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La vida... ¿no vale nada?

Martes, 20 de enero de 2026 00:00

MIGUEL ÁNGEL FALCÓN PADILLA

Hay que reconocerlo: la humanidad ha desarrollado una habilidad admirable para entusiasmarse con lo improbable y acostumbrarse a lo inadmisible. Nos conmueve la posibilidad de hallar un planeta gemelo a la Tierra, mientras observamos con inquietante naturalidad la degradación del único planeta que efectivamente habitamos. Se anuncian misiones espaciales con tono épico, se celebran rastros de agua en Marte y se especula con seriedad académica sobre la futura respirabilidad de alguna luna de Saturno, mientras aquí -en este mismo suelo- el aire se vuelve tóxico, el agua se contamina y la tierra se empobrece.

La paradoja ya no es ingenua: es cínica. Nos emociona la idea de agua a millones de kilómetros, pero aceptamos sin escándalo que ríos enteros se transformen en cloacas. Nos inquieta si algún día se podrá respirar fuera del planeta, pero respiramos resignación frente a un aire cargado de venenos químicos, pobreza estructural y desigualdad persistente. Lo distante inspira; lo cercano incomoda. Y lo incómodo, simplemente, se ignora.

La ciencia, convertida en espectáculo global, parece haber reemplazado a la ética como relato de salvación. Aplaudimos imágenes enviadas desde el espacio profundo, pero evitamos mirar las imágenes cotidianas del hambre, la exclusión y el deterioro ambiental. El asombro se administra con criterio selectivo: nos conmueve más un paisaje marciano que una comunidad sin agua potable. Tal vez porque el desierto rojo no interpela responsabilidades.

Hollywood lo entendió antes que la política. En el cine, las guerras espaciales siempre terminan salvando al mundo: héroes intergalácticos, batallas cósmicas, sacrificios nobles por la humanidad entera. Afuera de la pantalla, en cambio, desplazamos seres humanos con una eficacia silenciosa. No hay música épica para los expulsados, ni efectos especiales para los descartados. Mientras imaginamos invasiones extraterrestres que amenazan a la especie, convivimos sin sobresalto con invasiones bien terrestres que expulsan, empobrecen y condenan. La ficción nos permite sentirnos héroes; la realidad nos exige responsabilidades que preferimos delegar al guion.

Nos preocupa obsesivamente el control del petróleo, pero no el control del hambre. Se discuten con urgencia dramática estrategias geopolíticas para asegurar recursos energéticos, mientras millones de personas continúan privadas de lo elemental. El planeta produce alimentos suficientes para todos, pero no produce justicia. Y, sin embargo, el verdadero escándalo no es ese: el verdadero escándalo parece ser quedarse sin energía, no quedarse sin humanidad.

La pregunta filosófica resulta incómoda: ¿exploramos otros planetas por vocación científica o porque hemos fracasado en el cuidado de este? Tal vez la exploración espacial funcione como una coartada moral sofisticada. Soñar con otros mundos es menos perturbador que hacerse cargo del propio. Pensar en colonias futuras evita el balance ético del presente.

La tecnología avanza a una velocidad que la conciencia no logra acompañar. Sabemos medir la composición química de atmósferas lejanas, pero no logramos medir el costo humano y ambiental de nuestro modelo de desarrollo. Podemos enviar sondas a millones de kilómetros, pero no garantizar aire limpio, agua segura y alimento digno. La modernidad ha perfeccionado sus instrumentos, pero ha extraviado sus prioridades.

No se trata de rechazar la ciencia ni de negar el valor del conocimiento. El problema no es mirar al cielo, sino olvidar la tierra. No es la curiosidad lo que está en crisis, sino la responsabilidad. Porque mientras celebramos la posibilidad de vida en otros planetas, aquí la vida se vuelve cada vez más frágil, más descartable y más prescindible.

Tal vez algún día logremos habitar Marte. Tal vez incluso respiremos en alguna luna lejana. Pero si para entonces no hemos aprendido a cuidar el agua, el aire y la dignidad en la Tierra, solo habremos exportado nuestros errores al universo.

La pregunta final es inevitable: ¿queremos salvar la vida o solo asegurarnos un lugar adonde escapar cuando ya no quede nada que salvar?

(*) Doctor en Filosofía. Máster en Relaciones Internacionales y Licenciado en Historia y Filosofía.

 

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