Lunes, 18.30, comienza el show del psicólogo mediático Gabriel Rolón, en el Centro Cultural “Martín Fierro”, el teatro más grande de la ciudad, más de mil localidades vendidas, en dos funciones.
Sí, mucho interés, entradas costosas, pero el público necesita escucharlo y ahí está, después del sacrificio económico, y de tiempo, porque fue el lunes que cortaba el fin de semana largo.
La voz en off del teatro advierte primero con una grabación de tono femenina, sobre el apagado de los celulares para disfrutar la función. Seguidamente otra grabación, esta vez con una voz masculina, pidiendo exactamente lo mismo, casi rogando y tratando de convencer al espectador de que “por favor” al menos silencie el dispositivo, que está prohibido sacar fotos con o sin flash, y registrar en video la presentación total o parcialmente. Pienso: “íqué pesados!, ya lo dijeron, ¿será que se les escapó la segunda grabación?”, e inmediatamente una mujer que fue con su amiga, y está al lado mío, me dice: “Ja, ja, ja... igual vamos a filmar”, y ya tiene el celular encendido, apuntando cuál arma, hacia el escenario.
Podría haber sido Rolón, con su show “Palabra plena” como en este caso, o cualquier otro, en teatro. Sale el psicólogo a escena, para comenzar su monólogo primero y una dramatización luego, con un contenido muy pensado con el que está recorriendo el país. Cruza dos palabras con el público jujeño, las luces de sala todavía están medio claras para que él pueda vernos, y una mujer de la segunda fila -o sea, imposible de disimular, lo mira, él le enfrenta la mirada, ella se levanta un poco y click, saca la foto. Él, que pensó que en realidad ella quería expresar algo y por eso tiene la deferencia de mirarla y parar, se sonríe un poco ofuscado, y le dice “bueno, ya la sacaste, ¿podemos seguir?”, y seguidamente explica que lo ideal sería que nos escuchemos, y que dejemos los celulares para poder aprovechar el encuentro, y para que él no se desconcentre. Ya me pareció un poco bizarro que un invitado por el que todos pagaron para ir a ver -nadie fue obligado- tenga que explicar que los flashes desconcentran.
Y la vergüenza ajena invadió un poco la sala, a cierto porcentaje del público que entiende que, si se paga por un show en vivo, lo mejor es respetar al artista o disertante, o músico, o actor, quien sea que viene a ofrecer su arte, y seguir las convenciones de una sala teatral. El show continuó, muy interesante y a pesar de eso, varios minutos después, Rolón se siente nuevamente interrumpido por la misma “fotógrafa”. Él para invitarla a entrar en tema, le hace una pregunta que tenía pensada para el público, y ella otra vez le responde con la cámara. Más vergonzoso aún es que ya en tono más molesto él le diga “¿Mirá que te lo saco no?”
¿De verdad alguien paga una entrada costosa, para romper las reglas? ¿De verdad te interesa ese por el que pagaste, y después no te importa incomodarlo? ¿aun cuando te lo advirtieron dos veces en general y dos veces más de manera personal? ¿para molestar? Si alguien quiere un video de Rolón, lo consigue fácilmente en redes, ¿cuál es la valía de grabarlo en su cara, sin escucharlo por estar distraído, molestándolo y molestando al público?
Lo que es en vivo y presencial perdió el valor aparentemente. Es un insentido común que, si no existe la foto o el video, pareciera que no fue. Y si así fuera, ¿no puede ser una sola imagen, sin molestar, y continuar con la experiencia? Volvamos a tener sentido común.