no desaparecer en la masa indiferenciada.
Tal vez el verdadero escándalo no sea verlos actuar como animales, sino advertir cuánto de deshumanización cotidiana naturalizamos los adultos sin llamarlo por su nombre.
Porque cuando una sociedad deja de ofrecer futuro, pertenencia y sentido, siempre surgirán formas extrañas de habitar el vacío.
Y entonces la pregunta deja de ser sobre ellos.
Pasa a ser, inexorablemente, sobre nosotros.
(*) Miguel Ángel Falcón Padilla es doctor en Ciencias Filosóficas.