La "ausencia" en la obra de Atahualpa Yupanqui, suele ser la consecuencia más inmediata y contundente, al abordaje del "camino". Paradojalmente dicho fenómeno no está solo, lo acompaña la "distancia" por mínima que ella sea y cuando no, la Soledad. Aquí, no puedo menos que traer a colación a esos matrimonios a quienes la noche, los sorprende durmiendo en habitaciones contiguas. Hecha esta salvedad, intentaré demostrar a continuación, la "presencia" de La Ausencia, en la Poesía de Atahualpa Yupanqui: "Toda la vida es ausencia... /Quien sabe, mi alma, si se acordará...!", e "La Andariega" (Zamba).
Tal vez una de la imágenes poéticas más rotundas de su obra, la muestra y define en la pura expresión del fenómeno, a punto de simbolizarse.
Algo que además tiene su impronta de signo fatal y que le caracteriza, como una constante en su vida. Un íAy!, sobrevolando el patio de la casa y que a modo de puñal, busca el pecho de aquellos seres, entregados a la despedida: "Yo siempre fui un adiós, un brazo en alto, un yaraví, quebrándose en las piedras...", de "No me dejes partir" (poema).
En su extensa y asumida vida de "caminante lírico", Atahualpa Yupanqui vio la cara de la "ausencia" en más de una expresión. Y fue en esa región norteña de los montes resecos y de las bellas vidalas, donde le tocó presenciar una ceremonia que tal vez no sea propia del lugar, pero que allí cobra una notable dimensión. Me refiero a "La Danza de la Viuda" y que desde su libro "Aires Indios", la describe como pocos. No solo nos ubica en la comarca, sino que, a la vez, capta impresiones sutiles y precisas, que hablan de un tiempo y un espacio: "...los algarrobillos estaban cimbrándose en sus ramas menores, pero ahora se durmieron al arrullo de los primeros pájaros del sueño tempranero...". "...En alguna penca en la que bebió por sus dardos la mayor humedad de la noche pasada, está sangrando una flor, agradecida del aire y de la abeja...".
La ceremonia es descripta con alardes de rigor y ojo clínico para la captación, no solo del hecho folclórico, sino que aquí, cobra una importancia superior por aquello de que la vida, nos da y nos quita. A su turno y corporizada a través de la mitología de "El Duende", él nos sacude el rostro con su mano de lata o por el contrario, nos acaricia con su otra mano, la de lana:
"...Dos mujeres están peinando y arreglando a María Juana, la dueña del rancho. Le han aceitado con sacha unto., la negrísima cabellera, que se derrumba sobre la espalda y se amplía conformando el nacimiento de las caderas de la mujer. En un rincón están planchando el vestido ritual de María Juana. Se lo pondrá para el preciso momento de la danza... ". Y hasta dicha descripción, generosa en situaciones que, en apariencias, poco agregan a la sustancia del relato, aquí cobra una dimensión única:
"...El changuerío anda por ahí, curioseando todo y es ahuyentado por las viejas rasquinchas: íIte p'allá muchacho..!"
El acontecimiento, propio de ceremonias rurales en su mayoría nos pone de lleno frente a otra "ausencia" y otra "distancia". Hay que mirar en la honda geografía interior donde los sentimientos recatan su inmensidad, para comprender y valorar la exacta dimensión de esta "Danza de la Viuda": "Cuando murió 'él', se extendió un gran silencio por ese patio que antes supo de albahacas y de cantos. Comadres y vecinas respetaron el luto 'juerte' de la viuda. No asistió en las navidades a las danzas de otros hogares. Los hacheros la extrañaron durante el carnaval y en 'Las Telesitas', procesiones del monte, se la vio por ahí, colocando sus candelas al pie de los árboles, para la niña santa que murió quemada. Era una sombra, apagada en silencios rituales...".
"La Danza de la Viuda" es finalmente, la llave que abrirá la puerta de un alma donde el dolor callado, correrá en busca de lejanas y definitivas penumbras. De ahora en más, el año de luto y un tiempo de soledad, habrán concluido. La ausencia ya tiene otro formato si se quiere. Ahora, liberada está de congojas, llantos y dolores. Ahora busca su espacio una nostalgia evocativa y sanadora, que, a su vez, de paso a otra oportunidad.
Los caminos del cerro, de la selva y la llanura, escucharon la marcha de su caballo y supieron de su "ausencia". Más de un ser querido cansado de la espera y a la hora del viaje definitivo, en el minuto cercano al final, pudo haber convocado su "ausencia". Otras veces la patria recordada, supo de su ausencia y más de una vez corporizada en el prolongado destierro. La voz del río, previniéndolo contra la ausencia larga, le habló con otro lenguaje, distinto -tal vez- al que imprime el agua en ese golpearse contra las piedras: "Tu que puedes, vuélvete/ me dijo el río llorando /los cerros que tanto quieres -me dijo-/ allá te están esperando...", de "Tu que puedes, vuélvete" (canción).
Alguna vez y conversando con su máxima discípula, Suma Paz (aquí mismo y frente a la Plaza Belgrano de San Salvador de Jujuy), acordamos en afirmar que, en su madurez, Atahualpa Yupanqui alcanzó esa categoría a la cual muy pocos acceden, como es la de sabio. Un ejemplo de su sabiduría seguramente lo constituye su inmenso legado poético musical. Una manera cierta de prevenirnos de la orfandad espiritual, otra forma -a veces virtuosa-, de manifestarse la "ausencia".