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Escudo de las Américas: control hemisférico

Domingo, 08 de marzo de 2026 23:11

La cumbre convocada por Donald Trump en Miami bajo el nombre de "Escudo de las Américas" no puede leerse solo como una reunión sobre seguridad regional, migración ilegal y combate al narcotráfico.Se trata de una pieza más de una estrategia mucho más amplia: recomponer la gravitación de Estados Unidos en el hemisferio, contener el avance chino y ordenar políticamente a una región que Washington considera decisiva para sus intereses económicos y estratégicos. Además del presidente Milei, participaron en la cumbre de Doral, los presidentes de Bolivia, Rodrigo Paz; de Costa Rica, Rodrigo Chavez; de Ecuador, Daniel Noboa; de El Salvador, Nayib Bukele; de República Dominicana, Luis Abinader; de Honduras, Nasry Asfura; de Guyana, Irfaan Ali; de Panamá, José Raúl Mulino; de Paraguay, Santiago Peña; y la primera ministra de Trinidad y Tobago, Kamla Persad-Bissessar. La agencia de noticias Reuters la describió como una cita con líderes latinoamericanos afines para contrapesar la influencia económica de China en la región.

En ese sentido, el "Escudo" se conecta con algunas consideraciones para tener en cuenta por parte de la administración Trump. Un sería,la preocupación sobre el acuerdo Mercosur-Unión Europea: si Europa insiste en demorar, condicionar o bloquear el acuerdo, Estados Unidos conserva más margen para sostener su peso comercial en América del Sur. Y la otra sería, la organización de la Cumbre Ministerial sobre Minerales Críticos convocada en Washington en febrero y encabezada por el secretario de Estado Marco Rubio, donde la Casa Blanca explicitó que busca asegurar cadenas de suministro seguras para defensa y tecnología, reducir la dependencia de China y sumar a socios latinoamericanos -entre ellos Argentina- a esa arquitectura estratégica.

No se trata de un reflejo aislado sino de una continuidad histórica. El proyecto del Area de Libre Comercio de las Américas (1994-2005), fue bloqueado políticamente hace dos décadas, pero eso no significa que haya desaparecido la lógica que lo inspiraba. Lo que vemos ahora es otra forma del mismo impulso: menos retórica comercial hemisférica y más seguridad, minerales críticos, narcotráfico y migración como puertas de entrada para reconstruir una zona de influencia. Esen los hechos, una actualización de la frase "América para los americanos", adaptada al siglo XXI, a la disputa con China y al nuevo clima ideológico regional.

Hay una razón de fondo para que Washington actúe así: América Latina sigue siendo un mercado enorme para Estados Unidos. Según la Cepal, en 2024 Estados Unidos importó desde América Latina y el Caribe bienes por US$ 661.000 millones y exportó a la región US$ 517.000 millones. Es decir, más allá de la retórica, el vínculo económico hemisférico sigue siendo gigantesco. Pero al mismo tiempo, China ya llegó a un nivel comparable: el comercio entre China y América Latina alcanzó en 2024 un récord de US$ 518.470 millones. Para Washington, la conclusión es obvia: si no refuerza presencia política y estratégica, perderá espacios de mercado que durante décadas dio por propios.

El dato más incómodo, sin embargo, está adentro de la propia región: los latinoamericanos comercian muy poco entre sí. Para la Cepal la participación del comercio intrarregional en el total de exportaciones de bienes cayó de 14 % en 2023 a 13 % en 2024. América Latina sigue integrada en el discurso, pero fragmentada en la práctica. Ese vacío facilita la entrada de grandes jugadores externos, porque una región que comercia poco consigo misma es una región que depende más de las decisiones de otros.

Aquí aparece Brasil, que es la pieza más delicada del tablero. No solo porque es la mayor economía latinoamericana, sino porque forma parte de los Brics y porque a su agronegocio le conviene la expansión de infraestructura financiada por China para llegar más rápido al Pacífico y venderle mejor a su principal cliente. La discusión sobre corredores bioceánicos, puertos y financiamiento no es abstracta: si China ayuda a abaratar y acelerar la salida de la soja, la carne y los minerales brasileños hacia Asia, Brasil tiene incentivos concretos para profundizar esa relación. Por eso el "Escudo de las Américas" también busca mandar un mensaje claro a la sociedad civil y a las élites económicas regionales: Estados Unidos quiere que el hemisferio vuelva a mirarlo como socio preferente. Y sabe que todavía tiene por delante focos de resistencia o autonomía relativa, desde la Nicaragua de Ortega y la histórica Cuba hasta los gobiernos de Brasil y México, que no se alinean automáticamente con Washington.

Pero el "Escudo" se apoya y busca validarse en dos temas que le permiten a Washington construir legitimidad inmediata: migración y narcotráfico. En ese mismo marco, Donald Trump anunció además la formación de una coalición militar hemisférica para perseguir a los carteles de la droga; una decisión que refuerza la dimensión de seguridad del slogan de la reunión. La iniciativa busca entonces, coordinar inteligencia, operaciones conjuntas y presión directa sobre organizaciones criminales que hoy operan como verdaderos poderes paralelos en varios países del continente. En regiones de México, Centroamérica o partes de Sudamérica, los carteles controlan territorios, financian economías ilegales, infiltran instituciones y desafían la autoridad del Estado. Esta propuesta de estrategia militarizada también reabre un viejo debate político en América Latina: mientras sectores de izquierda advierten sobre el riesgo de militarización de la seguridad y posibles abusos de poder, otros sostienen que la magnitud del narcotráfico transnacional ya supera las capacidades de las policías tradicionales y exige respuestas más contundentes. La pregunta que queda planteada es si esta nueva coalición hemisférica será capaz de debilitar a estas estructuras criminales o si, como ha ocurrido en otras etapas, terminará desplazando el problema de un país a otro sin resolver sus causas profundas.La seguridad se transforma así en geopolítica.

El interrogante de fondo, entonces, no es si América Latina necesita cooperación contra el narcotráfico o reglas para gestionar la migración, claro que las necesita. La pregunta es quién define la agenda y con qué objetivos estratégicos. Si la región sigue sin construir infraestructura propia, sin aumentar su comercio intrarregional y sin coordinar una política común frente a China, Estados Unidos y Europa, terminará una vez más siendo objeto de estrategias ajenas. El "Escudo de las Américas" puede leerse como una iniciativa legítima de seguridad, pero también como la confirmación de que Washington no piensa abandonar la disputa por el hemisferio. Y en un mundo donde el comercio, los minerales críticos, los puertos y la seguridad ya forman parte del mismo mapa, lo que está en juego no es solo la influencia de Estados Unidos o China: es la capacidad de América Latina para no volver a ser, otra vez, una región decidida por otros.

(*) El licenciado en Relaciones Internacionales Alejandro G. Safarov es director de la carrera de Relaciones Internacionales de la Ucse Jujuy, miembro del Departamento de América Latina y el Caribe del IRI- Universidad Nacional de La Plata e integrante del Consejo Federal de Estudios Internacionales (Cofei).

 

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