“Hoy hace ya un año que tuve la inolvidable experiencia de recalar en nuestras queridas Islas Malvinas, arribando a bordo de un increíble velero tripulado por excelentes personas, al mando de su capitán, mi buen amigo antártico Brice, cuyo maravilloso grupo de navegantes franceses, al igual que él, era conformado por Cocó y su padre Gerard, John y su hermano Peter, Cecile, Helene y su perrita Tchoko. Recuerdo que esa mañana, cuando salí a cubierta para tomar la guardia, me sorprendí de una manera indescriptible cuando vi que durante mi tiempo de descanso, habíamos recalado acercándonos hasta escasa distancia de la costa y que lo que veían mis ojos con mucha atención era nada más y nada menos que la misma isla Soledad, ya que estábamos terminando de cruzar el estrecho de San Carlos por el sur, tras haber zarpado inicialmente desde Ushuaia. La costa se veía desolada y con suaves elevaciones desde una orilla escarpada, en donde solo contrastaba una extraña escala de colores grises, entre los que reflejaban un mar embravecido por el viento, los de una orilla rocosa y los de un sólido plafón de nubes bajas. Finalmente ingresamos a la bahía de Puerto Argentino en horas de la tarde, y debo confesar que en las 3.240 millas náuticas ( 6 mil kilómetros) que navegamos durante aquellas tres semanas, aquel fue el día más rudo de todos, debido a las duras condiciones meteorológicas, debido al viento que soplaba a unos 80 kilómetros por hora, lo cual ocasionaba un helado oleaje que golpeaba contra la proa del barco, dejando caer repetidamente sobre nosotros unos incómodos baldazos de agua a 8ºC que se dejaban sentir, pues a esas alturas no habían prendas impermeabilizantes de Goretex que impidieran que se filtraran hasta la piel, sumado a que era preferible realizar las maniobras con las velas sin guantes, debido a las toneladas de tensión que soportaban los cabos, por lo que fueron horas de tener la fea sensación de no sentir los dedos de las manos. Mismo así, los golpes de mar y la permanente escora dificultaba el descanso de los que dejaban la guardia de 4 horas a la intemperie, y también restringía el uso de la cocina. En el interior del barco estaba todo amarrado, pero no obstante siempre había algo que alcanzaba zafarse y salía despedido para estrellarse contra los mamparos. Sin embargo, pese a que tiritaba de frío por estar completamente mojado durante todas esas horas, y que el fuerte viento de frente me impedía respirar naturalmente, esa agotadora situación era amortiguada por la emoción que sentía y por la ansiedad de pisar ese bendito suelo argentino, y ni hablar cuando de repente viramos hacia la bahía interior de Puerto Argentino, en donde finalmente pudimos encontrar reparo del temporal, al anclar frente al pequeño poblado de "Port Stanley" como sus habitantes lo llaman. Y fue aún más intensa la indescriptible sensación al divisar el faro del Cabo Penbroke, en cuyas cercanías, el día 3 de mayo de 1982, durante el conflicto del Atlántico Sur, falleciera el teniente de Fragata Carlos Benítez, piloto de la Aviación Naval, o al reconocer a simple vista la inconfundible silueta casi simétrica del Monte Dos Hermanas, en donde se libraron algunas de las encarnizadas batallas a bayoneta calada con nuestras heroicas tropas argentinas, pudiéndose divisar también próximas a esta los Montes William, Tumbledown, Longdon, Wireless Ridge, Harriet y Sapper Hill; todos ubicados a escasos kilómetros de la ciudad, en donde se observaba el movimiento de vehículos y maquinarias como ajenos a las condiciones del mal tiempo. Desde la cubierta del velero, también podía reconocer la iglesia con su típico arco de enormes costillas de ballenas emplazado en el jardín de esta, como así también la destacable casa del gobernador, en cuyo patio falleciera el primer argentino del conflicto, el capitán de Corbeta de Infantería de Marina Pedro Edgardo Giachino, aquel 2 de abril de 1982, cuando nuestra gloriosa Bandera volvía a flamear en ese archipiélago tan lejano de nuestro litoral continental pero al mismo tiempo siempre tan cercano a nuestras memorias.
A las pocas horas, el clima cambió abruptamente y permitió levar anclas y dirigirnos hacia el muelle, en donde mi pasaporte argentino fue sellado de la misma manera como ocurre cuando se ingresa a un país extranjero.
Yo era el único tripulante argentino, sin embargo en mi corta estadía de cuatro días, el trato que recibí de los isleños fue muy cordial, amable y respetuoso. Esa noche fuimos a cenar en tierra firme donde pedí un plato típico del lugar, y comí un rico pescado frito con papas. Luego fuimos a un bar, en donde también me sorprendí con la cantidad de elementos bélicos argentinos que se exhibían como parte del decorado y como una especie de trofeos de guerra; al igual que otro sinnúmero de similares elementos ingleses, dispuestos como un tributo. La gente allí era muy tranquila y prácticamente todos se entretenían jugando puntería con dardos y luego a la media noche se escucharon unos campanazos, lo cual indicaba que finalizaba el horario de venta de bebidas alcohólicas, tal como ocurre en Inglaterra. Durante mi estadía caminé bastante y prácticamente todo el tiempo con los pies mojados debido a la turba del terreno, conociendo lugares que no permitían que mi corazón dejara de sentirse emocionado. Estuve en el aeropuerto, en donde vi como su relieve original estaba increíblemente deformado por la cantidad de cráteres que produjeron los intensos bombardeos aéreos y navales. También me detuve a admirar la belleza del paisaje en una playa de finas arenas blancas,bajo un sol radiante, el que se dejaría ver por poco tiempo, ya que al rato estaba nuevamente lloviendo y hasta por un momento llegó a caer un poco de granizo. Precisamente en esa playa de nombre "Surf Bay", era desde donde durante la guerra, aquel 12 de junio, se lanzara el "ITB" (Instalación de Tiro Berreta), que consistía en una adaptación casera de un misil "Exocet" MM38, instalado sobre un acoplado, el cual impactó contra el buque inglés clase County, el H.M.S. "Glamorgan", produciendo la baja de 30 marinos.
El último día salió el sol y el mar estaba muy tranquilo, zarpamos y hasta que no cayera la noche no quise bajarme de la cubierta exterior, disfruté del paisaje y recé por los caídos en combate, quienes dieron hasta su propia vida por nuestra Patria”.