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Gotas y gotitas: Nuestro carnaval norteño y su alegría

Jueves, 12 de febrero de 2026 22:24

Hay una música que no se escucha solo con los oídos. Se siente en la piel, en el pecho, en los pies que empiezan a moverse casi sin pedir permiso. Es la música del carnaval norteño. Es esa caja que late como un corazón antiguo, esa copla que se eleva al cielo despejado de febrero, ese talco y esa albahaca que nos perfuman el alma.

Nuestro carnaval no es solamente una fiesta: es memoria, identidad y alegría compartida. Cuando llega el tiempo de carnaval, algo en el aire cambia. El sol parece más intenso, los colores se vuelven más vivos, y la gente camina con una sonrisa distinta. No importa la edad, la profesión ni las preocupaciones que cada uno traiga en la mochila: durante esos días, nos permitimos jugar, cantar, bailar y abrazarnos como si la vida fuera, simplemente, un regalo.

Nuestro carnaval tiene raíz. No nació ayer. Viene de muy atrás, de los pueblos originarios, de la Pachamama, del agradecimiento a la tierra por lo sembrado y lo cosechado. Viene de la mezcla, del encuentro, del sincretismo que caracteriza a nuestra historia. Y por eso, cuando desenterramos al diablo del carnaval, no estamos haciendo un acto superficial. Estamos diciendo: "Aquí estamos. Seguimos vivos. Seguimos celebrando".

El diablo, ese personaje travieso y colorido, no representa el mal. Representa la picardía, la risa, lo que se suelta, lo que se anima a romper la rigidez. Nos recuerda que la vida también necesita desorden, juego, desestructura. Que no todo puede ser productividad, agenda, obligaciones. Hay un tiempo para trabajar… y hay un tiempo para danzar bajo el cielo con harina en la cara y serpentinas en el pelo.

Qué sabiduría la de nuestros pueblos, que entendieron que la alegría también es medicina. Que cantar juntos sana. Que bailar en ronda nos iguala. Que compartir una copla improvisada nos permite decir lo que a veces callamos durante el año. En el carnaval, la palabra se vuelve canto, y el canto se vuelve puente. El carnaval es presencia pura. Es aquí y ahora. Nadie baila pensando en la lista del supermercado ni en la reunión pendiente del lunes. Se baila sintiendo el cuerpo, el ritmo, la mirada del otro.

Se canta desde lo que emerge. Se abraza sin tanto cálculo. El carnaval nos devuelve al contacto genuino. Y qué importante es ese contacto en estos tiempos donde tantas veces nos aislamos detrás de pantallas, exigencias y máscaras sociales. El carnaval nos invita a ponernos otra máscara, sí, pero paradójicamente para ser más auténticos. Porque detrás del disfraz aparece lo lúdico, lo espontáneo, lo que quizás durante el resto del año reprimimos por miedo al qué dirán.

Nuestro carnaval también es comunidad. Es barrio, es comparsa, es familia ampliada. Es la tía que prepara la comida para todos, el vecino que presta el parlante, el grupo de amigos que ensaya las coplas semanas antes. Es organización y es caos hermoso al mismo tiempo. Es sentir que no estamos solos. La albahaca detrás de la oreja no es un detalle folclórico. Es símbolo. Es aroma que nos conecta con la tierra y con nuestras raíces. Es gesto de pertenencia.Cuando alguien nos coloca albahaca con cariño, nos está diciendo: "Sos parte". Y en un mundo donde tantas personas se sienten excluidas o desconectadas, ese "sos parte" tiene un valor inmenso.

El carnaval también nos enseña sobre los ciclos. Se desentierra y se vuelve a enterrar. Se celebra intensamente y luego se despide. Nos muestra que todo tiene un tiempo. Que la euforia no es eterna, pero tampoco lo es la tristeza. Que hay momentos para expandirse y momentos para recogerse. Y que ambos son necesarios. Cuánta sabiduría hay en esa despedida del carnaval, cuando entre lágrimas y risas se vuelve a enterrar al diablo. No es un final dramático. Es un cierre consciente. Es reconocer que lo vivido fue valioso y que ahora toca volver a la cotidianeidad, pero transformados. Porque nadie atraviesa un carnaval auténtico y sale igual que entró.

La alegría del carnaval no es ingenua. No desconoce las dificultades económicas, los problemas sociales, las pérdidas personales. Convive con todo eso. Y justamente por eso es tan potente. Porque es una alegría que surge a pesar de las dificultades. Es resiliente. Es una decisión colectiva de celebrar la vida incluso cuando no todo es perfecto. Tal vez por eso emociona tanto ver a personas mayores bailando con niños, a jóvenes cantando coplas antiguas, a familias enteras compartiendo la misma ronda. Hay algo profundamente sanador en esa continuidad generacional. En saber que lo que recibimos lo podemos transmitir.

Nuestro carnaval es identidad. Es decirle al mundo quiénes somos sin necesidad de discursos grandilocuentes. Somos canto, somos polvo de harina, somos caja y erke, somos abrazo y picardía. Somos norte con todo lo que eso implica: fuerza, tradición, hospitalidad y una alegría que brota como manantial. Y también es una invitación personal. ¿Cuánto espacio le damos a la alegría en nuestra vida cotidiana? ¿Esperamos a que llegue febrero para permitirnos jugar, reír, bailar? ¿O podemos aprender del espíritu carnavalero y llevar un poco de esa liviandad al resto del año?

El carnaval nos recuerda que la vida no es solo esfuerzo. Que el disfrute no es un premio al final del camino, sino parte del camino. Que cantar no requiere perfección, sino entrega. Que bailar no exige coreografía, sino ganas. Que abrazar no necesita excusas. Quizás la mayor enseñanza de nuestro carnaval norteño sea esta: la alegría compartida se multiplica. Cuando uno empieza a cantar, otro se suma. Cuando uno sonríe, otro responde. Cuando uno se anima a bailar, se abre la ronda. La energía circula. Y en esa circulación, algo se ordena por dentro.

Que no perdamos esa capacidad de celebrar. Que no dejemos que la rutina nos apague la chispa. Que honremos nuestras raíces y sigamos transmitiendo a las nuevas generaciones el valor de encontrarnos, de cantar juntos, de agradecer a la tierra y a la vida. Porque nuestro carnaval no es solo una fecha en el calendario. Es un estado del alma. Es la certeza de que, más allá de todo, seguimos teniendo motivos para sonreír. Es la convicción de que la comunidad sostiene. Es la experiencia de que la alegría, cuando es verdadera, nos transforma.

Y si afinamos el oído interno, quizás descubramos que esa caja no deja de sonar cuando termina febrero. Sigue marcando un ritmo suave en nuestra vida cotidiana, invitándonos a no endurecernos, a no olvidarnos de jugar, a no perder el contacto con lo esencial. Que cada uno pueda preguntarse, entonces, qué necesita desenterrar en su propio carnaval interior.

Tal vez una risa guardada, un abrazo postergado, una canción que hace tiempo no canta. Porque cuando nos animamos a celebrar lo que somos y lo que compartimos, la vida entera se vuelve una comparsa que avanza, luminosa y esperanzada, por los caminos del norte y del corazón. Namasté. Mariposa Luna Mágica

(Correo electrónico: gotasygotitasjujuy@gmail.com)

 

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