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29 de Agosto,  Jujuy, Argentina
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El rastro de Pedro Molina en su obra y sus anécdotas | nació allá por 1934, Pedro Molina, La Rioja, Tilcara, Juan Lavalle

Lunes, 03 de agosto de 2015 00:00
<div>PEDRO MOLINA / ENRIQUECIÓ CON SUS OBRAS, MUESTRAS Y MUSEOS DE NUESTRA PROVINCIA.</div><div><div>
Pedro Molina, conocido como el Macho Molina, nació allá por 1934 en La Rioja para proyectar en sus pinturas, y sobre todo en sus grabados, un mundo pleno de personalidad que conjugaba el surrealismo (una de sus primeras series fue sobre los Cantos de Maldoror), los mitos orales de su tierra y la memoria de las guerras civiles entre unitarios y federales.
Adoptó Tilcara como uno de sus lugares de trabajo y residencia, donde a los cuentos escuchados en su infancia sobre el Chacho Peñaloza le añadió el de los últimos años de Juan Lavalle, y al de los brujos que se transformaban en tigres capiango entre las tropas de Facundo Quiroga, aquellos espantos y arcángeles de nuestra tierra jujeña.
Aquí lo conocimos para escucharle la infinidad de anécdotas que lo caracterizaban, como aquella mañana de los años 60 en que, andando por Paris, da en la batea de una disquería con un long play editado por la UNESCO para escuchar su propia voz entre las de los copleros anónimos que registrara algún antropólogo, o aquella gresca peñera en Tucumán, cuando se trenzó a golpes por una dama y supo que aquel a quien le torcía la pierna en el suelo era Roberto Santucho, luego fundador y dirigente del ERP, por entonces estudiante de Ciencias Económicas.
Cuando el Tata Cedrón dio su concierto en Tilcara, terminaron recordando alguna guitarreada en la costanera porteña porque Pedro Molina, con su camisa floreada y su sombrero a medio camino entre bohemio y Piluso, fue un hombre que, antes de pintar, vivió intensamente cada rincón que merecía ser vivido para luego ser recordado. Y no hablo de un antes temporal sino existencial, de una vida de la que brotaba la fuerza de su arte como una consecuencia natural y propia.
Fugitivo por igual de mujeres y de dictaduras, mucho de su obra quedó en casas donde también olvidaba desgajadas bibliotecas, sus catálogos y sus camisas. Amante del buen vino, supo entonar su caja chayera, profundamente riojana, luciendo en sus parches un ritmo sobre el que elevaba la emoción de su tonada para cautivar y alegrar.
Se formó plásticamente en Córdoba, donde a los cuentos que cargaba en la memoria le yapó las consignas de los manifiestos de André Bretón, y continuó estudiando en el Instituo Superior de Artes de la Universidad Nacional de Tucumán, de donde egresó en 1962. Así fue acumulando maestros de la talla de Ernesto Farina, Alberto Nicasio y Pompeyo Audivert.
Viajó por América buscando la profundidad del arte precolombino, y por Europa durante los mismos años en que sonaban los Beatles, renegando con los tiempos de cuanto la tecnología moderna pudiera aportar a un arte que prefirió seguir ejerciendo en forma artesanal. Su biografía, más allá de la cantidad temporal, tiene una inmensidad de vivencias que se vuelve inagotable.
En los últimos años la vida empezó a pasarle la factura. Cada vez que regresaba a Tilcara tenía para contar algo sobre alguna mujer, mucho sobre sus proyectos plásticos y alguna internación de la que se sobreponía hasta creerse invulnerable. Lo esperábamos de regreso, como lo hacía siempre. Hablamos por teléfono no hace mucho. Molina estaba en la Rioja y le propuse ser uno de los ilustradores de la revista de historietas Espantos de la Independencia.
Le escribí un guion acorde a su obra y su vida: "Jacinto Cruz es un brujo que se convierte en Capiango entre las tropas de Quiroga, a quien le sobrevive para rugir y batallar con las últimas montoneras de Felipe Varela en nuestros valles. Lo trabajaríamos a su regreso, pero antes llegó la noticia de que, sobre el mediodía del 2 de agosto, la muerte decidió no volver a perdonarlo y así transformarlo en otro de sus tantos y eternos cuentos".
Así se despidió el Macho Molina dejando huella. Quienes lo conozcan de hoy en más, sin escuchar sus epígrafes orales cargados de vida, verán sin duda que en sus trabajos hay no sólo el reflejo de una técnica respetada y firme, sino el rastro de un hombre de aventura, un verdadero Corto Maltés de nuestros tiempos.

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Pedro Molina, conocido como el Macho Molina, nació allá por 1934 en La Rioja para proyectar en sus pinturas, y sobre todo en sus grabados, un mundo pleno de personalidad que conjugaba el surrealismo (una de sus primeras series fue sobre los Cantos de Maldoror), los mitos orales de su tierra y la memoria de las guerras civiles entre unitarios y federales.
Adoptó Tilcara como uno de sus lugares de trabajo y residencia, donde a los cuentos escuchados en su infancia sobre el Chacho Peñaloza le añadió el de los últimos años de Juan Lavalle, y al de los brujos que se transformaban en tigres capiango entre las tropas de Facundo Quiroga, aquellos espantos y arcángeles de nuestra tierra jujeña.
Aquí lo conocimos para escucharle la infinidad de anécdotas que lo caracterizaban, como aquella mañana de los años 60 en que, andando por Paris, da en la batea de una disquería con un long play editado por la UNESCO para escuchar su propia voz entre las de los copleros anónimos que registrara algún antropólogo, o aquella gresca peñera en Tucumán, cuando se trenzó a golpes por una dama y supo que aquel a quien le torcía la pierna en el suelo era Roberto Santucho, luego fundador y dirigente del ERP, por entonces estudiante de Ciencias Económicas.
Cuando el Tata Cedrón dio su concierto en Tilcara, terminaron recordando alguna guitarreada en la costanera porteña porque Pedro Molina, con su camisa floreada y su sombrero a medio camino entre bohemio y Piluso, fue un hombre que, antes de pintar, vivió intensamente cada rincón que merecía ser vivido para luego ser recordado. Y no hablo de un antes temporal sino existencial, de una vida de la que brotaba la fuerza de su arte como una consecuencia natural y propia.
Fugitivo por igual de mujeres y de dictaduras, mucho de su obra quedó en casas donde también olvidaba desgajadas bibliotecas, sus catálogos y sus camisas. Amante del buen vino, supo entonar su caja chayera, profundamente riojana, luciendo en sus parches un ritmo sobre el que elevaba la emoción de su tonada para cautivar y alegrar.
Se formó plásticamente en Córdoba, donde a los cuentos que cargaba en la memoria le yapó las consignas de los manifiestos de André Bretón, y continuó estudiando en el Instituo Superior de Artes de la Universidad Nacional de Tucumán, de donde egresó en 1962. Así fue acumulando maestros de la talla de Ernesto Farina, Alberto Nicasio y Pompeyo Audivert.
Viajó por América buscando la profundidad del arte precolombino, y por Europa durante los mismos años en que sonaban los Beatles, renegando con los tiempos de cuanto la tecnología moderna pudiera aportar a un arte que prefirió seguir ejerciendo en forma artesanal. Su biografía, más allá de la cantidad temporal, tiene una inmensidad de vivencias que se vuelve inagotable.
En los últimos años la vida empezó a pasarle la factura. Cada vez que regresaba a Tilcara tenía para contar algo sobre alguna mujer, mucho sobre sus proyectos plásticos y alguna internación de la que se sobreponía hasta creerse invulnerable. Lo esperábamos de regreso, como lo hacía siempre. Hablamos por teléfono no hace mucho. Molina estaba en la Rioja y le propuse ser uno de los ilustradores de la revista de historietas Espantos de la Independencia.
Le escribí un guion acorde a su obra y su vida: "Jacinto Cruz es un brujo que se convierte en Capiango entre las tropas de Quiroga, a quien le sobrevive para rugir y batallar con las últimas montoneras de Felipe Varela en nuestros valles. Lo trabajaríamos a su regreso, pero antes llegó la noticia de que, sobre el mediodía del 2 de agosto, la muerte decidió no volver a perdonarlo y así transformarlo en otro de sus tantos y eternos cuentos".
Así se despidió el Macho Molina dejando huella. Quienes lo conozcan de hoy en más, sin escuchar sus epígrafes orales cargados de vida, verán sin duda que en sus trabajos hay no sólo el reflejo de una técnica respetada y firme, sino el rastro de un hombre de aventura, un verdadero Corto Maltés de nuestros tiempos.

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