Hay cifras que incomodan. Y está bien que incomoden. Porque detrás de cada número hay una vida quebrada, una familia destruida, una historia que ya no tendrá continuidad. En Argentina, distintos observatorios registraron alrededor de 260 femicidios durante 2025. Es decir, casi una mujer asesinada cada día. No se trata de un dato menor ni de una estadística más. Se trata de una realidad que interpela a la sociedad entera.
La violencia contra la mujer existe. Negarlo sería no sólo un error intelectual, sino también una grave falta ética. Durante siglos, las sociedades latinoamericanas construyeron relaciones de poder donde el varón ocupó una posición dominante. Esa herencia cultural sigue manifestándose en múltiples formas: violencia física, psicológica, control, celos enfermizos, sometimiento económico.
Pero reconocer esa realidad no debería impedirnos hacer otra pregunta igualmente necesaria: ¿por qué el debate sobre este problema suele quedar atrapado entre dos extremos?
Por un lado, persisten todavía discursos machistas que relativizan la violencia o la justifican de manera implícita. Son expresiones que consideran a la mujer como propiedad, como territorio de control o como extensión del poder masculino. Ese pensamiento, aunque hoy resulte más socialmente cuestionado, sigue existiendo en ciertos comportamientos cotidianos.
Pero, por otro lado, también aparece un fenómeno que merece reflexión: la expansión de ciertas corrientes de feminismo radical que interpretan toda relación entre hombres y mujeres como una lucha permanente de poder. Allí el varón deja de ser una persona para convertirse en una categoría sospechosa, casi en un enemigo estructural.
Y entonces el debate deja de ser razonable. El machismo extremo niega la violencia. El feminismo extremo generaliza la culpa. Ambos enfoques, paradójicamente, terminan alimentándose entre sí. Uno provoca al otro y el otro radicaliza al primero. En el medio queda lo más importante: la búsqueda real de soluciones.
La pregunta que deberíamos hacernos es más profunda y también más incómoda: ¿Qué está pasando en nuestra cultura para que las relaciones afectivas deriven en violencia?
Porque la mayoría de los femicidios no ocurre en la calle ni entre desconocidos. Ocurre en el ámbito íntimo, en vínculos cercanos, en relaciones donde alguna vez hubo amor, confianza o convivencia. Allí aparecen los celos, la frustración, la incapacidad para aceptar la libertad del otro, la necesidad de controlar.
Eso no se explica solamente con ideologías. Se explica también con fragilidades humanas, con crisis emocionales, con desigualdades sociales, con consumos problemáticos de alcohol o drogas, con historias personales marcadas por la violencia.
¿No deberíamos entonces ampliar la mirada?
Tal vez el verdadero desafío no sea profundizar una guerra de sexos, sino reconstruir una cultura del respeto mutuo. Una cultura donde nadie tenga que demostrar superioridad sobre el otro. Donde la diferencia no sea interpretada como dominación.
Ni machismo ni feminismo extremo. Porque cuando el debate se vuelve fanático, deja de buscar justicia y empieza a buscar enemigos. Y cuando una sociedad entra en esa lógica, el diálogo se vuelve imposible.
La violencia contra la mujer exige firmeza, políticas públicas eficaces y una condena social clara. Pero también exige reflexión. Exige preguntarnos qué tipo de vínculos estamos construyendo, qué modelo de convivencia transmitimos y qué valores sostienen nuestras relaciones cotidianas.
Cada vez que una mujer muere asesinada no fracasa solamente una relación. Fracasa también la sociedad que no supo prevenir esa tragedia. Y frente a ese fracaso colectivo, el silencio ya no alcanza. Pero los fanatismos tampoco.
No debemos quedar en el falso antagonismo de mujeres y hombres. La mujer y la problemática de la violencia, debe ser abordada desde principios éticos y no desde concepciones ideológicas.
No basta con decir que soy "feminista" y agredir a quién apoya la lucha contra la mujer por ser varón; como tampoco el varón que se dice ser "feminista" y actuar como protector de las reglas masculinas. Los extremos no sirven y no funcionan. Ser consecuentes y éticos. Ser simplemente humanos y comprender que la violencia hacia la mujer no requiere de quien grita más fuerte, sino de políticas que concienticen la realidad que hoy sufren las mujeres.
(*) Miguel Ángel Falcón Padilla es doctor en Filosofía.