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La leyenda del meteorito de Juella

Cuando un terremoto devastó el vital sistema de riego omaguaca, la princesa Sumaj Qoyllur ofreció su vida a la diosa Luna. Su plegaria desencadenó un milagro cósmico que no solo restauró las aguas, sino que cambió su destino para siempre.

Miércoles, 07 de enero de 2026 09:37

La toma de agua del Angosto del Perchel, sobre el Río Grande, era el corazón de la agricultura del pueblo Omaguaca en la Quebrada de Humahuaca. Desde este punto estratégico, un ingenioso sistema de acequias distribuía el agua hacia los sembradíos, sustentando la vida. El lugar, protegido por peñascos de roca dura y vertical, se consideraba inexpugnable.

Sin embargo, cierto día, un gran terremoto sacudió toda la Quebrada. El sismo no solo cobró vidas humanas, sino que destruyó la vital toma de agua y desvió el curso del río, poniendo en riesgo extremo las cosechas y la subsistencia de la población. Ante la catástrofe, el cacique tilcara Qori Kuntur (Cóndor de Oro) convocó a los laikas (sabios y sacerdotes) de todas las parcialidades para realizar ofrendas y rogativas a los dioses, con la esperanza de aplacar su furia.

En medio de la aflicción general, la joven princesa Sumaj Qoyllur (Estrella Hermosa), hija del cacique y ahijada de la diosa Quilla (Luna), hizo una ofrenda suprema: ofreció su propia vida a cambio de un milagro que reparara los daños.

Su madrina celestial escuchó el ruego. En una noche esplendorosa, envió desde el cielo un meteorito que cruzó el espacio como una saeta de brillos metálicos. Con un ruido ensordecedor, se incrustó en la ladera oriental del Cerro Negro, cerca de la Puerta de Juella. El impacto niveló las márgenes del Río Grande y, milagrosamente, el agua volvió a su cauce original.

Regocijada por el milagro concedido, la princesa se dirigió solemnemente al lugar del impacto, acompañada de sus padres y su séquito. Vestida con la elegancia de una ñusta del sol —con un blanco ancallu de alpaca bordado en oro, joyas de plata y esmeraldas, y una vincha dorada— entró sola en el gran cráter circular, llevando ofrendas para Quilla y la Pachamama.

Allí, en profunda oración y con los brazos extendidos hacia el cielo, presenció cómo Quilla surgía lentamente detrás del Cerro Negro. Entonces, ante el asombro de todos los presentes, se operó la última magia: Sumaj Qoyllur se transformó en una brillante estela de luz que ascendió hacia el firmamento. Allí, se fusionó con el cielo para transformarse en la fulgurante estrella del alba, que desde entonces brilla para siempre al lado de su madrina, la Luna, recordando por los siglos su sacrificio y el milagro del meteorito de Juella.

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