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Atrapado en el intento

Lunes, 15 de abril de 2024 16:53

Dice Manuel Javois -escritor y periodista español- que "la primera función del periodismo es herir la sensibilidad del lector", lo cual, en pocas palabras, claramente nos advierte y convierte en presas y víctimas involuntarias de múltiples padeceres. Pero eso a tal prensa (mucho más la oral) poco parece importar a la hora de "cómo se debe informar".

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Dice Manuel Javois -escritor y periodista español- que "la primera función del periodismo es herir la sensibilidad del lector", lo cual, en pocas palabras, claramente nos advierte y convierte en presas y víctimas involuntarias de múltiples padeceres. Pero eso a tal prensa (mucho más la oral) poco parece importar a la hora de "cómo se debe informar".

Analicemos. En esta época difícil que nos toca vivir, darnos el lujo de contribuir a su desvarío en detrimento de nuestro propio bienestar es cuanto menos un desatino.

La gravedad de los acontecimientos se transmite al instante por los medios de comunicación en mensajes abrumadores de contenido y frecuencia, donde las contradicciones son lo único seguro y constante a destacar, el resto, íya veremos! Merecen un nuevo enfoque y tratamiento, a los cuales no entraré a analizar porque no es la intención de este trabajo. Pero sí hacer notar cuánto coopera y refuerza la recepción y elaboración "negativa" de su contenido, y las repercusiones indeseables que acarrea ese reporte a la salud y al bienestar de la comunidad. Manera impensada en que pasamos a ser víctimas, o peor, un pasivo eslabón en la cadena de transmisión tremendista. Será por eso que Borges decía: "Los periódicos son esos museos de minucias efímeras".

En general el tratamiento de los temas debiera ser justo, prudente, ecuánime, veraz, dando lugar al receptor a ejercitar su capacidad analítica hasta llegar a conocer sus raíces, principios y elementos que lo constituyen. Y recién entonces poder emitir o compartir una conclusión si la hubiera. Pero no, caímos en un tobogán que no avizora un resultado esperanzador.

íYo diría, al menos, no nos bombardeen, dennos la oportunidad de poder saber con qué situación real nos encontramos para tomar las medidas a nuestro alcance!

Más allá de lo planteado, que no deja de ser una realidad, a lo que apuntamos en este enfoque es cuánto ahorraríamos elaborando pensamientos constructivos si nos dejaran obrar desde la conciencia plena, equivocada o no, pero fehaciente de un ser con derecho para ello y que de esa manera cuida sus intereses.

Pero, entre el marco trágico y compulsivo, el temor o lo prudente gana al hombre de la calle y termina por aceptar lo inaceptable sin mucho más por pensar o decir.

Todo esto tiene un alto precio, la salud, y el buen uso del tiempo que hacemos en este barco de contradicciones.

Por lo tanto, la forma en que procesamos la información pasa a tener tanta importancia que bien vale echar una mirada al tema.

Tenga o no el caso la gravedad que se le endilga, el estímulo está y desata una serie de fenómenos químicos en el organismo que perjudica la salud y el bienestar en forma inmediata. Sus consecuencias pueden no pasar de una insistente preocupación a un estado de neurosis profunda y duradera.

Esto evidencia que cuando reaccionamos desde la razón, el resultado es bien asimilado, pero si lo hacemos desde la emoción pura, lo más probable es que tanto el aparato cardiovascular, el digestivo, y el psíquico sufran en forma directa sus consecuencias, más allá de que todo el organismo acusará él impacto.

Nada pasa sin dejar secuelas en la vida, ni aún las experiencias prenatales y mucho menos las de la primera infancia. Entonces, no mortificar debiera ser la primera regla. Situación que debe llevar a proteger de una manera inteligente el mayor valor que poseemos: la salud.

Ante esta realidad, la responsabilidad de lo mencionado cae en primera instancia sobre uno mismo (en lo prudente o imprudente). No nos sumemos a lo ya existente, elementos que dañan y no contribuyen para nada a una mejor calidad de vida. Tomemos lo necesario y prudente de la información, y no permitamos que lo gris de la imaginación y pesimismo se disparen innecesariamente.

Umberto Eco -escritor, filósofo y profesor universitario italiano- asegura: "Los periódicos no me dicen qué tengo que pensar. Pero un lector más ingenuo o menos preparado está más influenciado". Y de eso se construye a las víctimas. Evitemos entonces a medios de comunicación sensacionalistas muy bien conocidos, de otra manera pronto nos convertiremos en ecos vacíos de lamentable pobreza.