Mi nombre es Jaqueline Zorrilla, pertenezco a una familia gaucha de San Antonio. Nací en La Cabaña hace 48 años y estoy casada con Juan Tolaba, oriundo de Guerrero. Actualmente con nuestros hijos vivimos en la ciudad, pero no nos despegados de nuestras raíces.
Por diferentes lugares se realizó la Quema Simbólica, en el centro gaucho, o cancha del club y complejo cultural San Antonio.
Mi amor por el campo, por lo nuestro, es enorme, y hoy comparto mi experiencia de lo que es la evocación del Éxodo. Yo lo divido en tres etapas, de niña, de compañera y esposa, y luego como madre.
De niña
Nací en la cabaña rodeada de toda la magia que no solo brinda la niñez, sino porque crecí en un ambiente de campo con mi familia paterna. Mi papá y mi mamá siempre se preocuparon en hacer que nosotras (todas mujeres) viviéramos, aprendiéramos y compartiéramos todo lo que es la cultura y la tradición. Siempre muy allegados a lo que es el hombre de campo, la mujer de campo; sin lujos pero con mucha riqueza y amor familiar.
La evocación del Éxodo significaba portarte bien mucho antes, porque sino papá no nos llevaba. Yo era la más apegada a las actividades del campo. Por eso había que portarse bien para poder ir el fin de semana a lo de la abuela en La Cabaña, porque nosotros vivíamos en San Antonio pueblo.
Llegada estas fechas se madrugaba porque había que preparar todo. Si se iba a caballo, había que tusarlos, rasqueteralos y herrarlos. Siendo pequeñas, mi padre no nos dejaba subir a caballo, entonces nos llevaba en carretas. No recuerdo quién las traía pero las preparabamos y ornamentabamos para participar, y las tiraban los bueyes. Siempre ataviadas con prendas de la época, llevabamos canastas con huevos, fruta y también algunos animales, como gallinas o chivos.
Participar era algo serio, y aun siendo niñas, sabíamos de la responsabilidad del acto.
Respeto, orgullo y admiración. Es lo que expresan todas las personas que participan de la evocación al éxodo jujeño.