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Integración: discursos que no construyen camino

Domingo, 01 de febrero de 2026 23:35

La semana pasada -28, 29 y 30 de enero-, la CAF - Banco de Desarrollo de América Latina y el Caribe organizó en la ciudad de Panamá el Foro Económico Internacional América Latina y el Caribe 2026, un seminario internacional destinado a debatir los desafíos de la integración latinoamericana en un contexto global cada vez más complejo, marcado por la disputa entre grandes potencias, la fragmentación del comercio internacional y la necesidad de redefinir estrategias de desarrollo.

El foro reunió a más de 6.500 líderes de 70 países. En la jornada inaugural, presidentes y autoridades regionales expusieron visiones diversas sobre el rumbo que debería tomar América Latina para no quedar relegada en el nuevo orden mundial.

Entre los mandatarios presentes estuvieron Luiz Inácio Lula da Silva (Brasil), Gustavo Petro (Colombia), Daniel Noboa (Ecuador), José Raúl Mulino Quintero (Panamá), Rodrigo Paz Zamora (Bolivia), Andrew Holness (primer ministro de Jamaica), Bernardo Arévalo (Guatemala) y el presidente electo de Chile, José Antonio Kast.

Desde enfoques ideológicos distintos, todos coincidieron en la importancia de la integración, la cooperación regional, el comercio intrarregional y la necesidad de que América Latina tenga una voz más firme en el escenario internacional. El discurso fue abundante y el diagnóstico, en muchos casos, acertado.

Sin embargo, el encuentro también estuvo marcado por ausencias políticas relevantes. Ni el presidente argentino Javier Milei ni el presidente de Paraguay Santiago Peña participaron del seminario. Esa falta de presencia no es un dato menor y refleja las distintas estrategias -y también prioridades- que hoy conviven en la región frente a los foros multilaterales y los espacios donde se discuten políticas de largo plazo, en especial en estos dos países que tienen un rol central en la puesta a punto del corredor bioceánico de Capricornio.

Más significativa aún que las ausencias fue la coincidencia en los silencios. A lo largo de las exposiciones, nadie abordó de manera clara y directa la compleja situación de indefinición que aún tiene Venezuela. En un foro que pretendió pensar la integración regional y el posicionamiento de América Latina en el mundo, la omisión del mayor colapso político, institucional y humanitario del continente resulta difícil de justificar. Venezuela no es una incomodidad diplomática menor: es una tragedia regional con millones de exiliados, un Estado de derecho destruido y un pueblo sometido todavía a un gobierno ilegítimo. Hablar de integración sin mencionar este drama es construir un relato incompleto, casi decorativo.

Tampoco hubo autocrítica real sobre la falta de infraestructura para la integración efectiva: estudios del Banco Mundial señalan que los costos logísticos en América Latina y el Caribe oscilan entre el 18 % y el 35 % del valor final de los productos, en comparación con cerca del 8 % en países de la Ocde, lo que incrementa el costo de producir y exportar y reduce la competitividad de las empresas. Asimismo, el Banco Interamericano de Desarrollo (BID) ha estimado que las ineficiencias en gasto público -incluyendo pérdidas por corrupción, demoras y mala gestión- pueden representar hasta 4,4 % del PIB de países de América Latina y el Caribe, una suma que en términos absolutos puede equivaler a cientos de miles de millones de dólares, que podrían financiar infraestructura y servicios esenciales si se destinaran eficientemente. Mucho discurso, muchas apelaciones a la unidad regional, pero pocas rutas, pocos puentes, escasas hidrovías y casi nada de integración ferroviaria.

La integración física sigue siendo la gran deuda de América Latina. A esto se suma una conectividad aérea profundamente centralizada: casi no existen rutas directas entre regiones si no pasan por las capitales nacionales, lo que encarece costos y aísla territorios productivos. La integración digital, por su parte, continúa fragmentada y sin una estrategia regional clara. El símbolo más evidente de este fracaso está en los pasos de frontera, donde personas y mercancías siguen perdiendo horas -y a veces días- en infraestructuras pensadas hace 100 años, con sistemas obsoletos y burocracias superpuestas. Sin logística moderna y conectividad real, la integración queda reducida a una consigna vacía.

En este punto, resulta más fácil para muchos dirigentes latinoamericanos culpar a Estados Unidos o a Europa de los problemas estructurales de la región, que hacerse cargo de las responsabilidades propias. El antiimperialismo declamativo funciona como una coartada eficaz para ocultar corrupción, mala gestión y redes de privilegio que enriquecen a élites políticas mientras los pueblos se empobrecen por falta de oportunidades. No son las potencias externas las que explican rutas que no se construyen, ferrocarriles abandonados, fronteras colapsadas o contratos que no se cumplen; son decisiones internas, intereses creados y sistemas políticos que premian la lealtad antes que la eficiencia.

Sin ir más lejos, la Argentina todavía arrastra centros de frontera entre los más antiguos del planeta, carece de una red ferroviaria integrada, presenta corredores logísticos inconclusos y mantiene un sistema aéreo que funciona razonablemente bien solo desde Buenos Aires hacia el exterior, mientras las regiones siguen desconectadas entre sí y del resto de América del Sur. Criticar la estatalidad sin proponer -y ejecutar- un plan concreto de infraestructura e integración física termina siendo otra forma de discurso vacío.

Tal vez haya llegado el momento de cambiar el eje del debate regional. En lugar de acumular discursos grandilocuentes, sería más honesto y útil que los gobiernos latinoamericanos firmen documentos concretos, con compromisos verificables, destinados a financiar las obras que la integración realmente necesita: rutas, puentes, ferrocarriles, hidrovías, centros de frontera modernos y conectividad digital. Del mismo modo, la integración no avanzará mientras el comercio intrarregional siga atrapado en trámites burocráticos absurdos, normas superpuestas y costos que castigan a productores, pymes y trabajadores.

El Foro de Panamá dejó ideas, diagnósticos y buenas intenciones. Pero también volvió a mostrar una brecha persistente entre lo que se dice y lo que se hace. Integrar no es declamar ni producir relatos épicos: es resolver problemas concretos de los pueblos. Todo lo demás es discurso. Y de ese discurso, América Latina ya está cansada.

(*) El licenciado en Relaciones Internacionales Alejandro G Safarov es director de la carrera de Relaciones Internacionales de la Ucse Jujuy, miembro del Departamento de América Latina y el Caribe del IRI- Universidad Nacional de La Plata e integrante del Consejo Federal de Estudios Internacionales (Cofei).

 

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