26°
16 de Enero,  Jujuy, Argentina
PUBLICIDAD

ETJ160126-012N06-Reordenar prioridades

Viernes, 16 de enero de 2026 00:00

@ligiamiralles

Reordenar prioridades no es una tarea menor ni un gesto superficial que se resuelve con una lista escrita a las apuradas. Es, en realidad, un movimiento profundo del alma, un acto de honestidad con uno mismo que nos invita a detenernos y mirar cómo estamos viviendo, qué estamos sosteniendo y a qué precio.

Muchas veces creemos que priorizamos lo importante, pero basta un poco de silencio para darnos cuenta de que gran parte de nuestra energía se nos va en cumplir expectativas ajenas, en responder urgencias que no siempre son propias o en sostener rutinas que hace tiempo dejaron de tener sentido.

Vivimos en un mundo que nos empuja a hacer, producir, responder, llegar. La velocidad se volvió un valor y el cansancio, casi una medalla de honor. "No paro nunca" se dice con orgullo, como si detenerse fuera sinónimo de fracaso o debilidad. En ese contexto, reordenar prioridades puede resultar incómodo, incluso amenazante, porque implica preguntarnos si la vida que llevamos es realmente la que queremos o simplemente la que fuimos armando por inercia, por mandato o por miedo a decepcionar.

Reordenar no siempre significa hacer grandes cambios externos. A veces se trata de modificar la mirada, de corrernos del piloto automático y volver a sentir. Porque cuando estamos desconectados de lo que sentimos, todo parece urgente, todo parece igual de importante. Y no lo es.

El cuerpo suele ser el primero en darnos señales de que algo está desordenado: cansancio persistente, contracturas, insomnio, irritabilidad, falta de entusiasmo. No son fallas, son mensajes. Mensajes que nos invitan a revisar cómo estamos distribuyendo nuestro tiempo, nuestra energía y nuestro afecto. Priorizar es elegir. Y elegir implica renunciar. Esta es una de las razones por las que muchas veces evitamos reordenar nuestras prioridades: no queremos soltar nada. Queremos hacerlo todo, estar en todos lados, cumplir con todos. Pero el costo de no renunciar es alto: nos perdemos a nosotros mismos. Cuando no elegimos conscientemente, la vida elige por nosotros, y no siempre de la mejor manera.

Reordenar prioridades también nos enfrenta con una pregunta clave: ¿qué es verdaderamente importante para mí hoy? No ayer, no hace diez años, no lo que debería ser importante según otros. Hoy. Porque las prioridades cambian con las etapas de la vida, con las experiencias, con las pérdidas, con los aprendizajes. Lo que fue central en un momento puede dejar de serlo, y aferrarnos a prioridades viejas suele generar frustración y desgaste.

Muchas personas sienten culpa cuando empiezan a priorizarse. Culpa por decir que no, culpa por poner límites, culpa por elegir descanso, disfrute o silencio. Como si cuidarse fuera un acto egoísta. Sin embargo, cuando no nos priorizamos, lo que ofrecemos a los demás suele ser un resto: cansancio, mal humor, obligación.

Reordenar prioridades no es dejar de amar o de comprometernos con otros, es hacerlo desde un lugar más auténtico y saludable; también revisar el lugar que le damos a lo urgente y a lo importante. Vivimos apagando incendios, respondiendo mensajes, cumpliendo plazos, resolviendo problemas ajenos, y postergamos lo que nos nutre: un encuentro significativo, una charla profunda, una caminata, un rato de lectura, un abrazo sin apuro. Lo importante suele no gritar, no exigir respuestas inmediatas, y por eso queda relegado. Pero es justamente eso lo que sostiene nuestro bienestar a largo plazo.

A veces creemos que cuando "pase esta etapa" vamos a acomodar nuestras prioridades. Cuando termine este trabajo, cuando los chicos crezcan, cuando tenga más tiempo, cuando esté menos cansado. La verdad es que siempre habrá algo que demande atención. La vida no se ordena sola. El orden se construye con decisiones cotidianas, pequeñas, imperfectas, pero conscientes. Esperar el momento ideal suele ser una forma elegante de seguir postergándonos.

Reordenar prioridades también implica revisar nuestras creencias. Muchas de ellas las heredamos sin cuestionarlas: que el valor personal está en lo que hacemos, que descansar es perder el tiempo, que pedir ayuda es signo de debilidad, que siempre hay que poder con todo. Estas creencias sostienen un modo de vida que nos aleja de nosotros mismos. Cuestionarlas no es fácil, pero es necesario si queremos vivir con más coherencia interna.

Cuando empezamos a reordenar prioridades, algo se mueve en nuestro entorno. No siempre es cómodo. Puede haber resistencias, incomodidades, reproches. Porque cuando uno cambia, el sistema también se ve interpelado. Decir "no puedo", "no quiero", "hasta acá" puede generar sorpresa o malestar en otros, sobre todo si estaban acostumbrados a que siempre estuviéramos disponibles.

Sostener nuestras nuevas prioridades requiere firmeza y, muchas veces, paciencia. Hacerlo es un acto de responsabilidad afectiva con uno mismo. Es reconocer que nuestra energía es limitada, que no podemos estar en todo ni para todos, y que eso no nos hace malas personas. Al contrario, nos vuelve más honestos.

Cuando elegimos desde la conciencia, nuestras acciones se alinean con nuestros valores, y esa coherencia se siente en el cuerpo, en los vínculos, en la manera de habitar el día a día. También es importante aceptar que ésto no es algo que se hace una sola vez y ya está. Es un proceso dinámico, que requiere revisiones periódicas. La vida cambia, nosotros cambiamos, y lo que hoy funciona puede no hacerlo mañana. Muchas veces, implica volver a lo simple. A lo esencial. A aquello que no se compra ni se mide en resultados. La calidad de los vínculos, el tiempo compartido, el cuidado del cuerpo, el espacio para sentir y expresar emociones, el disfrute de lo cotidiano. No son lujos, son necesidades básicas del alma, aunque el ritmo del mundo nos haga creer lo contrario.

Reordenar prioridades es preguntarnos con honestidad si la vida que llevamos nos acerca o nos aleja de la persona que queremos ser. Es animarnos a elegir con más amor y menos miedo. Amor por nosotros mismos, por nuestra historia, por nuestro presente. Miedo habrá siempre, pero no tiene por qué ser quien tome las decisiones.

Cuando empezamos a priorizarnos, algo se aquieta por dentro. No porque desaparezcan los problemas, sino porque dejamos de vivir en permanente desajuste. Hay una sensación de mayor presencia, de estar donde estamos, haciendo lo que hacemos, con más sentido. Y eso, aunque no se note desde afuera, transforma profundamente nuestra experiencia de vida. Reordenar prioridades es, en definitiva, un acto de valentía. Valentía para detenernos, para mirarnos, para elegir distinto. Valentía para soltar lo que ya no nos hace bien, aunque haya sido importante en otro momento. Valentía para decirnos la verdad y vivir en mayor coherencia con ella.

Tal vez no podamos cambiar todo de un día para el otro. Tal vez el reordenamiento sea lento, lleno de idas y vueltas. Está bien. No se trata de hacerlo perfecto, sino de hacerlo consciente. De empezar por algo pequeño: un límite, un espacio propio, una elección diferente. Porque cada pequeño movimiento en favor de lo esencial es una manera de honrar la vida.

Reordenar prioridades es recordar que no vinimos sólo a cumplir, a correr, a resistir. Vinimos a vivir. Y vivir implica elegir, sentir, descansar, amar y también cuidarnos. Quizás hoy sea un buen día para preguntarnos, sin juzgarnos: ¿qué estoy poniendo en primer lugar? Y desde esa pregunta, comenzar, paso a paso, a reordenar.

Namaste.

Mariposa Luna Mágica ([email protected]).

 

Temas de la nota

PUBLICIDAD
PUBLICIDAD