22°
24 de Enero,  Jujuy, Argentina
PUBLICIDAD

Gotas y Gotitas: "Menos apego, más amor propio"

Viernes, 23 de enero de 2026 00:00

Apegarnos es humano. Nos apegamos a personas, a historias, a ideas, a lugares, a versiones de nosotros mismos que alguna vez nos sostuvieron. El apego no es el problema en sí; el problema aparece cuando ese apego se vuelve rígido, cuando nos encierra, cuando condiciona nuestro bienestar y nos aleja de nuestra propia verdad. Entonces, sin darnos cuenta, empezamos a vivir más pendientes de no perder que de elegir, más atentos a agradar que a escucharnos, más preocupados por sostener vínculos que por sostenernos a nosotros mismos.

Muchas veces confundimos amor con apego. Decimos "te necesito" cuando en realidad queremos decir "te elijo", pero no sabemos cómo estar sin depender. El apego se disfraza de cuidado, de entrega, de compromiso, y por eso cuesta tanto reconocerlo. Sin embargo, cuando miramos con honestidad, suele venir cargado de miedo: miedo a la soledad, al abandono, al vacío, a no ser suficientes. Y desde ese miedo, el amor se achica, se tensa, se vuelve demanda.

El amor propio, en cambio, nace de otro lugar. No surge del miedo sino del encuentro. Es la capacidad de estar con uno mismo sin huir, de mirarse con ternura y también con responsabilidad. No es egoísmo ni indiferencia hacia los demás; es una base interna sólida desde la cual vincularnos de manera más libre y genuina. Cuando hay amor propio, el otro deja de ser una tabla de salvación y pasa a ser un compañero de camino.

Vivir con menos apego no significa dejar de amar, sino aprender a amar mejor. Amar sin posesión, sin control, sin exigencias que asfixian. Respetando los tiempos, los procesos y las decisiones propias y ajenas. Amar sin negociarnos, sin traicionarnos para no perder un lugar en la vida de alguien. Menos apego es más espacio interno, más aire, más autenticidad.

El apego suele enseñarnos a poner afuera lo que nos falta adentro. Esperamos que el otro nos de seguridad, reconocimiento, sentido, calma. Y cuando eso no sucede, sufrimos, reclamamos, nos frustramos. El amor propio nos invita a hacernos cargo de esas necesidades, a construir dentro lo que tantas veces pedimos afuera. No para aislarnos, sino para compartir desde la abundancia y no desde la carencia.

Hay vínculos que se sostienen únicamente por apego. Permanecemos en ellos por costumbre, por miedo, por culpa, por lo que "debería ser". Nos quedamos incluso cuando ya no hay alegría, cuando el cuerpo se tensa, cuando el alma se achica. Escuchar estas señales es un acto profundo de amor propio. El cuerpo y las emociones son grandes maestros: cuando algo no está en coherencia, lo expresan con claridad.

Aprender a escucharlos es empezar a elegirnos. Menos apego también implica soltar expectativas rígidas. Esperar que el otro sea como necesitamos, que cambie, que nos complete. Cada expectativa no dicha se convierte en una deuda emocional que tarde o temprano pasa factura. El amor propio nos enseña a hacernos cargo de nuestras expectativas, a revisarlas, a comunicarlas o a soltarlas cuando no son realistas. Nos devuelve al presente, a lo que sí es, y no a lo que imaginamos que debería ser. En el camino del desarrollo personal, muchas veces aparece una pregunta incómoda pero necesaria: ¿quién soy cuando no estoy sosteniendo a nadie, cuando no me necesitan, cuando no estoy ocupando un rol? El apego se aferra a los roles porque allí se siente seguro.

El amor propio se anima a desarmarlos para descubrir la esencia. Y ese proceso puede dar miedo, pero también es profundamente liberador. Elegir menos apego es animarse a estar a solas sin sentirse solo. Es aprender a disfrutar de la propia compañía, a habitar el silencio, a respetar los propios ritmos. Es dejar de llenar vacíos con personas, actividades o palabras, y empezar a preguntarnos qué necesitamos de verdad. No es un camino lineal ni rápido; es un entrenamiento cotidiano, hecho de pequeñas elecciones conscientes.

Cuando fortalecemos el amor propio, los vínculos cambian. Ya no nos quedamos donde no somos vistos, ya no insistimos donde no hay reciprocidad, ya no negociamos nuestra dignidad por un poco de atención. Empezamos a decir que no sin culpa, a poner límites sin sentirnos malos, a retirarnos a tiempo sin dramatizar. Y eso, lejos de endurecernos, nos vuelve más honestos y disponibles para relaciones más sanas. El amor propio también nos invita a revisar el vínculo con nosotros mismos. Cómo nos hablamos, cómo nos tratamos cuando fallamos, cuánto nos exigimos, cuánto nos permitimos descansar y disfrutar.

Muchas veces somos muy comprensivos con los demás y extremadamente duros con nosotros. Menos apego a la autoexigencia, más amor hacia nuestra humanidad imperfecta. Desde la mirada gestáltica, el apego aparece cuando el contacto se vuelve dependiente, cuando perdemos la frontera entre el yo y el otro. Recuperar esa frontera es recuperar la responsabilidad personal. Cada uno es responsable de su sentir, de sus decisiones, de su camino. Cuando esto se integra, el encuentro con el otro se vuelve más auténtico, porque ya no buscamos que nos salve ni salvarlo.

Menos apego es también aceptar que todo cambia. Que las personas cambian, que los vínculos se transforman, que algunas historias cumplen su ciclo. Resistir el cambio genera sufrimiento; acompañarlo con conciencia genera crecimiento. El amor propio nos permite transitar los duelos necesarios sin quedarnos atrapados en el pasado. Honramos lo vivido, agradecemos lo aprendido y seguimos adelante. Amarnos más no significa que no vayamos a sentir miedo o tristeza. Significa que, aun sintiéndolos, elegimos no abandonarnos. Nos quedamos con nosotros, nos sostenemos, buscamos apoyo cuando lo necesitamos, pero sin perder el eje.

El apego nos empuja a aferrarnos; el amor propio nos enseña a confiar. Cuando hay más amor propio, hay más coherencia entre lo que sentimos, pensamos y hacemos. Dejamos de decir sí cuando queremos decir no, dejamos de sonreír cuando estamos tristes, dejamos de adaptarnos para encajar. Y esa coherencia se siente en el cuerpo como alivio, como descanso. Es el alivio de ser quienes somos, sin máscaras ni esfuerzos innecesarios.

Menos apego, más amor propio es una invitación a vivir con mayor libertad emocional. A elegir vínculos por afinidad y no por necesidad. A compartir desde el deseo y no desde el miedo. A construir relaciones donde haya respeto, cuidado y crecimiento mutuo, empezando por la relación con uno mismo. No se trata de romper con todo ni de aislarnos del mundo. Se trata de revisar, de ajustar, de volver al centro. De preguntarnos con honestidad: ¿esto que sostengo me acerca o me aleja de mí? Cada vez que elegimos el amor propio, algo se ordena. Y desde ese orden interno, la vida fluye con más verdad, más liviandad y, paradójicamente, con mucho más amor. Namaste. Mariposa Luna Mágica.

(Correo electrónico: [email protected]).

 

Temas de la nota

PUBLICIDAD
PUBLICIDAD