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Cuando los ángeles ya no alcanzan

Jueves, 15 de enero de 2026 00:00

MIGUEL ÁNGEL FALCÓN PADILLA

Desde los tiempos más remotos, llegan los ángeles guardianes. Siempre seguros de sus vuelos, sin atropellos ni ademanes, atravesando el cielo con una delicadeza que contrasta con la brutalidad de la tierra. Llegan -o queremos creer que llegan- para cuidarnos, para advertirnos, para recordarnos que la vida humana alguna vez fue sagrada y que la paz no era una palabra vacía.

Pero el mundo que hoy sobrevuelan es distinto. Ya no los mira. Ya no los escucha. Las guerras se multiplican y el asombro se ha perdido. El estruendo de las armas convive con la indiferencia, y el dolor ajeno se consume como una imagen más, breve, descartable, fácilmente reemplazable por la siguiente noticia.

Las guerras contemporáneas no comienzan con el primer disparo. Comienzan cuando la realidad se distorsiona, cuando el lenguaje se empobrece y cuando el pensamiento crítico es reemplazado por consignas. Antes de que caigan las bombas, se vacía la educación; antes de que aparezcan los enemigos, se fabrican relatos; antes de la violencia explícita, se legitima la violencia simbólica.

La manipulación mediática cumple un papel central en este proceso. No se limita a informar: construye sentidos, selecciona silencios, jerarquiza intereses. El horror se edita, el contexto se omite y la guerra se convierte en espectáculo. Así, la muerte pierde su gravedad moral y el sufrimiento se transforma en un dato estadístico que no interpela conciencias.

Esta distorsión solo es posible en sociedades atravesadas por una profunda falta de educación crítica. El analfabetismo político -más peligroso que cualquier otra forma de ignorancia- impide comprender las causas estructurales de los conflictos y sus consecuencias humanas. Se opina sin saber, se elige sin pensar, se odia sin comprender. La pobreza intelectual no es solo ausencia de conocimiento, sino renuncia al pensamiento.

La guerra, entonces, no solo destruye ciudades y cuerpos. Destruye también la palabra, la memoria y la capacidad de reflexión. Genera sociedades cansadas, acostumbradas al conflicto, entrenadas para obedecer relatos simplificados. En ese escenario, la paz aparece como una idea ingenua, casi infantil, relegada a discursos formales y ausente en las decisiones reales del poder.

Sin embargo, la paz no es una ilusión romántica. Es una construcción ética y cultural. Nace en la educación, en la información honesta, en el ejercicio del pensamiento crítico y en la capacidad de reconocer al otro como humano, incluso cuando la diferencia incomoda. La paz no se decreta: se aprende.

Tal vez por eso los ángeles guardianes vuelan cada vez más bajo y llegan cada vez más tarde. Pobres ángeles guardianes, que nunca alcanzan a salvarnos. ¿Serán incompetentes, o no hay forma de ayudarlos? Quizás la respuesta sea más dura: no pueden hacer nada mientras sigamos justificando la guerra, naturalizando el odio y aceptando la mentira como verdad.

Tal vez el verdadero desafío no sea esperar que nos cuiden desde el cielo, sino aprender, de una vez, a cuidarnos entre nosotros. Ser un poco mejores. Un poco menos egoístas. Para que algún día los ángeles puedan, por fin, descansar.

(*) Miguel Angel Falcón Padilla es doctor en Ciencias Filosóficas, máster en Relaciones Internacionales y licenciado en Filosofía e Historia.

 

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