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Sepultaron en Purmamarca a un jujeño desaparecido

Domingo, 25 de septiembre de 2011 19:51

TILCARA (Corresponsal). Cuando la madre de Hugo Julián Luna besó la foto de su hijo, frente a la tumba que se le había levantado en el cementerio de Purmamarca, creo que todos, si es que no lo sabíamos ya, comprendimos qué era lo que allí sucedía. Hugo Julián Luna nació en Purmamarca en 1943. Su hermano, su sobrino, recuerdan que de hogar humilde, allá por la quebrada del Coquena. Dicen que buscaba lecturas aún en diarios desechados y que jugaba a carreras con caracoles con sus hermanos. Dicen que, alguna vez, dijo que podría ser presidente. ¿Por qué no? ¿Qué impide que un niñito quebradeño pudiera llegar a serlo? Pudo trasladarse, con la familia, a la ciudad de Jujuy, forjando, como tantos, un destino. Luego se fue a Buenos Aires.

En una emotiva ceremonia su madre, su hermano y sobrinos recordaron su lucha y pidieron justicia.

Fue maestro mayor de obras, estudió ingeniería civil y se desempeñó como ayudante de cátedra en la Universidad de La Plata. Trabajó en la construcción de viviendas para sectores humildes en el barrio bonaerense de Ezpeleta y lo estaba haciendo, el 17 de junio de 1978, cuando lo secuestran en una obra en construcción en Quilmes.

Así empieza a tejerse la segunda parte de la historia de su cuerpo, porque los que urdieron la represión de la Argentina no imaginaron que la arqueología, esa ciencia de los huesos viejos, iba a servir, alguna vez, para reaparecer los cuerpos de los desaparecidos, devolverles identidad y recuperarlos para la tumba donde puedan llorarlos sus deudos.

Su madre, hermano y sobrinos pudieron recién ayer darle una sepultura y una tumba en el pueblo de Purmamarca, gracias al trabajo de la arqueología forense.

El cuerpo de Hugo Julián Luna había entrado en la categoría de los desaparecidos. Algunos sobrevivientes lo vieron en el campo de concentración El Olimpo, en el barrio de Floresta, donde fue torturado y desde donde lo llevaron para ser arrojado de un avión al río de la Plata. Pero las aguas tampoco fueron solidarias con el plan de los represores, y junto a otros trece cuerpos, regresó, ya muerto, a la orilla. Más de treinta años descansó, anónimo, en un cementerio abajeño. Pero no hay crimen perfecto, ni siquiera cuando los criminales tuvieron todo el aparato estatal, político, militar y judicial, en su poder. Un saludable tejido del tesón de los organismos de derechos humanos, las aguas del río de La Plata, las ciencias arqueológicas y la paciente espera, hicieron que Hugo Julián Luna no siguiera desaparecido, como decretaron aquellos que lo secuestraron, torturaron y mataron, sino que pudiera ser enterrado en su pueblo.

Lo secuestraron a los 35 años, hoy hubiera tenido casi 70. Los claveles rojos, de todos modos, se posan, junto a la urna que devuelve sus huesos, sobre una fotografía en la que es más joven. Podemos imaginar las ilusiones y las rebeldías que tuvo ese joven cuando hubo quienes, temiendo esas ilusiones y rebeldías, lo condenaron, junto a otros treinta mil, a desaparecer. Hubo rezo cristiano y ceremonia originaria. La familia invitó empanadas, gaseosa, coca y caramelos. Alguien dijo que Cristo lo iría a buscar tras el día del Juicio, otro dijo que no hay muerte y que el espíritu queda en la tierra. Fernando Luna, su hermano, había agradecido, en la plaza, a las madres que educaron a sus hijos en la forma en que la suya lo hizo con Hugo Julián. De la otra madre habló Laura Beatriz Vilte, hermana de la coplera, docente y sindicalista Marina, cuyo cuerpo aún no ha regresado. Dijo que Jujuy es una de las provincias más injustas, y sus palabras quedaron como un eco de desafío en la plaza de Purmamarca, porque avergüenza que, aquí, la justicia se siga negando a hacer justicia.

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