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Guillermo y Máxima: la historia comenzó a escribirse en Sevilla

Sabado, 27 de abril de 2013 22:00

"Se llama Máxima, es argentina pero vive en Nueva York. Confía en mí y no preguntes nada", le anunció Guillermo a su madre, la reina Beatriz, quien por la inédita seriedad que registró en el tono de su hijo supo que esa chica era la elegida.

Desde ese momento pasaron 90 días hasta que Máxima conoció a la reina de Holanda en Italia, cuando compartieron unos días a bordo del Dragón Verde, el yate de la familia real, navegando por la costa Toscana.

Guillermo tampoco tardó en viajar a la Argentina para conocer a los padres de Máxima, quien un año después se estaba mudando a Bruselas para comprometerse con el príncipe de Orange, el 30 de marzo del 2001. Poco después, el 17 de mayo de ese mismo año, Máxima se convirtió en ciudadana holandesa.

"Guillermo es el gran amor de mi vida", dijo la argentina al explicar por qué accedió a renunciar a su nacionalidad argentina, requisito `sine qua non` para convertirse en reina consorte de Holanda.

Desde ese feliz anuncio, la polémica se instaló en medios holandeses e internacionales hasta el día en que debían pasar por el altar, debido al pasado del padre de Máxima, Jorge Zorreguieta, funcionario de la última dictadura cívico militar argentina (1976-1983).

Mientras los medios publicaban día tras día hallazgos y rumores sobre la participación del padre de Máxima durante los años de plomo en la Argentina, el Parlamento holandés analizaba distintas opciones.

El aval para la boda llegó en junio del 2001, pero con la condición de que Jorge Zorreguieta no asistiera a la unión de su hija.
El 2 de febrero del 2002 Máxima entró sola a la iglesia medieval Nieuwe Kerk de Amsterdam: desfiló con un vestido color marfil cerrado hasta el cuello, de mangas largas con una cola de cinco metros diseñado por Valentino, a lo largo de toda la alfombra roja rumbo al altar y dijo "ja" ("sí" en holandés), para unirse a su príncipe azul "hasta que la muerte los separe".

Las notas de Adiós Nonino, el célebre tema de Astor Piazzolla, resonaban en la iglesia y le recordaban a Máxima que su patria es la Argentina, pero que también su padre le faltaba en un día tan importante.

Sus lágrimas, enfocadas en un primerísimo primer plano por las cámaras de televisión, recorrieron el mundo, y conquistaron al pueblo holandés.

Hoy, a 11 años de aquel día en que se convirtió en miembro de la realeza, Máxima es una de las princesas más queridas de Europa, ícono de estilo, elegancia y discreción, además de actuar como asesora en temas económicos y en distintas misiones diplomáticas para su país adoptivo.

Porque la princesa Máxima no sólo aprendió holandés, la complicada lengua de su marido, en un tiempo récord, sino que producto de su amor con Guillermo, tuvo tres hijas: Amalia, Alexia y Ariana, en los cinco primeros años de su matrimonio.

El próximo martes, cuando su esposo suceda a su madre, la reina Beatriz, como jefe de Estado y se convierta en el primer varón que accede al trono en algo más de un siglo, Máxima se transformará en reina consorte.

Después retomará sus labores como asesora de Naciones Unidas en la promoción de microcréditos y como enlace entre la propia organización internacional y el G-20, el grupo de países más ricos del mundo, dos de las principales citas de su agenda.

Sin dejar tampoco sus tareas como patrona de la Cátedra Príncipe Claus y miembro del Comité Nacional para la Promoción de las Inversiones. Sin olvidar el apoyo a las mujeres inmigrantes y el Fondo Orange, destinado a promocionar iniciativas sociales y que comparte con su esposo.

En pocos días, Guillermo y Máxima serán la primer pareja de su generación en convertirse en reyes del siglo XXI.
Su hija mayor, Amalia, de 10 años, pasará a ser la heredera del trono y, por el momento, todos seguirán viviendo en Wassenaar, un municipio elegante cercano a La Haya.

Pero cuando el palacio Huis ten Bosch esté acondicionado, se trasladarán a la ciudad para vivir una verdadera vida de reyes.  

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